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El turismo ha muerto

Bajos comerciales transformados en apartamentos turísticos en un edificio de Benicalap.

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“Ese compa ya está muerto, no más no le han avisado”, cantaban Los Cuates de Sinaloa en una mítica intro de Breaking Bad. El narco le había puesto el dedo a Walter White y era cuestión de tiempo que lo mataran por meterse en el negocio de la meta sin pedir permiso. Salvando todas las distancias, que son infinitas, el turismo en la Comunitat Valenciana también está muerto, pero no se da por aludido. Cada cifra, cada récord de visitantes, es un clavo en el ataúd. O lo asume el sector o nos arrastrará a todos.

La realidad se ha vuelta tan hija de puta que ya no deja margen ni a las metáforas. Ahí está el incendio de la dehesa de El Saler como símbolo de una gestión condenada al abismo. Locos dirigiendo el manicomio. Pero para toparse con esa realidad no hacen falta ejemplos tan sangrantes. Basta con darse un garbeo por Benicalap para ver resumido en titulares un futuro que ya está aquí. Un fondo buitre que viene del este (le voy a robar a Salva Enguix la definición ‘fantasmas del ladrillo’) hace caja comprando bajos y, por sus huevos morenos y con la ayuda de un abogado que trabaja para el PP, procede a reventar los espacios comunes de los edificio que va sumando para convertirlos en hormigueros de visitantes. Adiós vecinos, hola turismo barato y depredador. El Ayuntamiento, mientras, a por uvas.

Esta semana ha sido Benicalap, la pasada el Cabanyal, la anterior Russafa y la próxima ya veremos. El Carme no será porque ya es tierra conquistada, pero nunca faltará otro barrio por destruir, siempre un poco más lejos, a mayor gloria de los guarismos y de los devotos que militan en la religión del más es mejor. Para el resto, una inmensa mayoría cada vez menos silenciosa, migajas. Los que se creen que por vivir en un barrio bien están a salvo de la plaga, que se lo hagan mirar. En pleno Ensanche, la famiglia Aznar ha comprado un edifico para personas —ayer señorial, mañana un deshecho— para convertirlo en 46 apartamentos turísticos. Dinero de fuera para fagocitar una ciudad de la que pronto no va a quedar ni las raspas.

La coartada económica ya no cuela. Que casi el 20% del PIB de la Comunitat dependa del turismo no es ningún éxito, es un fracaso. Somos yonquis dándole las gracias a la heroína. Un sector con tan poco valor añadido —por mucho que haya impulsado activos estratégicos como el del alquiler de bicicletas— no es garantía de nada. Que se lo pregunten a Canarias: son las islas afortunadas salvo que tengas la mala suerte de ser de allí. La segunda comunidad con más turistas (y de los que queman leña) es la tercera más pobre de España. Turismo y pobreza suelen ser compañeros de viaje.

Al turismo no lo van a matar los turistas, lo vamos a matar nosotros al aceptar este modelo depredador auspiciado por un gobierno sin ideas y unos empresarios patriotas de banderita en la muñeca. La culpa, por supuesto, la tienen el PP. Olvidemos que Puig pintó los calzoncillos cuando le tocó implantar la tasa turística. El anterior gobierno plantó la semilla de lo que hoy cosechamos, pero no seré yo el que nombre la bicha en vísperas electorales.

Evidentemente, eso no disculpa a un PP pendiente únicamente de bailar al son que Vox le marca. Cabe recordar que en 2024 Catalá anunció a bombo y platillo la suspensión de licencias para pisos turísticos en edificios y bajos comerciales. Todo mentira. Y, para redondearlo, ha concedido licencias para 51 hoteles que sumarán 5.400 nuevas plazas hoteleras. ¿A quién beneficia eso? A los valencianos no, eso está claro. Pero no hay problema, que seguiremos votando muerte aunque podemos conformarnos con susto.

Y como éramos pocos, parió la burra.. El cambio climático —cuya teoría niega Vox y el PP ignora en la práctica— ya es un vecino más. De 12 a 7 ya no hay ni guiris por la calle, y el margen para engañar a gente para que venga y se tenga que pasar media jornada encerrada es bastante estrecho. Son extranjeros, no idiotas. València a 40 grados pasa de ser un destino a un lugar para evitar. He escuchado a un portavoz del sector decir que la solución pasa por organizar más eventos en horario nocturno. Como siempre, más porculo para los vecinos y una dosis de pensamiento mágico. Que este verano hayamos tenido 29 noches tórridas (más de 25 grados) ni les inmuta. La ciudad se va a convertir en un horno al aire libre y algunos maquinando cómo sacar tajada.

El sector hotelero, en lugar de pedir mejor transporte, más arboles, menos turistas pero de mejor calidad… lo único que propone es seguir igual y, cuando llegue lo inevitable, a sacar a pasear su alma mendicante y pedir más limosna para salvar a la misma hostelería que nos está condenando. ¿Tan difícil es entender que cuando lo turistas se den cuentan de que en el cap i casal solo hay turistas y sitios para turistas se irán a otro lado? ¿Que para venir y quedarse en su zulo disfrutando de la gastronomía local vía supermercado de la esquina va a preferir quedarse en casa?

El modelo turístico que ha elegido amenaza ruina. Y el que crea que las cosas van a cambiar a corto o medio plazo, es que no sabe dónde vive. València mola, pero no es Nueva York. Tengámoslo claro.

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