La científica que cultiva minicerebros para entender la esquizofrenia en su familia: “Nos llamaban los hijos de la loca”
En su laboratorio de la Universidad de Texas (UTHealth Houston), Consuelo Walss-Bass trabaja con una selección de minicerebros muy parecidos a los de su propia familia. Ella y su equipo han generado estas réplicas del cerebro a pequeña escala (organoides cerebrales) a partir de las muestras genéticas de siete hermanos, tres de los cuales sufren esquizofrenia y otros cuatro están sanos. En su caso, son su madre y su hermana pequeña las que padecen la enfermedad y la pregunta a la que intenta dar respuesta desde hace años es: ¿por qué ellas y no yo?
A sus 57 años, esta científica nacida en México trata de conocer mejor cuál es el cóctel entre genética y ambiente que desemboca en una enfermedad mental. En el libro ¿Por qué mi hermana?, la investigadora relata su infancia marcada por los brotes de esquizofrenia de su madre, cómo descubrió que el mal se repetía en su hermana pequeña y cómo terminó enfocando su carrera en resolver esta cuestión desde la mesa del laboratorio.
Mediante el examen de los cerebros de personas enfermas donados a la colección del hospital, Walss-Bass busca qué genes estaban activos o alterados en estas personas, pero es al cultivar células madre obtenidas de la piel de pacientes vivos y transformarlas en minicerebros cuando puede observar en tiempo real cómo interactúan y se comunican las neuronas de estos pacientes. Y ha empezado a abrir un largo camino hacia el hallazgo de un mecanismo biológico que permita el diagnóstico temprano y mejores tratamientos. Hablamos con ella por videoconferencia desde su despacho en Houston, Texas.
¿Cuál es su primer recuerdo sobre la esquizofrenia en su familia?
Visitando a mi mamá en el hospital. Vivíamos en Estados Unidos, en Ohio, y Paty —mi hermana pequeña, que tiene esquizofrenia— acababa de nacer y yo creo que eso precipitó la psicosis de mi madre. La tuvieron que hospitalizar. Yo tenía 5 años.
¿Algún adulto le explicó qué le ocurría? ¿Ya sabía entonces el diagnóstico?
No, mi papá nunca nos dijo que tenía esquizofrenia. Eso no nos lo dijo hasta años después, cuando yo tenía más de 18 años. En aquel momento, nos dijo que estaba enferma, que estaba en el hospital y ya.
Pero, a lo largo de su infancia, los problemas de salud mental se manifestaron, ¿cómo los vivió?
Eran bastante violentos. Mi mamá era muy religiosa y se empezó a obsesionar mucho con eso, nos hacía rezar el rosario de rodillas, a veces por mucho tiempo. Y, en ocasiones, si nos movíamos o si hacíamos algún ruido, nos golpeaba. Eso era algo que ocurría frecuentemente, se enojaba fácilmente y nos golpeaba por cualquier cosa.
Y, pasados los años, descubre que su hermana pequeña, Paty, también tiene la enfermedad. ¿Cómo impactó en su vida?
Aunque ya tenía estos comportamientos, en realidad no nos dimos cuenta hasta que yo viví con ella. Fue menos de un año, no pude vivir más que eso. Ahí me empecé a dar cuenta que ya no era ella, que estaba cambiando. También se volvía muy agresiva, de repente se irritaba muy fácilmente. En ese tiempo yo había empezado a trabajar ya en la esquizofrenia en un laboratorio. Empecé trabajando como postdoctora y cuando conocí los síntomas me dije: “Mi hermana tiene esquizofrenia”. Y empecé a entender que era genético, que era familiar.
¿Eso le llevó a plantearse la gran pregunta de por qué Paty y por qué no usted?
A partir de ahí fue cuando empecé a entender la genética y a pensar: “Somos cinco hermanos, todos los demás estamos bien y Paty tiene esquizofrenia”. Empecé a recordar los eventos que habían pasado y creo que la psicosis de mi mamá se precipitó cuando ella estuvo embarazada de Paty. Y, a la vez, a mi hermana pequeña le tocó lo peor de mi mamá, porque los tres éramos mayores, pero era ella la que se quedaba sola con mi mamá. Nosotros nos íbamos, salíamos a la calle con amigos y mi hermana Paty se quedaba en la casa. Esos traumas, la acumulación de esos eventos… Sabemos que la esquizofrenia es una enfermedad que empieza cuando el cerebro se está desarrollando. Mi otro hermano pequeño estuvo más protegido.
