La Mare: “No me da miedo perder seguidores machistas o prosionistas. Prefiero que no me sigan”
Cuenta Mar Muñoz, más conocida como La Mare (Cádiz, 1988) que cuando le preguntan qué tipo de música hace, se limita a decir: “Hago canciones”. Esa huida de las etiquetas al uso se repite en su nuevo trabajo, Tierna verbena, donde vuelve a hacer gala de su característico eclecticismo. “Para cada canción bebo del estilo que me pide. Es verdad que me gustan mucho las músicas de raíz, los folclores. También del carnaval, unos tanguillos, unos cantes de ida y vuelta… Y de las canciones que aprendí de chiquitilla”.
De hecho, las letras populares suelen cobrar un nuevo sentido en la voz de esta artista, a menudo con resultados sorprendentes. “La primera vez lo hice con Al pasar la barca, y me encantó el proceso. Me di cuenta del poder que tiene esto porque, al final, es una melodía que está en el imaginario colectivo, que ya ha movido muchas cosas dentro de la gente. Si encima le pones una letra que conecte con una emoción, con un pensamiento o con un posicionamiento político, pues es como un combo explosivo”.
Algo que repite ahora con el tanguillo Gaditana. “Es una canción que, a nivel melódico, todo Cádiz conoce. Yo me la aprendí en primaria. Está ahí y, además, toca una fibra que a mí me mueve mucho como persona de Cádiz que vive fuera: le doy la vuelta para hablar de la especulación, por un lado, y el hecho de estar fuera de tu tierra, echarla de menos y saber que quieres salir de allí, pero que la situación es muy compleja”.
Un hueco para los cuidados
Este espíritu contestatario impregna la Tierna verbena de La Mare, un concepto en el que buscaba cierto “costumbrismo”, asegura. “Había también una idea de disfrutar de las cosas pequeñas, a nivel de barrio. Una cosa chiquitita, una fiesta pequeña, pero una fiesta pequeña que se celebra en comunidad. Las amistades, lo comunitario, la gente cercana, los cuidados y la ternura. Vamos tan rápido y estamos tan lejos de las cosas tangibles, al final, con los móviles y las redes… De repente, se trata de celebrar lo pequeñito”.
“Para mí, la ternura también va muy asociada a hablar de las cosas que nos atraviesan”, agrega. “Parece que la música y la verbena son una evasión, algo muy de fiesta: lo, lo, lo… Pero no. Yo creo que hay que hablar de los dolores. Por ejemplo, para mí, en una fiesta o en una celebración colectiva, en una reunión de mucha gente, de familiares o amigos, hay que nombrar a quien no está, honrarlo, celebrarlo, echarse unas risas y brindar por esa persona. Hay que hablar de los duelos y de las ausencias. Nombrarlas también forma parte de la ternura. Compartir los dolores hace que vivamos con más ilusión ese momento de fiesta en el que estás bailando y suena una canción que te recuerda a alguien. Te pegas una llorera con tu amiga, te abrazan cuatro amigas a la vez… Pero, de repente, suena Flying Free y te pones a bailar. Está muy bien la fiesta, nos encanta, pero hagámosle hueco también a los cuidados, a lo tierno, a lo cariñoso y a los dolores, para que nos duelan menos”.
La carrera de esta creadora arranca cuando, con 18 años, se traslada a Granada para estudiar Educación Social. “Desde chiquitilla fantaseaba con cantar, pero no lo veía tan real. Hasta que un día le dimos una sorpresa a una amiga en el Miniclub, un garitillo de Granada, y yo le canté. El dueño me miró y me dijo: ‘Tú vas a cantar aquí más veces’. Y yo, que no había dado un concierto en mi vida, pensé: ‘¿Qué dice? ¿Cómo voy a cantar yo?’. Hasta que hice allí el primer concierto y probé esa droga [risas]. Me di cuenta de que me gustaba mucho, de que me movía muchas cosas, aunque me moría de nervios”.
