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Islandia se asoma a Europa con un referéndum que reabre el viejo dilema sobre entrar en la UE

Reikiavik, capital de Islandia.

Òscar Gelis Pons

Copenhague —
28 de agosto de 2026 21:45 h

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El referéndum del 29 de agosto ha sido presentado por el Gobierno socialdemócrata de Islandia como una oportunidad de “ahora o nunca” para aceptar la posibilidad de entrar en la Unión Europea. Si gana la opción del “sí”, el Ejecutivo de Reikiavik reanudará las conversaciones con Bruselas, aunque la decisión de unirse formalmente a la UE requiere de un segundo referéndum que posiblemente se celebraría en 2028. Si, por el contrario, los islandeses (402.000 habitantes) optan por el “no”, el país nórdico mantendrá el statu quo dentro del Espacio Económico Europeo (EEE) y del espacio Schengen que les ha permitido beneficiarse de buena parte de las ventajas de la UE, pero sin voz ni voto en la mesa de decisiones de Bruselas.

La relación del país de los volcanes, los glaciares y los géiseres con la UE ha tenido altibajos. Islandia solicitó el ingreso al bloque europeo en 2009 a raíz de una profunda crisis financiera. Pero el acercamiento duró poco, ya que la llegada al poder de una coalición de gobierno euroescéptica puso fin a las negociaciones en 2013. Más de una década después, el debate europeo volvió a abrirse en la política islandesa en 2024 con la formación de una nueva coalición de gobierno de centroizquierda que asumió el compromiso de retomar las negociaciones durante la legislatura.

El mayor argumento de los defensores de la adhesión es que, en tiempos de incertidumbre económica y geopolítica que ha alcanzado de lleno las puertas del Ártico, la UE ofrece estabilidad y seguridad. Por su parte, en el bando del “no”, formado por la derecha nacionalista, los partidos más a la izquierda del Parlamento y el lobby pesquero, argumentan que la UE podría menoscabar la soberanía islandesa, especialmente en ámbitos tan cruciales como la pesca y la agricultura.

A pocos días de la cita con las urnas, las encuestas dibujan una sociedad prácticamente partida en dos, con una ligera ventaja del “sí” (51,3%) sobre el “no” (48,7%). Una diferencia de apenas 2,6 puntos que deja el resultado completamente abierto y hace imposible a los expertos aventurar qué ocurrirá el sábado.

Dilema entre la independencia y la integración total a la UE

En los últimos meses, el escenario geopolítico en el extremo norte del Atlántico se ha vuelto más incierto que nunca tras las amenazas del presidente estadounidense Donald Trump de anexionarse la vecina Groenlandia, elevando la tensión en una región donde las potencias mundiales compiten entre ellas por el control y la influencia en el Ártico.

En este escenario, Islandia es el único miembro de la OTAN que no cuenta con un ejército propio y cuya defensa depende, en buena medida, del acuerdo bilateral firmado con Estados Unidos en 1951. Sin embargo, la llegada de Trump a la Casa Blanca ha puesto en duda la solidez de esta garantía de seguridad en Reikiavik.

En un informe en abril de este año, la ministra de Asuntos Exteriores, Þorgerður Katrín Gunnarsdóttir, escribió: “El sistema internacional con el que hemos convivido desde el final de la Segunda Guerra Mundial se tambalea”. La ministra añadió que una mayor cooperación con la UE era “una variable clave” para salvaguardar los intereses de Islandia. Hasta ahora, “los islandeses nunca habían visto la UE como una institución que tuviera algo que ver con la seguridad y defensa, pero ahora esto está cambiando”, reconoce el politólogo de la Universidad de Bifröst, Eiríkur Bergmann.

Pese a ello, la convocatoria de la consulta del sábado es anterior a este giro en el panorama internacional y, durante la campaña, las cuestiones relacionadas con la defensa y la geopolítica han quedado en un segundo plano, mientras que la discusión se ha concentrado sobre todo en los argumentos económicos y la identidad nacional.

Para el politólogo Bergmann, el debate sobre Europa tiene una dimensión existencial que trasciende cuestiones prácticas como la entrada en el euro o la pesca. En el fondo, sostiene Bergmann, la discusión gira en torno a “qué significa ser islandés después de décadas de independencia”, conquistada en 1944 tras siglos de dominio primero noruego y después danés: “Un argumento fundamental es que Islandia debe ser totalmente autónoma y no volver a someterse jamás a un dominio extranjero”, dice Bergmann, “pero por la otra parte, hay la voluntad de ser un país plenamente integrado en la comunidad internacional”.

El control de la pesca, una línea roja

El principal problema para una eventual adhesión a la UE sigue siendo la pesca y el control de los ricos caladeros islandeses, una cuestión que los partidarios del “no” han asociado directamente a la independencia nacional. Junto al turismo, la pesca es el pilar de la economía del país insular, ya que genera el 40% de las exportaciones, además de sostener buena parte de la actividad económica en las zonas costeras. En este sector, una mayoría teme que la adhesión a la UE provoque un daño irreversible al abrir los caladeros a las flotas pesqueras europeas: “La pesca no es simplemente un sector económico, es una línea roja identitaria” expone Bergmann. “Ningún gobierno de Islandia volvería de Bruselas sin un acuerdo que garantizara el control de los caladeros porque saben que la población no lo aprobaría de ninguna manera”, afirma el politólogo.

Por otro lado, una ventaja económica que esgrimen los que quieren formar parte del bloque europeo es que abandonar la corona islandesa mejoraría la economía, ya que el euro es mucho más estable y ayudaría a controlar una inflación disparada de casi el 5,2%, el doble que en la UE, que hace de Islandia uno de los países europeos más caros donde vivir.

Por último, Bergmann considera que “la UE está mucho más interesada en la adhesión de Islandia ahora que antes”, ya que su incorporación aportaría “ventajas geoestratégicas por sus intereses en el Ártico”. El experto apunta, además, que “tras el fracaso que supuso el Brexit, Bruselas está buscando un caso de éxito” que podría ser “la entrada al club europeo de un país próspero y con una democracia consolidada como Islandia”. Por otro lado, en caso de que saliera el “no”, “tendría pocas consecuencias inmediatas”, sostiene Bergmann, “aunque políticamente el gobierno saldría debilitado y el país quedaría más alejado de sus socios europeos”.

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