Ahora usted está intentando reproducir estas situaciones de estrés que vio en la familia y que pudieron contribuir a la aparición de la esquizofrenia en minicerebros en el laboratorio. ¿Puede explicar qué hace exactamente con estos organoides?
Lo primero es que no sabemos nada de la esquizofrenia ni entendemos las causas biológicas como sabemos de cualquier otra enfermedad del cerebro. Yo tengo un banco de cerebros, recibo donaciones de gente que muere, y cuando uno ve un cerebro de una persona con esquizofrenia es absolutamente normal, no se distingue de uno sano, como sí sucede con el alzhéimer y sus lesiones. Aquí se trata de cambios muy sutiles y tenemos que estudiar esta enfermedad a nivel de las células, pero no podemos obtener una biopsia de una persona viva, ¿verdad? No podemos ir y decir: “Okey, dame un pedacito de tu cerebro para que yo pueda estudiar tus células”.
Cuando uno ve un cerebro de una persona con esquizofrenia es absolutamente normal, no se distingue de uno sano, como sí sucede con el alzhéimer y sus lesiones
Así que necesitan otra estrategia...
Claro. Aunque podemos estudiar el cerebro después de la muerte —para saber cuáles son los genes que están más expresados—, no podemos hacer estudios de células vivas. Pero ahora los avances científicos nos han dado la oportunidad de poder recrear cerebritos a partir de células de piel o células de sangre de una persona adulta viva con esquizofrenia. Con eso puedo secuenciar la genética, identificar las mutaciones y recrear el cerebro, pero es un cerebrito chiquito. Hay gente que se asusta, pero no, estos no sienten, no piensan, no tienen conciencia. Pero todas las células que tenemos en el cerebro están presentes y están mandando señales eléctricas funcionales, aunque viven muy poco tiempo. Los cerebritos los podemos mantener vivos como mucho seis meses.
¿Y están trabajando en casos familiares de esquizofrenia, como el suyo?
Eso es. Ahorita estamos estudiando una familia que son siete hermanos: tres tienen esquizofrenia, cuatro no tienen. Ya tenemos la genética, pero para contestar tu pregunta anterior, ¿cómo es que recreamos el ambiente, el estrés? Todos tenemos estrés y eso es lo que hace que las cosas vayan mal. ¿Por qué algunas personas respondemos al estrés bien y otras no? Es nuestra genética. Lo que hacemos es tratar de recrear el estrés. ¿Cómo lo hacemos? Por ejemplo, les quitamos nutrientes al cerebrito o le ponemos una infección de un virus. Porque esas cosas se sabe que son factores que pueden causar esquizofrenia.
Estamos estudiando una familia que son siete hermanos: tres tienen esquizofrenia, cuatro no tienen. En los enfermos, sus conexiones son diferentes
¿Están emulando los factores estresantes que vivió su hermana?
Exacto. Inducimos el estrés y vemos si se les parecen los genes. Ahora, apenas estamos empezando. Nos interesa un gen, el FKBP5, que es muy importante para regular el estrés. Investigamos ese mecanismo: cuáles son los genes que se prenden, cuáles son los que se apagan y comparamos siempre casos con controles. Tenemos cerebritos de los casos y tenemos de controles precisamente. Y en este caso de la familia, que son genética compartida, pero es como la mía, porque unos hermanos la tienen y otros no. Estoy tratando de estudiarlos.
Usted nunca llegó a recrear en el laboratorio ningún modelo de su familia, ¿verdad?
No, y eso me lo preguntan a menudo: ¿por qué no te has secuenciado tú, por qué no has secuenciado tu familia? Yo tengo dos hijos y siempre decía: “No, yo no me voy a secuenciar porque obtener la secuencia ahorita no ayuda mucho”. Pero he cambiado de opinión. En cuanto sepamos qué están haciendo los genes, entonces sí quiero secuenciar a mi familia porque ya tendremos más avances y podremos saber.
