Mira Sorvino, del Oscar al veto en Hollywood: “La influencia de Harvey Weinstein fue enorme y devastadora”
Cuando estaba en la cima de su carrera, Mira Sorvino desapareció del mapa. Había ganado un Oscar y un Globo de Oro por una interpretación deslumbrante en Poderosa Afrodita (Woody Allen, 1995), y luego había saltado a la comedia más o menos gamberra (Romy y Michelle, 1997) y el cine de acción más comercial (Mimic -1997- y Asesinos de reemplazo -1998-), algo más o menos lógico para una estrella al cine de acción. Era una estrella que se codeaba con la farándula de la mano de parejas icónicas como Quentin Tarantino o Olivier Martínez. Hasta que se esfumó.
O la esfumaron. Años después, Mira Sorvino (Nueva York, 1967) contó que su nombre fue vetado de grandes producciones por Harvey Weinstein, entonces considerado un rey Midas de Hollywood, en realidad un abusador de mujeres que atormentó a decenas de actrices. Peter Jackson confirmó que Miramax (la productora de Weinstein) le pidió no contar con Sorvino para El Señor de los Anillos.
Casi tres décadas después de aquello, está de paso por España para la segunda edición de la San Diego Comic Con Málaga. Consciente de su papel de abanderada del movimiento MeToo, no rehúye su pasado ni tiene problema en explicarlo: “Durante veinte años estuve vetada en la industria. Entre 1998 y 2018 prácticamente no participé en grandes producciones de estudio. La influencia de Harvey Weinstein fue enorme y devastadora”, cuenta a elDiario.es.
Una escena “terapéutica”
Sorvino, que fue acosada por Weinstein antes de que este la metiera en una lista negra, lo pasó mal, pero subraya que nunca sabes por qué derroteros te va a llevar la vida: aquel paréntesis forzoso le sirvió para volcarse con una familia a la que adora. “Tengo cuatro hijos extraordinarios y probablemente no habría sido la madre que soy si hubiera mantenido ese éxito profesional”, explica: “Así que la vida es extraña: sí, me enfada profundamente que alguien me arrebatara algo que merecía, pero también siento gratitud porque la vida me dio otras cosas hermosas”.
Años después, la serie Hollywood (Ryan Murphy, 2020) le pondría ante una escena catártica, en la que interpreta a una actriz de los años 40 atrapada en una relación desigual con un productor, de la que solo sale gracias a la empatía de la mujer de este. “Fue una escena preciosa y bastante triste”, rememora la actriz, que lloró realmente en el rodaje: “Era muy consciente de que estaba inspirada en mi propia historia, pero también tenía un punto terapéutico: me permitió enfrentarme a ese dolor y liberarme un poco de él”.
Después de una década, ¿cree que Hollywood ha cambiado? “Sí, sin duda. ¿Siguen existiendo depredadores que creen que nunca serán descubiertos? Claro, porque es la naturaleza humana. Siempre ha habido depredadores y ladrones y asesinos. No podemos erradicar el crimen, pero sí podemos dejar claro que un plató, una sala de casting o cualquier lugar de trabajo no son espacios para eso”, advierte: “Ya no se salen con la suya. Durante décadas, ese comportamiento estuvo muy integrado en la industria de Hollywood desde su comienzo. Y creo que el movimiento ha tenido un impacto real. Hoy las mujeres están más protegidas. Los hombres también. Y los niños que trabajan en producciones audiovisuales están más seguros que antes. ¿Es perfecto? No. Pero sí creo que es mejor de lo que era”.
Recuerdos de Marbella
Sorvino rodó una de sus primeras películas en España (Barcelona, 1994) y otra, más desconocida, en la Semana Santa de Sevilla, donde pasó una larga temporada. No eran sus primeras veces en España. Tendría unos cuatro años cuando su padre, Paul Sorvino, rodó una película en la Costa del Sol junto a George Segal y Glenda Jackson. “Algunos de mis primeros recuerdos visuales son de Marbella”.
La actriz acaba de rodar con Lisa Kudrow la secuela de Romy y Michele (1997), una comedia que exploraba en tono ligero el camino del empoderamiento femenino y la sororidad. Treinta años después, la perspectiva de una nueva boda de una amiga vuelve a situarlas en un punto similar: “¿Nos hemos olvidado de casarnos? ¿Nos hemos olvidado de encontrar el amor?”. La respuesta es que han hecho con su vida lo que han querido.
Justo antes de rodar Romy y Michele 2 terminó That’s amore, un musical con John Travolta en la que tuvo que cantar O sole mío en napolitano. Una canción eterna que, cuenta, está inspirada en la hermana de su abuelo. “Al menos, según cuenta mi familia. Mi padre lo confirmó con la familia del autor de la letra. ¡Podría ser un mito, ¡pero quizá sea verdad!”, exclama.
Alta, imponente y con una vistosa cruz que le cuelga del cuello y acredita sus convicciones cristianas, la actriz creció en el seno de una familia de raíces italianas muy tradicional en la que su padre la trabaja como “el hijo que nunca tuvo”: “Compartía conmigo sus referentes: Muhammad Ali, Martin Luther King, Desmond Tutu… Veíamos juntos combates de boxeo, partidos de tenis de Björn Borg y, sobre todo, Star Trek. Yo estaba fascinada con el capitán Kirk. Puede que tuviera un pequeño enamoramiento infantil, pero también quería ser como él: valiente, decidido, aventurero”.
Este fin de semana, Sorvino se ha dado un baño de masas que, además, ha acompañado de un premio honorífico del Festival de Cine de Málaga. “Cuando hablas cara a cara con una persona y te cuenta lo que una película o una serie representó para ella, sientes que tu trabajo ha tenido un impacto real”, agradece la actriz: “En el cine normalmente no tienes ese contacto directo. No es como actuar en teatro, donde escuchas las risas, los aplausos o saludas a la gente a la salida. Aquí las películas se estrenan y luego quedan ahí, mientras tú te quedas bastante alejada del público. Por eso estos eventos son tan especiales”. Mira Sorvino está de vuelta y agradecida a la vida, a pesar de que una vez la tiraran de la cima.
0