En busca de Pastora Imperio en el retiro malagueño donde se pule la inspiración flamenca: “Aquí el trabajo cristaliza”
En un cortijo en las estribaciones de la Sierra Almijara con vistas al azul mediterráneo, una bailaora y tres guitarristas preparan una particular revisión de la vida y obra de Pastora Imperio. Un imponente sombrero, el Amor Brujo, un mantón de manila, momentos de quietud y de tempestad sobre las tablas, que resuenan suaves o furiosas a los pies de Paula Comitre en un local de ensayo de un cortijo al pie de la sinuosa carretera que une Torrox con Frigiliana, en la Axarquía malagueña.
Hay maletas en el suelo, avituallamiento. Los músicos están en cómodos. “Toda esta experiencia de desconexión, de convivencia, de no estar afectada por nada externo, nos ha hecho aterrizar. Aquí todo el trabajo ha cristalizado”, resopla satisfecha la bailaora, aún con el sudor en la frente tras un intenso esfuerzo que la ha puesto al límite de su capacidad física. Estas pruebas hacen que salten “algunas costuras” porque da una imagen completa. La continuidad permite apreciar los relieves del artefacto e insuflarle energía si desfallece o darle un respiro si necesita aire: ordenar el tiempo y el espacio que habita en él.
Acaba de concluir el segundo ensayo completo de Bien vale un Imperio, el espectáculo que tiene previsto estrenar en el Centro Danza Matadero de Madrid el próximo viernes 6 de noviembre, y que está puliendo con la ayuda de Fran Pérez Román y Julio León en la residencia artística In Progress, en Torrox.
Pastora Imperio o La Argentina, de los libros a las tablas
Bien vale un Imperio es el segundo capítulo de un tríptico escénico con el que Comitre redescubre para la danza contemporánea el imaginario y el legado de tres mujeres del primer tercio del siglo XX fundamentales para el flamenco y la danza española. Primero fue Antonia Mercé “La Argentina” en Après vous; ahora, Pastora Imperio; y culminará con Tórtola Valencia, quizá hoy la más desconocida de las tres, en su día una celebridad con bagaje internacional y una visión más experimental de la danza.
“Las tres son mujeres que bailan en una época que coincide con las vanguardias artísticas en Europa, donde las propuestas visuales, el vestuario y la propia personalidad, con unos caracteres muy avant garde, generan espacios insólitos”, señala Fran Pérez Román. Ese carácter pionero y el uso de los instrumentos (tres guitarras, flamenca, clásica e instrumental, en manos de Pedro Rojas Ogáyar, Francis Gómez y Jesús Rodríguez), abona el terreno para una dualidad entre lo literal y lo abstracto, en una reinterpretación de los hitos vitales a partir de tres lenguajes artísticos: la danza, la música y las artes plásticas.
Comitre se ha empapado de la vida y obra de cada una. Un proceso de inmersión con la ayuda del investigador Pedro G. Romero, que le ha servido incluso para proyectar una tesis doctoral sobre cómo se traslada a escena una investigación bibliográfica. La bailaora traza una línea del tiempo vital de sus inspiradoras.
En el caso de Pastora Imperio, a partir de tres momentos vitales: una primera etapa de popularidad creciente al ritmo del garrotín y la farruca; una segunda marcada por el Amor Brujo, que Manuel de Falla compuso para ella por mediación de Jacinto Benavente; y una tercera en la que abraza la tradición de la bata de cola y los aires de Sevilla. También rebusca anécdotas y material gráfico que doten de contenido al espectáculo escénico y abonen el diálogo entre distintas artes plásticas: aquí son fundamentales el aparatoso sombrero de la primera etapa, la bata de cola y el mantón de manila.
Cada elemento del resultado tiene su referencia vital, sin que se trate de una simple revisión o un homenaje. Se trata de destilar la esencia, encontrar la raíz hasta desembocar en una especie de trance con el personaje y su legado. “Es un punto de partida para hacer una creación flamenca contemporánea. A veces decimos que es como una güija en la que invocamos a esos personajes”, explica Julio León.
