Semper fidelis
“Hay un cierto periodismo que compra y vende mentiras”. Se lo escuché recién a Lula da Silva, que anda de campaña para su reelección. Qué mejor fuente que él, que soportó la mentira, aliada mediática imprescindible del lawfare o guerra judicial. En su derrota triunfó entonces la mentira, pero hoy, siempre fiel a la verdad, sigue luchando contra la mentira.
Ni es nuevo ni extraño, la mentira es el principal vehículo de la acción política de la derecha golpista, esa que no acepta las reglas de la democracia y que nunca aceptó la libre elección del pueblo.
En una expresión nunca desmentida de Emilio Romero, periodista falangista, éste afirmó que la derecha para gobernar, en ausencia de golpe de Estado, necesita mentir porque en realidad solo gobierna para doscientas familias. Se le olvidó decir, siendo él periodista, que para que esas mentiras de la derecha progresen necesitan el efecto multiplicador de la prensa, del periodismo.
No es que en el periodismo nunca haya habido conductas digamos desviadas; en el vicio asumido, con cierta condescendencia, siempre se ha aceptado a los cronistas taurinos sobrecogedores, un pecado, pero esto es otra cosa. El problema de ahora es que la mentira se ha convertido en la materia prima de la acción política de la revolución mundial de las derechas, de la internacional de la mentira. El político miente porque sabe que su prensa o sus redes van a contribuir a su difusión.
Como acertadamente ha dicho Lula da Silva, la mentira es objeto de comercio, hay medios y periodistas que se venden o que se alquilan, según esa feliz expresión de James Patras, en su caso aplicada a las facilidades mercantiles de Felipe González. Ciertos medios dependen de la mentira, es su propia razón de ser, la viabilidad de su negocio, es un poner, es a través de la publicidad institucional o privada y otras vías. Se trata de sostener medios y periodistas, una realidad indiscutible y, por cierto, incuestionable. Se crean y se mantienen medios solo para mentir.
Recuerdo con estupor cómo la dirigencia del PP sostenía que la mentira no es un delito, quizá olvidando el falso testimonio que tanto abunda en la vida procesal de los casos que tiene el PP en todo su alrededor
Claro que la mentira apenas tiene sanción ni penal ni política. Recuerdo con estupor cómo la dirigencia del PP sostenía que la mentira no es un delito, quizá olvidando el falso testimonio que tanto abunda en la vida procesal de los casos que tiene el PP en todo su alrededor. Es cierto que el derecho es condescendiente con la mentira, sin embargo, nunca lo han sido ni las religiones ni las constituciones. Ahí está el octavo mandamiento para castigar a los cristianos mentirosos: no dirás falso testimonio ni mentirás. Ahí está la Constitución española para señalar tan solo que la información debe ser veraz. Pero a los mentirosos ni le importa su religión, ni el infierno, ni la Constitución.
A la mentira hoy la llaman bulos; bueno, es otra versión. Bulo, una palabra que trae etimología u origen del caló bul, que es verdad que quiere decir porquería pero originalmente ano u ojete, palabra nunca mejor traída como ejemplo del periodismo mentiroso, injusto evocador de un noble, según Quevedo, con otra razón, ojo del culo.
La democracia tiene un problema, una amenaza mortal en el mentiroso y en el bulo. Un demócrata será siempre fiel a la verdad y nunca a la mentira. A la verdad, semper fidelis.
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