En los minicerebros que recrean la genética de esta familia de siete hermanos, ¿ya han visto algo interesante?
Sí, sí. Ya vimos cambios muy importantes de los tres que tienen la esquizofrenia contra los que no: cambios de señalización de las neuronas. En ellos, esas neuronas no se están comunicando tan bien como se están comunicando las otras. Eso ya se había hipotetizado, pero nosotros fuimos los primeros en demostrar en células neuronales de pacientes con esquizofrenia que esa señalización de las neuronas no está funcionando bien. Pero aún no tenemos los resultados tras el estrés. Además, en esta familia ese gen específico FKBP5 aún no lo hemos encontrado. Lo que hemos visto hasta ahora es que sin estresar, sin nada, en los pacientes con esquizofrenia las células se comunican menos.
Lo que sucede en la cabeza de estas personas, las voces y las tramas paranoicas que construyen, ¿se debe en parte a estas desconexiones? ¿Cómo describiría lo que les está pasando?
Diría que, sin estrés y sin nada, ya de por sí sus comunicaciones neuronales no están bien. No pueden procesar información como la procesamos nosotros. La procesan diferente. Yo creo que a lo mejor por eso escuchan voces, porque su comunicación es muy diferente. Y así viven diariamente. Mi hermana, por ejemplo, está medicada, pero todos los días escucha voces. Ahora, si hay algún hecho o evento que causa estrés, entonces se ponen peor porque apenas pueden de verdad existir diariamente. Mi hermana tiene una bonita vida, pero tratamos de minimizar el estrés lo más que se pueda. Pero esa es su realidad: que su cerebro no funciona bien, no puede recibir información como la recibimos nosotros.
Lo que más pesa es el estigma, ¿no? ¿La sociedad ha sido muy injusta con estas personas que sufren muchísimo?
Nosotros lo vivimos. El estigma era muy fuerte en una ciudad en México, donde la sociedad en la que vivíamos era chica y todos sabían. Nos llamaban “los hijos de la loca” y eso nos afectó de diferente manera a cada uno. Sí que me molesta mucho que, cuando hay un evento, luego dicen: “Ah, es que esta persona está loca”. Yo les digo: mira, una persona con esquizofrenia puede ser agresiva, pero normalmente contra sus seres queridos, contra los que están alrededor. No está pensando en hacerle daño a alguien nomás porque sí.
Muchas veces no nos damos cuenta del proceso por el que tiene que pasar las personas que están a su alrededor. ¿Qué consejo le daría a las familias, si es que se puede dar alguno?
Mucha gente se está enfrentando a eso y hay que tener una paciencia increíble. A veces ellos atacan más bien verbalmente, empiezan a decir cosas que son ofensivas y uno se lo toma como algo personal. Hay que tratar de decir: “Vale, no lo hace porque me quiere herir. Es simplemente que esos son los pensamientos que le vienen a la cabeza”. Hay que tratar de entender que no lo hacen por hacernos daño a propósito. Pero es muy difícil. Es muy difícil.
Como persona con antecedentes familiares, ¿en algún momento ha sentido el miedo a desarrollar la enfermedad?
Sí, me pasaba. Ahorita ya no tanto, pero sí cuando era más joven. De repente yo pensaba: “Ay, a lo mejor estoy también yo mal”. Eso tenía, tenía un terror. Ahorita lo vivo con mis hijos, trato de vigilarlo mucho. Les he sido muy honesta, ellos saben exactamente. Mi consejo es que si tienes riesgo de esquizofrenia, un riesgo familiar, no lo ignores. Si tienes hijos adolescentes, vigila, háblalo con ellos. Yo se lo dije a mis hijos desde que tenían 10 años, y no por asustarlos. Yo les decía: “No fumen marihuana, eso es muy malo”. Porque ya está muy bien demostrado que si hay un riesgo para esquizofrenia fumar marihuana puede precipitarlo. Eso es lo que yo les digo a las familias: si empiezan a tratar la enfermedad temprano, hay muy buena oportunidad de que su ser querido pueda vivir una vida casi normal.