Un “espacio de retiro” para la inmersión total
Comitre está contenta con los últimos días de ensayo, que han sido fértiles para cuajar la idea que le bullía en la cabeza. Llegaron a Torrox buscando precisamente esto: un espacio propio y casi íntimo donde desconectar, inspirarse y zambullirse en la creación 24 horas al día. “Ha sido como si hubiera estado aquí un mes”, admite con satisfacción.
Los espacios de creación decantan obras de arte, a veces de manera decisiva. Este es particular. Su dueño es el gestor cultural y productor Miguel Marín, quien creó hace 25 años el Flamenco Festival de Nueva York, que dirige desde entonces. Empezó con Carmen Linares, Manolo Sanlúcar, Farruquito y María Pagés, y este año ha programado a Eva Yerbabuena, Manuel Liñán, Sara Baras, Olga Pericet o Rocío Márquez en el New York City Center, el Lincoln Center o el Carnegie Hall.
Marín tuvo la visión de que necesitaba un lugar así en la lectura de una hoja de palma en la India. Nada más regresar se puso a buscarlo y encontró de saldo un viejo cortijo en Torrox. Luego le dedicó tiempo y dinero para poner a punto lo que buscaba: un espacio de convivencia desde el que los artistas puedan generar complicidad y desarrollar sus ideas. “Un espacio de retiro”, dice, que facilite una “inmersión” total en la creación: “Es lo que permite visitar rincones a los que no es fácil llegar si estás distraído”.
Aquí concibieron Rocío Márquez y Bronquio la puesta en escena de su aclamado disco Tercer Cielo. De aquí han salido obras nominadas en los Oliver, como Muerte de amor, del bailaor Manuel Liñán. No es el único premio nacional de danza que ha pasado por las residencias In-Progress: también Olga Pericet, que las inauguró hace ahora seis años, y Rocío Molina, el año pasado, han dejado su huella en Torrox, además de casi medio centenar de artistas: La Lupi, La Piñona, Rosario La Tremendita o, en esta última temporada, las compañías de Alfonso Losa, Sara Jiménez y Juan Tomás de la Molía.
Prueba en el instituto
El trato es simple: In Progress ofrece el lugar y manutención, con la colaboración de la Junta de Andalucía y el Ministerio de Cultura, las artistas dan forma aquí a su idea, con el compromiso de que enriquezca de alguna forma al pueblo. No se trata de pasar sin más, sino de nutrirse del lugar y, a cambio, dejar una huella. A veces, el preestreno del espectáculo es en el teatro municipal de Torrox, que facilita el Ayuntamiento, como ocurrió con El Tercer Cielo; pero a veces se busca otra cosa: Comitre presentará Bien vale un Imperio a estudiantes del IES Jorge Guillén. En el caso de Irene de la Rosa y su reciente espectáculo sobre La Singla (la arrolladora bailaora sorda que revolucionó el baile flamenco en los 60), la actividad ha sido con una asociación de sordomudos de Vélez Málaga.
En estos años, el público de Torrox y la Axarquía ha ejercido de particular “conejillo de indias” al que se invita a transmitir sus impresiones. “Se ha convertido en parte de la presentación. Es algo que gusta y a veces sorprenden los comentarios”, comenta Marín, que no las tenía todas consigo cuando lo planteó. “A veces no es fácil romper ese telón, pero ha habido un interés muy genuino y aportaciones muy útiles”.
Comitre y su equipo hacen un alto para comer, antes de volver al local de ensayo. Al día siguiente llegará la primera prueba con público: será un ensayo con los chavales del instituto de Torrox. Va preparada: “Tienen una espontaneidad que a lo mejor no tienen los adultos. Y eso es importante”, advierte. Es la piedra de toque. En pocos días, estreno en Madrid de otro espectáculo que nació en los montes con vistas al mar de la Axarquía malagueña.
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