Ligada a lo social
En la capital nazarí conoció a Kimi Sierra, antes Eva Sierra. “Cantamos juntas y grabamos un par de vídeos. De repente, se movieron mucho más de lo que ninguna de las dos nos podríamos haber imaginado. Empiezas a conocer gente y te das cuenta de que todo el mundo está en Madrid, y te dicen: ‘Vente para Madrid’, ‘Cuando vengas para Madrid…’. Por eso, cuando terminé mis estudios, me fui a la capital con dos fechas cerradas. Allí empezó a moverse todo”.
Desde el principio, La Mare ha mantenido una actitud militante desde la música. Para ella, las canciones son herramientas de transformación social que no excluyen el placer estético. “Mi persona siempre ha estado ligada a lo social y, por tanto, mi música también”, asevera. “Es verdad que nunca tuve una intención, nunca he pensado: ‘Estoy escribiendo una canción abiertamente feminista’. Muchas son canciones que, tranquilamente, pueden tener ya trece años, pero los feminismos las acogieron”.
“En el primer auge de mi carrera coincide con dos factores”, prosigue Mar. “Por un lado, creo que hubo un boom cantautoril. Fue la época de las sesiones, de los micros abiertos y de un movimiento en YouTube. Y nos subimos a esa ola. Por otro, desde los feminismos hubo varias canciones mías que de repente encajaron y fueron muy abrazadas por el público afín. Luego creamos Arte Muhé, un colectivo de mujeres artistas en Madrid que también se movió muchísimo. Empezamos a incorporar a gente, otra cantautora, una amiga que hacía circo y teatro, una poeta... Aquello fue un delirio colectivo. E hicimos una piña que dura hasta hoy”.
El tamaño de los festivales
Para La Mare, el posicionamiento político dentro y fuera del escenario ha sido “algo natural desde el principio”, dice. “Posicionarte en ciertas cuestiones obviamente va a traer polémica, y mucha, pero también va a afianzar al público que realmente te sigue por quién eres, no a alguien que ha escuchado una canción tuya sin tener ni idea de quién eres y que, un día, después de seguirte en Instagram, ve que publicas cualquier cosa y empieza a atacarte. Quien realmente te sigue con todo lo que eres, sabiendo cómo piensas y cómo utilizas también tu pensamiento a nivel artístico y creativo, encuentra ahí una manera de afianzar el vínculo. Y a mí no me da miedo perder a gente proisraelí, machista… No me da miedo perder a quienes no quiero que me sigan. Prefiero que no me sigan. En mis conciertos puede haber público de derechas, pero no va a ser un público facha”.
Ante el auge de movimientos ultras, Mar dice no estar “tan muerta de miedo” como gente cercana. “No sé, soy una persona positiva por naturaleza y creo fervientemente que hay cosas que no nos van a quitar y pasos que no se van a dar hacia atrás. Obviamente, a mí me da más miedo la gente de a pie que las políticas. Me da más miedo la violencia, el odio que siento entre iguales. Que de repente haya un discurso de odio más instaurado y con más respaldo… ¿Qué está pasando? ¿Desde cuándo el fascismo es un motivo de orgullo?”.
Y aunque teme una caída de las contrataciones públicas si la derecha gana en las próximas elecciones, ella asegura que “lo que te emociona es verte cantando con 300 personas o con veinte en un bar chiquitito. Ver a una persona real tocando la guitarra y cantándote, escuchar en directo los arreglos de un disco, ser parte de algo… Creo que la música es muy poderosa y eso es imbatible. A mí me da esperanza porque me recuerda que la música está superviva, que el ser humano también lo está y que necesita esa vida, necesita alimentarla”, afirma. “Estamos en la era del boom de los macrofestivales, y también hay mucha crítica a esto porque se ha convertido en un negocio infinito. Pero también están surgiendo muchos festivales pequeñitos. Hay un montón de, por ejemplo, orgullos rurales. A mí me encanta tocar en ellos. Me encanta ir a un pueblo, tocar para 200 o 300 personas, encontrarme con un ambiente increíble y comer superrico con la gente. Me lo cambio mil veces por tocar en el Viña”.
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