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El precio de quedarse: los jóvenes que apuestan por el campo

Jóvenes pastores con rebaño de ovino.

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Durante décadas, marcharse del pueblo ha sido casi un rito de paso para muchos jóvenes. Estudiar, encontrar un empleo estable, independizarse o simplemente buscar nuevas oportunidades significaba abandonar el municipio de origen y trasladarse a una ciudad. Hoy, sin embargo, existe una pregunta cada vez más importante: ¿qué precio tiene quedarse en el campo?

Los datos muestran la dimensión del desafío. Según el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, en 2024 había 7,52 millones de personas viviendo en municipios rurales, apenas el 15,5% de la población española, aunque estos municipios ocupaban el 83,8% del territorio nacional. Son 6.644 municipios rurales, con una densidad de población de solo 17,8 habitantes por kilómetro cuadrado.

La situación demográfica resulta especialmente preocupante. En los municipios rurales hay menos jóvenes en relación con la población mayor. En 2024 había 39,7 menores de 15 años por cada 100 personas de 65 años o más en los municipios rurales pequeños, frente a 68,7 en los municipios urbanos. Además, este indicador ha empeorado desde 2015: en los municipios rurales pequeños cayó un 9,4 %.

Pero detrás de estas cifras hay decisiones personales. Un joven que decide quedarse en su pueblo puede encontrarse con menos posibilidades de empleo, formación o transporte que otro que vive en una ciudad. El propio Ministerio señala que la tasa de ocupación en las áreas rurales fue del 47,8 % en 2024, 4,7 puntos porcentuales inferior a la registrada en las ciudades.

Un joven puede trabajar para una empresa situada a cientos de kilómetros sin necesidad de abandonar su localidad. Pero para que esta posibilidad sea real hacen falta conexión digital, espacios de trabajo, transporte y servicios básicos

El problema no es únicamente encontrar trabajo. También está la vivienda. Paradójicamente, mientras en muchas zonas rurales existen viviendas vacías o infrautilizadas, rehabilitarlas o acceder a ellas no siempre resulta sencillo. Y el problema de la vivienda afecta al conjunto de los jóvenes españoles: según el INE, en 2025 el 44,3 % de las personas de entre 26 y 34 años vivía con sus padres. Entre quienes permanecían en el hogar familiar, el 47,3 % señaló que no podía permitirse comprar o alquilar una vivienda como principal motivo.

En los pueblos, sin embargo, la vivienda puede convertirse también en una oportunidad. Los precios pueden ser más asequibles que en las grandes capitales y el teletrabajo ha abierto posibilidades que hace unos años eran difíciles de imaginar. Un joven puede trabajar para una empresa situada a cientos de kilómetros sin necesidad de abandonar su localidad. Pero para que esta posibilidad sea real hacen falta conexión digital, espacios de trabajo, transporte y servicios básicos.

Cuando se habla de juventud rural, existe una tendencia a relacionarla exclusivamente con la agricultura y la ganadería. Sin embargo, el campo del siglo XXI ofrece muchas más posibilidades: turismo rural, transformación de alimentos, comercio electrónico, energías renovables, servicios sociales, artesanía, pequeñas industrias o actividades vinculadas al medio ambiente.

Además, el sector agrario sigue necesitando relevo generacional. La incorporación de jóvenes a las explotaciones puede contribuir a modernizar el campo y facilitar la introducción de nuevas tecnologías, sistemas de producción más eficientes y modelos de negocio diferentes.

El problema es que emprender en un pueblo requiere, en ocasiones, superar obstáculos que en una ciudad pueden ser menores. La distancia de los mercados, la escasez de determinados servicios profesionales, las dificultades de transporte o la falta de financiación pueden hacer que una buena idea empresarial no llegue a convertirse en realidad.

Por eso, hablar de juventud rural no es hablar únicamente de despoblación. Es hablar de qué modelo de país queremos construir.

La decisión de permanecer en un pueblo debería ser una elección y no una renuncia. Un joven no debería tener que escoger entre vivir cerca de su familia y tener oportunidades profesionales. Tampoco debería verse obligado a marcharse para acceder a una educación de calidad, a determinados servicios sanitarios o a una oferta cultural.

El reto, por tanto, no consiste simplemente en pedir a los jóvenes que se queden. Consiste en crear las condiciones para que quieran quedarse.

Eso implica mejorar el transporte público, garantizar una conexión a internet rápida, facilitar el acceso a la vivienda, apoyar a los emprendedores y asegurar servicios públicos suficientes. También significa favorecer la llegada de nuevas empresas y aprovechar las posibilidades del teletrabajo y de la economía digital.

La cuestión es especialmente importante porque los jóvenes no solo representan el futuro de los pueblos: también son quienes pueden mantenerlos vivos en el presente. Allí donde hay jóvenes hay familias, escuelas, comercios, asociaciones, actividad económica y nuevas ideas.

España dispone de un enorme territorio rural. En él vive una parte relativamente pequeña de la población, pero se concentra buena parte de los recursos naturales, agrícolas y paisajísticos del país.

Por eso, hablar de juventud rural no es hablar únicamente de despoblación. Es hablar de qué modelo de país queremos construir.

Si quedarse significa aceptar menos oportunidades, muchos jóvenes seguirán marchándose. Si quedarse significa poder estudiar, trabajar, emprender, formar una familia y acceder a una vivienda digna, entonces vivir en un pueblo dejará de ser visto como una alternativa de segunda categoría.

El futuro de muchos municipios dependerá de esa diferencia. Porque el verdadero éxito no será conseguir que los jóvenes se queden a cualquier precio, sino conseguir que puedan elegir quedarse porque allí también pueden construir el futuro que desean.

Porque el verdadero éxito no será conseguir que los jóvenes se queden a cualquier precio, sino conseguir que puedan elegir quedarse porque allí también pueden construir el futuro que desean

España se enfrenta asía una de sus grandes contradicciones demográficas. El mundo rural necesita jóvenes, pero los jóvenes necesitan oportunidades.

Resolver esa contradicción determinará el futuro de cientos de municipios.

Porque el objetivo no debería ser que los jóvenes se queden a cualquier precio. El verdadero desafío es conseguir que puedan quedarse sin renunciar a sus aspiraciones, a su profesión y a su proyecto de vida.

Y, en última instancia, que vivir en un pueblo no sea entendido como quedarse atrás, sino como otra manera —perfectamente válida— de avanzar.

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