Pasa constantemente
Conozco a personas que censuran y critican las manifestaciones y reivindicaciones colectivas como si lo que demandan no les afectara. Que votan no según su realidad, sino según un escenario en el que nunca estarán, aunque se resisten a creerlo. Personas que descalifican a quien pone el cuerpo en la calle, delante de porras y gases lacrimógenos, detrás de pancartas y megáfonos, para intentar que nadie más pierda su techo. Ni su trabajo, ni su dignidad, ni el control sobre su cuerpo, ni su alegría. Tampoco su vida.
Conozco a personas que se jactan de saber perfectamente cómo funciona el mundo. Personas que se creen más listas que las demás, que aseguran que a ellas nunca les pasaría tal o cual cosa. Porque controlan, porque tienen los pies en la tierra, porque no aspiran (¡Ja!) a lo que no pueden tener. Personas que conducen, que cogen el autobús, que tienen cuentas bancarias a su nombre, que esperan en una silla del ambulatorio, que se levantan todos los días para estudiar, trabajar o para ir a buscar trabajo. Personas que cuidan, personas que son cuidadas. Personas que tienen una llave para la cancela, otra para el portal y otra para el piso. Personas que limpian váteres y personas que tiran la botella de plástico al suelo, la colilla al arcén, que no recogen la caca del perro. Personas a las que siempre se les olvida barrer bajo el sofá. Personas que hablan por teléfono a viva voz en el metro, que escuchan música sin cascos. Personas que reciben una pensión, que han heredado un piso o han conseguido una hipoteca que pagarán durante cuarenta años. Personas que apagan la televisión después de cenar viendo un show reaccionario, despotrican contra quien toque, van al baño y a la cama.
Esas personas a las que conozco no se plantean en ningún momento la razón de todo eso. El por qué pueden hacer determinadas cosas y no otras, el por qué de dónde y cómo viven, de los trabajos a los que tienen acceso y lo que cobran por ellos. Se acomodan, quién sabe si por pereza o terror, en la idea de que así son las cosas, y simplemente tiran para delante hasta que ya no pueden. Y se siguen sintiendo genuinamente superiores a las que van a asambleas, hacen carteles a brochazos, llamamientos en redes sociales para votar con conciencia, a quienes escriben con la esperanza de remover, a quienes acampan en plazas públicas por otras cosas que también deberían ser públicas.
Personas que se las averiguan día sí y día también para sostener techos, llenar platos, aclimatar cuerpos, y colmar cabezas. Personas que están rabiosamente ciertas de que todas, absolutamente todas, merecemos algo tan aparentemente utópico como una vida segura, digna y feliz
Estas personas a las que, como digo, conozco, no reparan en que todas esas otras personas con las que no se identifican, viven igual que ellas. En los mismo bloques de pisos, con los mismos manojos de llaves, los mismos trabajos, las mismas pensiones, las mismas rutinas, las mismas obligaciones, los mismos derechos. La diferencia entre unas y otras es que, mientras las primeras se permiten el insólito lujo de mirar con desprecio y tildar de imbéciles a las demás, las segundas entienden verdaderamente cómo funcionan las cosas y sobre todo, cómo podrían y deberían funcionar. Las segundas son las que han luchado porque unas y otras tengan vidas dignas, y siguen luchando para que eso se mantenga y vaya a más. Las segundas comprenden que ningún avance social puede darse por hecho, que todo lo susceptible de ser conquistado es susceptible de perderse. Pasa constantemente. Las segundas son las que siempre han estado y siempre van a estar al pie del cañón, por ellas y por todas las demás, aunque las frían a descalificativos. Si las segundas cayeran, las primeras, y esto es lo que no ven, callarían. No por gusto ni por aburrimiento ni por falta de motivos. Pero (las) callarían.
En esa bendita masa que pisa las calles de tantos pueblos y ciudades con el puño en alto, reside toda la razón, toda la legitimidad. También a las personas que la componen las conozco. Son personas honradas y cansadas. Personas privadas de futuro y hasta de presente. Personas que, digan lo que quieran politicuchos ignorantes, mediocres y faltones, cumplieron y cumplen una y otra vez. Personas que acumulan títulos y experiencia, que aguantan injusticias, explotación y ninguneo. Personas que se las averiguan día sí y día también para sostener techos, llenar platos, aclimatar cuerpos, y colmar cabezas. Personas que están rabiosamente ciertas de que todas, absolutamente todas, merecemos algo tan aparentemente utópico como una vida segura, digna y feliz.
No hay mayor imbecilidad que no pelearlo junto a ellas.
Sobre este blog
ANDALUCÍA es, según la constitución, una nacionalidad histórica que vivió momentos de esplendor en el pasado y luego pasó a jugar un papel de cuartel, granero y mano de obra. Esta degradación llega a su punto álgido con el fascismo que deja a los andaluces en el imaginario popular como pobres analfabetos alegres y vagos -valga la contradicción- Ahora, hijas e hijos de Andalucía, intentamos contar nuestra historia con la dignidad, igualdad y justicia que esta se merece. (Columna coordinada por Juan Antonio Pavón Losada y Grecia Mallorca). Más en https://www.instagram.com/unrelatoandaluz/
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