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Sobre este blog

ANDALUCÍA es, según la constitución, una nacionalidad histórica que vivió momentos de esplendor en el pasado y luego pasó a jugar un papel de cuartel, granero y mano de obra. Esta degradación llega a su punto álgido con el fascismo que deja a los andaluces en el imaginario popular como pobres analfabetos alegres y vagos -valga la contradicción- Ahora, hijas e hijos de Andalucía, intentamos contar nuestra historia con la dignidad, igualdad y justicia que esta se merece. (Columna coordinada por Juan Antonio Pavón Losada y Grecia Mallorca). Más en https://www.instagram.com/unrelatoandaluz/

Izquierdo alante, derecha atrás. La Sevilla de Jacinto Ilusión

Web Un Relato Andaluz (11)

Javier Navarro y Manuel Alba

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Hágase la prueba: tómese un plano de Sevilla, márquense todas las calles cuyo nombre invoca a un cristo, una virgen, un misterio o un santo, y bórrese el resto. A 31 de diciembre de 2025, la Gerencia de Urbanismo tenía registradas 4.984 calles; 767 —aproximadamente el quince por ciento, según datos facilitados para una investigación en curso en la Universidad de Sevilla— superaban la criba de lo sagrado. Desde los barrios dispersos más allá de la ronda a la densidad medieval del centro, el callejero hace que a nadie le extrañe que los hospitales lleven nombres de dolorosas y las barriadas populares, títulos pasionales.

Aunque la ciudad que resulta está marcada por una aparente espiritualidad, lo cierto es que aquí el santoral es más un asunto de familia que de altares. Esta teoría, asentada desde los años setenta gracias a voces como Isidoro Moreno, Pedro G. Romero o Salvador Rodríguez Becerra, se intuye ya en 1914 en un texto que se mueve entre el ensayo, el diario íntimo y el experimento vanguardista. Es el humanista y profesor José María Izquierdo quien sienta las bases de una ciudad que anuda sus dos caras —la pública y la íntima— a sus imágenes religiosas: una urbe que jura amor a los suyos con el mismo fervor que a la virgen o al cristo de su calle. La Ciudad de la Gracia, como Izquierdo la bautiza, se revela hoy —muchas décadas, una dictadura y varias crisis más tarde— como uno de los postulados más certeros de la muy escrita y muy glosada ciudad de Sevilla.

Jacinto Ilusión

El mismo año en que Platero y yo viera la luz, Izquierdo se camufla tras el seudónimo de Jacinto Ilusión para publicar su Divagando por la Ciudad de la Gracia. Lejos de ser el típico pregón sobre las grandezas de la tierra o un ejercicio de orgullo provinciano, el libro es una suerte de cartografía emocional, un manual dadaísta avant la lettre que defiende la premisa de que toda ciudad verdadera necesita tres cosas: una altura —una montaña, una torre— para mirar al cielo y verse en su unidad; un espejo —un lago, un río— para mirarse a sí misma y sentirse fluida; y un quid divinum —algo divino—, un destello de genialidad, un nosequé que la haga diferente. Y Sevilla cumple sobradamente la tríada con la Giralda, el Guadalquivir y la Gracia.

Detrás del seudónimo hay una biografía breve e intensa. Izquierdo nace en 1886 en la calle Castellar —la misma que había visto nacer al poeta Francisco de Rioja—, hijo de madre sevillana y de un modesto comerciante riojano. Estudia con los Escolapios, se doctora en Madrid con una tesis sobre el Derecho en el teatro y ejerce como profesor auxiliar de Derecho Canónico, aunque su verdadera cátedra estaría en las redacciones de El Liberal y El Noticiero Sevillano y, sobre todo, en la biblioteca del Ateneo, convertida en cuartel general: desde allí, escribió Cernuda, «tiraba diariamente su talento a la calle». Desde allí promueve en 1918 la Cabalgata de Reyes Magos y participa, junto a Blas Infante, en la forja del ideal andaluz.

