Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
La guerra contra Irán empuja la economía global hacia el precipicio
¿Cómo ha votado cada municipio de Castilla y León desde 1983?
Opinión - 'El PP más torpe de la historia', por Rosa María Artal
CRÍTICA

‘Torrente presidente’, Santiago Segura intenta resucitar la sátira política española con más ganas que aciertos

Santiago Segura caracterizado como José Luis Torrente en una imagen de archivo.

Alberto Corona

13 de marzo de 2026 20:30 h

2

Los créditos iniciales de Torrente presidente consisten en una secuencia animada al ritmo de Habla, pueblo, habla, y son una declaración de intenciones modélica. El grupo Vino Tinto lanzó esta canción en 1976 para alentar el primer proceso democrático vivido en España desde la II República, adquiriendo sus derechos comerciales la misma UCD desde la que Adolfo Suárez iba a consolidarse como principal actor político de la Transición. Con lo que, si hablamos de imaginarios nacionales, sería fácil recordarla como algo parecido a la inauguración musical de la democracia española.

¿La recuerda así Santiago Segura como director, guionista y protagonista total de Torrente presidente? Lo que desde luego debe haber intuido es que con Habla, pueblo, habla empezaba algo, y de cara a retomar a su personaje más famoso tras más de 10 años ausente se ha acordado de una de esas cosas que la Transición bien pudo haber dejado sin fuerzas: la sátira política directa, de ambición totalizante, que durante la dictadura y algo después representó quien es en las propias palabras de Segura su gran maestro, Luis García Berlanga. Segura siempre ha querido ser Berlanga. Pero para poder serlo, curiosamente, no ha dispuesto de un contexto tan socorrido como él.

Es decir. La sátira de Berlanga se creció en las ambigüedades, los dobles sentidos, la ira coartada y la violencia que convertía el carácter español en algo menos consumible de lo que el franquismo de los 60, más amable y receptor incipiente de turismo, quisiera exportar. Berlanga mostró lo peor de nosotros mismos y Segura ansiaba hacer lo propio, ¿pero cómo hacerlo en democracia? ¿Cómo hacerlo durante la Cultura de la Transición, caracterizada por la armonía y el disenso controlado? Pues exacerbando toda la bilis que supuestamente seguía existiendo dentro de un único personaje caricaturizado al máximo. Un policía inspirado en Antonio Tejero (fallecido dos semanas antes del estreno de Torrente presidente) que se inmolaría para catalizar las sombras de nuestra idiosincrasia.

Nos habíamos quedado sin sátira política, pero nos quedaba Torrente. Torrente era el fantasma franquista que acechaba la normalidad democrática en son de burla, convencido de simbolizar un ello freudiano que seguiría circulando incluso entre los cómicos más progresistas. De El Gran Wyoming a Miguel Maldonado; a todos les gusta sacar el facha a pasear para hacer reír. Porque es un facha reconocible, y a eso se había venido limitando todo… Hasta que algo se torció. Algo se rompió en algún punto, y lo interesante de Torrente presidente —mal que nos pese, es una película bastante interesante— es captar cómo y desde qué punto responde a esa ruptura. 

La destrucción de la Cultura de la Transición

La cuestión es que Segura quiere que Torrente presidente sea una sátira política de altos vuelos, que intente aguantarle la mirada al Berlanga de La escopeta nacional. Así que el título no engaña a nadie: Torrente se mete a político, y no le va mal, y esto bien puede valer para radiografiar la España de hoy. Volver en sus primeros minutos a 1976, al establecimiento del marco sin el cual sería imposible entender a Torrente, indicaría, por otra parte, que Segura es consciente de haber descuidado algunas partes de su discurso en todo este tiempo. Estaría invocando un reinicio. O un mea culpa.

Al cineasta se le ha echado en cara muchas veces que lo que empezó como una crítica al español más reaccionario se había ido convirtiendo en apología o, al menos, en un espectáculo al que no le quedaba otra que simpatizar con Torrente, de pronto reconfigurado como antihéroe entrañable. Y lo cierto es que Segura se acomodó. Las secuelas se limitaron a encadenar gags y cameos sin más orden que el desfile de gañanadas del personaje, lo que sirvió para garantizar la taquilla a la vez que le dejaba al margen de la tarea histórica que en teoría había reclamado. Quedó especialmente claro durante la crisis económica de 2008. Cuando la Cultura de la Transición, glups, se derrumbó.

Mientras surgía el 15M, mientras nacían subjetividades que desafiaban esos consensos tanto a la izquierda del PSOE como a la derecha del PP, Torrente alternaba con Paquirrín o se burlaba del abortado Eurovegas sin violentar a nadie. La aspereza, la ira desordenada que esos tiempos iban macerando, hubo de limitarse entonces a títulos como Murieron por encima de sus posibilidades (2014) o Rey gitano (2015). No es casual que el director de esta última, Juanma Bajo Ulloa, busque fortuna ahora en los mentideros de ultraderecha. Porque las energías despertadas entre los escombros de la Cultura de la Transición iban a pertenecerle a quien más hábilmente las reclamara.

