Todo lo que tampoco hicimos este verano
“Ordenar el trastero. Arreglar la cisterna. Limpiar a fondo la cocina. Expurgar libros. Colgar cortinas. Organizar fotos viejas…”. A principios de julio, cuando el verano asomaba por delante largo y despejado como la pradera rasa del piel roja de Kafka, pusimos en la nevera una lista de “cosas para hacer en verano”. Allí anotamos todo lo que durante el curso no somos capaces de resolver por falta de tiempo, fuerzas o ganas, y que lleva pendiente meses, años incluso. Sobra decir que, a 30 de agosto, apenas hemos tachado unas pocas tareas.
“Rematar mi libro. Leer manuscritos de amigos. Renovar DNI. Cambiar tarifa telefónica. Dentista…”. A la lista familiar de la nevera, añadí mi propia lista personal para el verano. La copié de la nota del móvil que uso como lista de tareas, esa que va engordando durante el año y mezcla asuntos laborales, domésticos, burocráticos y de salud. Todas esas obligaciones que un día anotas en lo alto de la lista, pero que van cayendo hacia abajo a medida que entran nuevas obligaciones, a cual más urgente, que a su vez irán hundiéndose en ese pozo sin fondo hasta borrarlas un día por pura caducidad.
“Cerrar redes sociales. Ejercicios de fuerza. Yoga. Duolingo. Guitarra…”. Y espera, que ahora llega septiembre, y a la interminable lista de cosas por hacer añadimos los buenos propósitos y planes para el nuevo curso. Entre ellos, la voluntad firme de organizarnos mejor, para no acumular tantas cosas por hacer. Yo incluso he buscado en Google algún sistema de gestión del tiempo que me ayude, pero buscando, buscando, un resultado me llevó a otro, hice clic donde no debía, me abandoné en los dulces brazos del algoritmo, y dos horas después estoy viendo en Youtube un final de etapa en el Tour de 1994.
“Reorganizar la lista de tareas, ordenarlas según prioridad. Eliminar las que lleven más de un año o estén fuera de plazo…”. Llevar al día la lista de tareas se ha convertido en otra tarea más. Nos pasamos la vida haciendo listas de todo aquello que no puede esperar más. Planificamos la semana repartiendo tareas por días, planeamos la jornada de mañana distribuyendo tareas por horas, fraccionamos algunas horas para dividir sus sesenta minutos según prioridades. Al final de la semana, la lista será un poco más extensa, y cuando te quieras dar cuenta te cogerá octubre con el cambio de armario que acabas haciendo en diciembre. Hay parejas que agendan el sexo semanal siguiendo las recomendaciones de las revistas de tendencias, y ni por esas.
“Comprobar si se escribe procrastinación, procastrinación o procastinación…”. Ese palabro que aprendimos hace unos años parece consustancial a nuestro tiempo. Nunca terminamos de resolver nada, seguimos acumulando tareas pendientes que solo salen de la lista por muerte natural, cuando ya no tienen remedio, vencido el plazo o perdido el interés. Una mezcla vital de agitación, desborde, distracción, desánimo y agotamiento nos tiene como pollos sin cabeza, entregados a una multitarea que obliga a dejar todo a medias en un círculo vicioso de ansiedad y frustración. Incapaces de llegar a todo, de cumplir con todos los mandatos, lo mismo entregar un trabajo en fecha que completar los 10.000 pasos diarios, o problemas personales que no conseguimos resolver del todo. “No me da la vida”, dice la taza de desayuno más vendida. Ese pitido que suena es una alerta para que no te olvides de llamar a tu madre.
“Ucrania. Irán. Gaza. Vivienda…”. No hablo solo de lo personal. Piensa en cualquier problema de la última década, lo habitual es que los conflictos se prolonguen, cronifiquen, empantanen y pudran sin llegar a resolverse, desaparecidos solo cuando nos olvidamos de ellos como ese cambio de domiciliación bancaria que lleva años en el fondo de la lista. La guerra de Ucrania y Rusia en su interminable intercambio de destrucción, la aniquilación de Gaza ahora a cámara lenta, la crisis de vivienda con sus récords mensuales, los incendios del próximo verano que ya deberíamos empezar a apagar, no digamos ya la emergencia climática, todo queda sin tachar. Esperemos que Ceuta no vaya perdiendo posiciones en la lista, empujada por las urgencias que traerá el otoño.
Ya sé que no es comparable la lista doméstica de la nevera con las obligaciones de gobernantes (otro día hablamos de nuestra propia responsabilidad, la militancia y la protesta ciudadana como otro apunte en la lista: “Ir a la mani por Gaza. Afiliarme a un sindicato. Participar en el AMPA…” ). Pero aunque no sean comparables, la sensación es la misma: todo por hacer, lo que empieza no se acaba, los problemas no se abordan con la determinación necesaria, la próxima crisis tapará las anteriores. Ni siquiera nos consuela pensar que nuestro desborde vital sea parte del desborde general.
Llega septiembre, tras otro verano en el que tampoco hicimos todo lo que esperábamos hacer. Y desearíamos aplicar a nuestra lista algo parecido a aquellas condonaciones de deudas que en la antigüedad borraban de un plumazo, por gracia del gobernante, las asfixiantes deudas de los más pobres, poniendo la cuenta a cero. También nosotros querríamos borrar de golpe la lista de cosas por hacer, empezar limpios el nuevo curso, con la lista en blanco. Suena ingenuo, pero yo lo apunto en mi lista de tareas colectivas para cambiar de vida.
Al menos este artículo sobre listas de tareas pendientes, que pensé hace meses pero no encontraba momento, lo puedo tachar ya de la lista de artículos por escribir. Y ahora puedo seguir con el resto de mi lista del domingo: “Escribir el artículo. Limpiar el baño. Hacer croquetas…”. Ánimo en el nuevo curso, procrastrinadores.
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