Mejor sin el rey
Nicola Sturgeon era por entonces la ministra principal de Escocia y líder del Partido Nacionalista Escocés. Independentista y republicana a la británica. Siempre y en todo momento se mostró respetuosa y reconocida a la reina Isabel II. De ella valoraba su exquisita neutralidad, tanto en el referéndum de independencia como en el Brexit, con todo lo que se jugaba su dinastía. Se comenta que Sturgeon le dijo a la reina que seguiría siendo reina de Escocia en caso de triunfar la independencia y le regaló una botella de güisqui.
Con ocasión de la suspensión del Parlamento británico por el premier Boris Johnson, se le conminó a que pidiera la oposición de la reina. Sin embargo, la republicana respondió: los políticos debemos arreglar los problemas y las crisis nosotros mismos, sobre todo, los republicanos debemos atenernos y reclamar el estricto cumplimento de las leyes por la Corona y no excederlas. Mientras menos necesitemos a la monarquía más se verá su inutilidad.
Pero no podía esperar cosa distinta de la reina. Ella, como sus antecesores, se saben al pie de la letra la Bill of Rights, fruto de la revolución inglesa de 1689, que entre otras cosas permitió que su dinastía no corriera a la larga la suerte de sus primos franceses.
No es la primera vez. Ya ocurrió cuando el Acuerdo de Pesca con Marruecos estaba atascado. Desde la izquierda, republicanos a la española, se pidió la intervención, un telefonazo, del rey Felipe para ablandar a su primo por parte de primos hermanos, Mohammed. Conviene recordar que los acuerdos comerciales, los de pesca también, son competencia de la Unión Europea y no de España. Esos mismos republicanos a la española, ahora en la izquierda coaligada gubernamental, piden que, con lo de Ceuta, Felipe llame a su primo segundo.
En ciertos mentideros se asevera que son el PSOE y la izquierda quienes arriostran la monarquía. El momento parece darles la razón. Es la derecha albertina, siempre aquejada con las lombrices de su nerviosera, la que torpedea constantemente la Corona, entre su ignorancia y su aventurerismo
Siguiendo con Sturgeon y la utilidad política, Núñez Feijóo se declara inútil y por eso piensa que la presencia de Felipe en Ceuta es útil y que si no va, que él quiere, dice oráculo de Zarzuela, es porque Pedro Sánchez no lo permite. A Feijóo, sin ideas útiles, no se le ocurre otra idea, salvo incendiar el debate, a Ceuta y poner al reino a los pies de los caballos del derecho internacional y español, por cierto.
En todo caso, si Felipe visitase Ceuta, que la normalidad de relaciones incluya Castillejos, Rincón, Restinga, Río Martin, Xauen, Ued Lau y, por supuesto, Tetuán. Aquí me permito recomendar a la Casa Real una visita a la Casa de España, detrás de la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, en la plaza de Primo, un botellín fresquito de Flag y los mejores boquerones en vinagre que he probado en mi vida. En fin, un paseo por el Protectorado. Animo a Feijóo, que sé que tiene mano en el majzén.
Con su acusación a Sánchez, lo que Feijóo reconoce es que todo acto político del rey debe ser refrendado por el Gobierno, que es quien tiene las competencias constitucionales, más si pudiere tener consecuencias de política exterior o de Estado. Feijóo busca alocadamente contradicciones diarias pero esto es más que grave por dos motivos: uno, porque propone que el rey se exceda en su papel constitucional; y dos, porque involucraría al rey en un conflicto con consecuencias imprevisibles. No olvidemos que no hablamos de pares dinásticos: Mohammed es un rey déspota de un Estado autoritario y no democrático; tampoco olvidemos que en la Casa Real conocerán la Bill of Rights a través sus primos del Reino Unido. A los primos de Grecia mejor no consultar.
En ciertos mentideros se asevera que son el PSOE y la izquierda quienes arriostran la monarquía. El momento parece darles la razón. Es la derecha albertina, siempre aquejada con las lombrices de su nerviosera, la que torpedea constantemente la Corona, entre su ignorancia y su aventurerismo. Propuestas como las que exceden la Constitución, de la derecha albertina y de la izquierda perdida republicana a la española, no solo debilitan la institución: debilitan al Estado, al que minan con su estrategia de demolición.
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