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Cuando la ciencia olvida el sexo y el género

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Un informe oficial sobre la alimentación de las mujeres durante la menopausia presenta como adecuados para ellas valores nutricionales basados, en algunos casos, en investigaciones realizadas exclusivamente con hombres. No es una errata ni una anécdota. Es la manifestación de un problema que atraviesa buena parte de la ciencia: seguimos confundiendo lo estudiado en los varones con lo universal.

El informe del Comité Científico de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición se ocupa de los riesgos nutricionales durante la perimenopausia, la menopausia y la posmenopausia. Sin embargo, algunas de sus cifras proceden de estudios realizados en población adulta general y los valores relativos al hierro y la vitamina C se han obtenido a partir de investigaciones efectuadas en hombres. Las fuentes originales reconocen que faltan datos en mujeres y que ha sido necesario extrapolarlos. Esta advertencia desaparece al presentarlos como valores propios de la “población femenina adulta” mayor de 40 años.

Tener más de 40 años, encontrarse en la transición menopáusica y estar en la posmenopausia tampoco son situaciones equivalentes. El informe no permite distinguir siempre qué se debe al envejecimiento, qué al proceso biológico de la menopausia y qué a las condiciones de vida de las mujeres. Tampoco explica con suficiente claridad cómo se seleccionaron los estudios ni diferencia adecuadamente la solidez de las evidencias. Un informe dedicado a la menopausia debería decir qué sabemos específicamente sobre esta etapa, qué hemos trasladado desde otros grupos y qué desconocemos todavía. Reconocer que no sabemos algo no debilita la ciencia. Convertir una laguna de conocimiento en una aparente certeza, sí.

Varias científicas expertas examinaron el documento y la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas trasladó sus objeciones a los organismos responsables. La reacción no llegó hasta que el asunto apareció en la prensa, se hizo viral y alcanzó la televisión estatal. La secuencia resulta inquietante: las observaciones científicas no obtuvieron una respuesta adecuada, pero la repercusión mediática sí.

Lo ocurrido no constituye únicamente un error en un informe concreto. Revela un problema que comienza mucho antes de que los resultados lleguen a una publicación oficial: en las preguntas que se formulan, en las poblaciones que se eligen, en los datos que no se recogen y en las diferencias que no se analizan. Continúa después en las evaluaciones que no detectan esas ausencias y en las instituciones que convierten un conocimiento parcial en conocimiento aparentemente universal. Para entender el alcance del problema es necesario distinguir dos dimensiones que la investigación todavía confunde o ignora con demasiada frecuencia: el sexo y el género.

Cada célula tiene sexo, y esa diferencia puede modificar la respuesta a una enfermedad, un medicamento o una sustancia ambiental. También los animales, los tejidos y las células empleados en la investigación tienen sexo. Si no se registra o si solo se utilizan machos, los resultados pueden ser parciales aunque se presenten como universales.

Las personas, además, vivimos en condiciones sociales marcadas por el género. Mujeres y hombres no realizamos siempre los mismos trabajos, no asumimos idénticas cargas de cuidados, no disponemos de los mismos recursos, no estamos expuestos a iguales riesgos ni mantenemos la misma relación con nuestra salud. Tampoco expresamos necesariamente el dolor de la misma manera ni recibimos siempre la misma respuesta del sistema sanitario.

La biología y la sociedad no actúan por separado. La menopausia es un proceso biológico, pero la alimentación, la actividad física, el descanso, el consumo de medicamentos, el tiempo disponible, la carga de cuidados y el acceso a la atención sanitaria están socialmente condicionados.

Por eso no basta con incluir algunas mujeres en una muestra. Hay que preguntarse si están representadas en número suficiente, desagregar los datos por sexo, analizar las posibles diferencias y comunicar los resultados tal y como afectan a mujeres, hombres y personas no binarias, si lo hacen de forma diferenciada. Tampoco basta con marcar una casilla o introducir la expresión “investigación hecha con perspectiva de género”. Hay que mostrar cómo se ha incorporado a las preguntas, los métodos y a la interpretación de los resultados.

Las consecuencias de no hacerlo pueden ser graves. Durante años, las enfermedades cardiovasculares se investigaron tomando como referencia principal los síntomas observados en hombres. Muchas mujeres que no respondían a ese patrón fueron diagnosticadas más tarde o recibieron tratamientos menos adecuados. También sabemos que las mujeres y los hombres pueden metabolizar de manera diferente determinados medicamentos y sufrir distintas reacciones adversas. Confundir lo masculino con lo universal no produce una ciencia neutral. Produce una ciencia parcial cuyos errores pueden costar salud y vidas.

Lo más sorprendente es que las normas ya existen. La Ley de la Ciencia establece desde 2022 que la dimensión de género debe integrarse en los problemas de investigación, los marcos teóricos, los métodos, la recogida e interpretación de los datos, las conclusiones y las aplicaciones. También dispone que los procedimientos de concesión de ayudas públicas incorporen mecanismos para evaluarla. La Ley Orgánica del Sistema Universitario añade responsabilidades para las universidades y los organismos de evaluación.

El problema no es, por tanto, la ausencia de legislación, sino la distancia entre lo que las normas establecen y lo que las instituciones comprueban. Se financian proyectos, se acreditan carreras académicas, se conceden premios y se publican informes sin que nadie haya preguntado seriamente si sus resultados sirven de la misma manera para mujeres y hombres.

Las universidades deberían enseñar a investigar teniendo en cuenta el sexo y el género. Las agencias financiadoras deberían exigirlo y evaluarlo. Y quienes revisan proyectos e informes deberían poseer formación suficiente para distinguir una integración metodológica real de una mención decorativa.

Hemos avanzado más en que las mujeres se incorporen a la ciencia que en la incorporación del sexo y el género al contenido de ella. Nos preocupamos, aunque todavía insuficientemente, por el número de investigadoras, la composición equilibrada de los equipos y la presencia de mujeres en los puestos de decisión. Todo ello es imprescindible, pero no garantiza por sí solo una investigación bien diseñada. Un equipo paritario también puede producir conocimiento androcéntrico.

Hemos aprendido a contar cuántas mujeres hacen ciencia, pero todavía no comprobamos suficientemente si la ciencia que hacemos cuenta con las mujeres.

Integrar el sexo y el género no es una concesión ideológica ni una exigencia burocrática. Es una condición del rigor científico. Permite formular mejores preguntas, producir resultados aplicables a toda la población y evitar que las lagunas del conocimiento se conviertan en daños para la salud.

La excelencia científica no consiste en añadir la palabra género a una memoria de investigación. Consiste en formular las preguntas necesarias para no confundir la experiencia de una parte de la humanidad con una supuesta experiencia universal.

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