Hay momentos en el año que funcionan como puertas de paso o interruptores en una rutina de trabajo que puede haberse convertido en una rueda de hámster. Son esos momentos en los que hacemos una pausa y el cerebro consigue ver las cosas desde otra perspectiva, aunque en la mayoría de los casos luego vuelva a lo mismo de siempre. Los propósitos de Año Nuevo en enero son los más estudiados, pero el mes de septiembre tiene una función psicológica similar, con la ventaja de que, durante las vacaciones, muchas personas han tenido más tiempo para observar su vida diaria con cierta distancia.
La ciencia de los nuevos comienzos
En 2014, los investigadores Dai, Milkman y Riis publicaron la teoría que denominaron el “efecto del nuevo comienzo”, que se basa en que los hitos temporales motivan conductas aspiracionales. Esto quiere decir que las fechas señaladas o los cambios en el calendario nos animan a ser mejores.
Esto se puede medir porque las búsquedas de la palabra “dieta” en internet, las visitas al gimnasio y los nuevos propósitos de mejora personal, como leer más o meditar, aumentan justo después de esas fechas bisagra. El mecanismo propuesto por los investigadores es que esas fechas crean una separación mental entre el “yo anterior” y el “yo nuevo”, permiten pasar página y dejar atrás los fracasos pasados, y facilitan el pensamiento a largo plazo, algo que normalmente no hacemos en el día a día.
Septiembre tiene algo más, ya que trae el recuerdo de nuestra infancia del nuevo curso escolar, con nuevas asignaturas, profesores, amigos y desafíos. Esta actitud se prolonga en la vida adulta. Para Conchita Sisí, directora del Grado en Psicología de la UNIE Universidad, el mes de septiembre “no es biológicamente mejor que cualquier otro mes, pero psicológicamente puede ayudar”. Para esta experta, septiembre funciona como uno de estos nuevos comienzos: “Separa una etapa de otra y facilita pensar 'ahora empiezo'. Además, regresan los horarios y muchas actividades organizadas”.
Las vacaciones como laboratorio de uno mismo
Lo que hace a septiembre distinto de enero es lo que viene antes. Las vacaciones de verano son, para muchas personas, la única época del año en que el ritmo de vida cambia lo suficiente, y durante el tiempo suficiente, como para experimentar un cambio visible en su rutina diaria.
“Las vacaciones van a crear un contexto distinto que va a permitir a la persona experimentar conductas nuevas o a las que no está acostumbrada cuando la rutina está presidiendo el día a día”, explica Irene Huéscar, psicóloga de CBA Salud Integral. “Algunas de esas conductas nuevas nos pueden estar haciendo bien y podrían llegar a convertirse en hábitos. Al volver es cuando hay que decidir cuáles queremos incorporar y adaptar a nuestra realidad laboral, familiar, personal y psicológica”, añade.
Este tiempo de autodescubrimiento puede ser una oportunidad para mejorar, pero también para caer en hábitos perjudiciales. “Cuando tú tienes más tiempo, como en vacaciones, de pronto descubres que estás caminando todos los días una hora y que te encanta. Que desayunar despacio y que el desayuno sea la comida más fuerte, pues te viene muy bien. O que la vida social durante las vacaciones te ha nutrido un montón”, comenta Huéscar.
En el caso opuesto, las vacaciones pueden convertirse en una sucesión de días con comidas menos saludables o de horarios desordenados, pero esto también puede crear una oportunidad a la vuelta. “Has visto que claramente eso hay que pararlo, y eso casi se puede incorporar inmediatamente según llegas”, añade la psicóloga.
Por qué el cerebro resiste el cambio
La motivación inicial de septiembre es real, pero, como los propósitos de Año Nuevo, tiene fecha de caducidad. La mayor parte del tiempo, nuestro cerebro opera con conductas automáticas, porque consumen menos energía que tomar decisiones conscientes. Sabemos que los ganglios basales del cerebro, implicados en la ejecución de conductas repetidas, operan de forma relativamente independiente de la corteza prefrontal, que es donde se origina la intención de cambiar. Por eso adquirir un nuevo hábito requiere hacerlo conscientemente primero, y repetir hasta que se haga automático.
Aunque se habla mucho de los 21 días para que un hábito arraigue, esto es una simplificación. “Los 21 días son un mito, y tampoco existe otra cifra mágica aplicable a todo el mundo”, advierte Sisí. “Depende de la complejidad de la conducta, la frecuencia, la estabilidad del contexto, la facilidad para realizarla y las características de cada persona. Más que contar días, importa repetir una acción sencilla ante la misma señal”, añade.
En efecto, el estudio más citado sobre el tiempo necesario para esa automatización es el de Lally y colaboradores, publicado en el European Journal of Social Psychology en 2009. Los investigadores siguieron a 96 personas durante 12 semanas y encontraron que el tiempo hasta la automaticidad variaba enormemente: de 18 a 254 días, con una mediana de 66. La conclusión más importante de su trabajo fue que fallar un día no interrumpe el proceso de formación del hábito.
Los riesgos de la motivación de la vuelta al cole
La ventana de motivación de septiembre tiene el mismo riesgo que el comienzo del año: expectativas muy altas e intentar abarcar demasiado. Quien regresa de vacaciones con la intención de cambiar la rutina del gimnasio, la dieta, el sueño, la meditación y el aprendizaje de un idioma, como dice el refrán, aprieta poco. Los recursos de atención y autorregulación son limitados, y con tantos frentes abiertos, es poco probable que el cambio tenga éxito.
“Cuando nos incorporamos al día a día, hay circunstancias que no elegimos y defensas psicológicas que tenemos, y que a veces que cumplen una función”, advierte Huéscar. “La responsabilidad afectiva con nosotros mismos consistiría en reconocer nuestra realidad y, dentro de ella, hacer aquello que sí podemos hacer”, añade.
Tener un poco de flexibilidad temporal puede liberarnos de esa carga y favorecer cambios más duraderos. “No tiene que ser justo cuando vuelves de las vacaciones, sino que puedes mantener esa idea y más adelante ponerla en práctica cuando puedas, cuando esté todo más asentado, cuando te sientas preparado”, recomienda Huéscar.
Recomendaciones para aprovechar septiembre
En lugar de intentar una revolución radical de nuestra vida, Sisí recomienda dar pequeños pasos: “Esa motivación inicial será más útil si se traduce en una acción pequeña y concreta, en lugar de una larga lista de propósitos que compitan entre sí”. Esta estrategia a menudo consiste en elegir un solo hábito, definirlo con la mayor concreción posible (qué, cuándo, dónde, cómo), y empezar con la versión más pequeña que sea realista y que podamos repetir todos los días.
“Lo importante sería cómo mantenerte conectado con lo que has podido identificar que te viene bien, porque al final eso se conecta con una necesidad tuya”, comenta Huéscar. “Descubrir que tienes una necesidad es fantástico. Es un avance muy grande cuando uno aspira a mejorar su vida”, añade.
El comienzo del nuevo curso en septiembre no garantiza el cambio, pero sí nos da unas semanas en las que la motivación de cambiar es mayor. Lo que se haga en esas semanas, por pequeño que parezca, si se repite, puede seguir ahí en mayo.
Darío Pescador es editor y director de la Revista Quo y autor del libro Tu mejor yo.
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