Si empiezan a tratar la enfermedad temprano, hay muy buena oportunidad de que su ser querido pueda vivir una vida casi normal
Cuenta en el libro que gracias a usted a su hermana le empezaron a dar el tratamiento adecuado de clozapina, ¿eso la salvó?
Gracias a mí, pero tristemente ya fue tarde. Ya tenía 40 años. Ahora ya está estabilizada, pero su capacidad cognitiva es la de una niña de ocho años. Yo creo que si la hubiéramos tratado 20 años antes, ahorita estaría mucho mejor. La clozapina es uno de los medicamentos más viejos, pero para mí no se ha avanzado nada, sigue igual. Los medicamentos nuevos funcionan casi igual que la clozapina y no tan bien, en mi opinión. Ayuda a que las comunicaciones que yo te estoy diciendo que están mal se reparen, y entonces controlan la psicosis de una manera muy efectiva.
Es un poco frustrante que hayamos avanzado tanto en muchos campos, pero no en tratar la esquizofrenia. ¿A qué se debe?
Porque no hemos podido estudiar cerebros a nivel celular hasta ahorita. Todavía no podemos decir: “Esto es lo que está pasando y hay que diseñar esta medicina”. Apenas estamos viéndolo, pero tenemos que hacer muchos más estudios. Me siento impotente, porque estoy viendo que no puedo ayudar a la gente ahorita, a mi propia familia, a mi madre, a mi hermana, a que a lo mejor estén mejor de lo que están. Pero me da esperanza a la vez de que mis hijos a lo mejor van a vivir una vida donde haya tratamientos mejores. No puedo hacer nada, pero sé que estamos avanzando y que dentro de 10 años, yo creo, va a haber muchos mejores tratamientos.
Pienso que muchas de esas mutaciones, de hecho, son buenas, en el sentido de que a lo mejor ayudan a pensar de manera diferente. Creo que eso no se estudia mucho
Su vida ejemplifica un poco el espíritu mismo de la ciencia, una persona que se tiene que arremangar para solucionar un problema a partir de las herramientas con las que cuenta, ¿cómo describiría este empeño?
La verdad, ese camino de cómo llegué hasta donde estoy ahorita casi no lo planeé. Hice el doctorado estudiando cáncer, nada que ver con esquizofrenia. Después, cuando iba a terminar el doctorado, fue cuando yo tomé la decisión y dije: “Voy a estudiar esquizofrenia por mi madre”. Cuando yo les dije a mis maestros, les pareció que me equivocaba. Pero fui al departamento de psiquiatría, conocí a un profesor que justamente acababa de llegar de California estudiando genética y esquizofrenia, y dije: “Esto es”. Cuando estudié la genética y comprendí, fue cuando decidí: “Ah, aquí puedo integrar la genética con el funcionamiento celular”. Y es lo que estoy haciendo ahorita.
¿Hasta qué punto estas mutaciones son una especie de lotería?
A mí me ha ayudado mucho entender eso, porque yo sé que comparto genes con mi hermana, ¿por qué a mí no me pasó y funcionó bien? Primero, pienso que muchas de esas mutaciones, de hecho, son buenas, en el sentido de que a lo mejor ayudan a pensar de manera diferente. Yo creo que eso no se estudia mucho. Normalmente, nos enfocamos en la enfermedad y no estudiamos a los hermanos o los familiares que a lo mejor sí se expresó la parte buena de los genes. A nosotros no nos tocó el impacto en el momento en que nosotros nos estábamos desarrollando cuando mi mamá estaba en lo peor de su crisis.
Sobre esto, hay un concepto nuevo, el “criticoma”, que se refiere a los periodos críticos. Esta idea, desarrollada por el investigador brasileño Julio Licinio, hace referencia a las ventanas de desarrollo del cerebro donde esas conexiones que forman las neuronas son más vulnerables. Si recibes un impacto dañino del medio ambiente, ante un estrés, en ese preciso momento es cuando puedes o desarrollar una enfermedad, o si recibes un impacto muy favorable, estás en un ambiente muy bueno, muy positivo, te puedes ir del otro lado. Esa lotería tiene dos caras.
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