Primero parecía que sería Podemos —Torrente 5: Operación Eurovegas (2014) planteaba un futuro cercano donde Pablo Iglesias era el líder de la oposición a Mariano Rajoy— y ahora evidentemente es Vox, aupado por toda una internacional ultraderechista. Que Segura haya retomado a Torrente ahora con nuevos ánimos —ánimos suficientes para alzarse sin problemas sobre las penosas últimas entregas— ha de deberse mínimo a dos razones. Una: que se ha aburrido de su propia sumisión al imperativo socialdemócrata, encadenando durante las dos legislaturas de Pedro Sánchez las comedias familiares más insípidas que nunca se hayan sufrido en suelo español. 

Y dos: que mientras se hallaba atrapado en Padre no hay más que uno —convertida ahora en una serie de Amazon porque pese a todo nunca ha dejado de dar ingentes beneficios— Segura no perdió de vista cómo todo se enrarecía. Cómo esa contención que había mantenido a raya al español oscuro —a quien también podríamos llamar, en su versión afable a lo Leo Harlem, españolito cuñao— saltaba por los aires, y acumulaba capital político. Eran circunstancias tan extraordinarias que tenía que revivir a Torrente y hacer lo más lógico: colocarlo como líder de Vox.

Buenas intenciones, mediocres resultados

Es decir, Nox. Todos los partidos principales de la política española aparecen en Torrente presidente con los nombres suavemente cambiados —Podemos ahora es “Pudimos”—, aunque naturalmente esto no le va a librar de la polémica. Ya la ha habido, de hecho. Segura ha estrenado la película sin apenas promoción ni pases de prensa porque, posiblemente, quedó escarmentado con la que se lio en X cuando Vox vio que aparecía representado en una foto robada del rodaje. Ahora que la película ya está en cines, quiere tener follones los justos y que se cabree quien se tenga que cabrear.

Va a lidiar con una recepción interesante, sin duda, porque Torrente presidente no traiciona los postulados de la primera entrega y esto implica que Nox/Vox es el partido que más gags suscita en el filme —con trasuntos de toda su plana mayor—, alineado con un retrato tan inmisericorde del personaje como el que trazaron los años 90. El filme se limita al accidentado paso de Torrente por esta estructura y al atractivo que inspira entre las masas, trazando una panorámica mayormente acertada de los egoísmos y las cutreces del neofascismo. El problema es… que nada resulta demasiado gracioso. Y ahí se nota que ha pasado el tiempo.

Que el clima sociopolítico sea excepcional no ha enderezado la anemia expresiva que el cine de Segura —desde los Torrentes hasta los Padres pasando por aquella triste comedia con Maribel Verdú que se las daba de feminista— lleva años arrastrando, y cuesta mucho hallar algún chiste verdaderamente punzante o ejecutado con mínimo nervio en Torrente presidente. Todo es de lo más previsible y la distancia frente a Berlanga termina por ser insalvable cuando cede a las guerritas culturales de turno —el machaque con el lenguaje inclusivo, el retrato de cierta exministra de Igualdad— o a las satisfacciones inmediatas de los cameos. Esos cameos que, supuestamente, son el motivo por el que el cineasta ha querido salvaguardar la sorpresa para el estreno en cines.

Lo que evidencian estos cameos es puro presentismo. Y, si acaso, algún apunte sugerente sobre qué figuras de nuestro panorama cultural y político están dispuestas ahora mismo a reírse de sí mismas —es decir, quién quiere seguir fingiendo que la Cultura de la Transición resiste—, sin atinar a sacar al filme, junto a una insufrible metralla nostálgica hacia entregas anteriores, de un lugar bastante inocuo. Las intenciones son las que son, sin embargo, e igual es con lo que hay que quedarse.

Ahí donde la vemos, Torrente presidente es capaz de sintetizar la hipocresía y oportunismo que siempre han latido bajo ese patriotismo que promulga la ultraderecha —hay chistes sobre su patético vasallaje a Donald Trump, e incluso un gag en cuanto a cierto episodio de su última campaña presidencial tirando a ocurrente—, y cae en las retóricas populistas de la socialdemocracia — “todos los políticos son iguales”— bastante menos de lo que cabía esperar. 

Al final, con sus referencias a élites siniestras —que hoy ya no suenan tan trasnochadas en absoluto como hace diez años— y con su voluntad de fortalecer a base de tratamiento de choque un sentido común nacional, se podría decir que Torrente presidente no es lo más pocho que podríamos echarnos a la cara. Aunque no deja de ser triste en cierto sentido. A día de hoy, Torrente presidente parece la herramienta más valiosa de la que disponemos para que la gente se sienta ridícula votando a Vox.

Etiquetas
stats