La Gracia de la que habla Izquierdo es un concepto teológico desviado hacia el urbanismo: el don que no se merece ni se busca, una «virtud sin esfuerzo, ciencia infusa, arte espontáneo y natural […], realidad más pura que una utopía». Con ese material funda una ciudad paralela que convive con la Sevilla tangible. Para recorrerla basta divagar, dar pasos sucesivos sin rumbo, dejarse llevar. Cualquier lector contemporáneo reconoce ahí, con décadas de adelanto, la deriva que Guy Debord teorizará en 1958 y la psicogeografía con la que los situacionistas quisieron reencantar las ciudades europeas. De cómo aquellos parisinos acabaron viniendo al sur a descubrir lo que aquí era costumbre ya hablamos en estas páginas. Lo que no contamos entonces es que un sevillano lo había dejado todo escrito antes de la Primera Guerra Mundial, y que en su tiempo no fue reconocido.

Izquierdo murió demasiado temprano —en julio de 1922, a los treinta y cinco años, soltero y romántico rezagado— para saberse vanguardista, dejando tras de sí una obra dispersa en periódicos y una estela que el propio Cernuda resumió afirmando que había dado lo mejor que tenía «sacrificando su nombre y su obra». El Ateneo le levantó un monumento en el parque de María Luisa en 1925; solo un año después, un grupo de jóvenes funda la revista Mediodía —Núñez de Herrera, Romero Murube, Rafael Laffón o Juan Sierra, entre otros— y recoge el testigo de la divagación. El pasado junio se cumplió un siglo de aquel primer número —la Biblioteca de Andalucía lo celebra con una edición facsímil de la revista—, y conviene recordar que aquella generación surgió de un profesor que simplemente paseaba.

Un siglo divagando

Mientras los centros históricos se convierten en productos de marca, en escenarios donde el visitante consume el pintoresquismo —como ocurre en la Sevilla real—, la Ciudad de la Gracia resiste como un lenguaje endémico. Se activa cuando se camina sin propósito, y solo se revela a los locales, en quienes despierta una química sentimental propia cuando transitan por las calles de su devoción.

Hay quienes concluyen ante semejante nomenclátor que Sevilla es una ciudad beata. La lección de Izquierdo —y la de Constant y Debord medio siglo después— apunta justo en la dirección contraria: en realidad se trata de una geografía poco ortodoxa, porque aquí lo sagrado se solapa con lo profano transitando continua e intensamente los límites de los dogmas; las advocaciones se multiplican con una promiscuidad que escandalizaría a un teólogo estricto, las vírgenes reciben piropos y la devoción se mide en cuerpos, olores y músicas antes que en catecismos. Por eso la entendieron antes los artistas que los obispos.

En tiempos que consideran la divagación una pérdida de tiempo, el pensamiento un lujo y las humanidades un fútil adorno, convendría recordar al hombre que hizo de perder el tiempo un método de conocimiento. La Universidad de Sevilla rescató el libro en 1999, y desde entonces ABC o Almuzara han hecho lo propio con varias ediciones consecutivas. Pero tal vez la reedición más fiel no haya salido de ninguna imprenta: en la mañana del pasado 8 de enero, el investigador Manuel Alba volvió a recorrer la Ciudad de la Gracia vestido con el hábito de promesa del Gran Poder, sin más brújula que el rumbo que señala el Giraldillo ni más regla que pisar únicamente las calles del santoral, hasta donde la divagación quiso dejarlo llegar. Cien años después de Mediodía y ciento doce después de Jacinto Ilusión, la utopía sevillana parece más viva que nunca, inscrita en esas 767 placas y en una nueva generación de jóvenes artistas que rastrean las huellas dejadas por el maestro de la Gracia.

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ANDALUCÍA es, según la constitución, una nacionalidad histórica que vivió momentos de esplendor en el pasado y luego pasó a jugar un papel de cuartel, granero y mano de obra. Esta degradación llega a su punto álgido con el fascismo que deja a los andaluces en el imaginario popular como pobres analfabetos alegres y vagos -valga la contradicción- Ahora, hijas e hijos de Andalucía, intentamos contar nuestra historia con la dignidad, igualdad y justicia que esta se merece. (Columna coordinada por Juan Antonio Pavón Losada y Grecia Mallorca). Más en https://www.instagram.com/unrelatoandaluz/

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