Pensamientos para una estación de penitencia
Con el regusto aún de las Fiestas de Primavera arrullándome los sentidos, encaro, no sin preocupación, la próxima cita electoral que tenemos en Andalucía. Veo las previsiones de los sondeos, los análisis políticos y los abundantes actos de precampaña, debatiéndome entre el pesimismo y la esperanza. Una pregunta martillea mi cabeza: ¿qué más tiene que pasar? Y eso que una viene ya estudiá: sé del descreimiento, del voto de castigo, del adormecimiento de la conciencia de clase y pueblo, de la desactivación de los movimientos sociales, de la efectividad de un buen carisma, del cansancio abrumador, … Un tipo este de cansancio que te puede llevar a dar un golpe sobre la mesa, o al desistimiento, o a la reflexión profunda. Siendo sincera, coqueteo con las tres posturas. Pero hoy esta columna va de reflexión y ello me retrotrae al último Martes Santo.
Quince horas en la calle, formada en una cofradía, dan para pensar mucho. Es una experiencia difícil de igualar en el contexto cotidiano. A pesar del extremo cansancio que sé que inevitablemente me sobrevendrá al final del día, me siento privilegiada. Porque fuera de mí hay ruido, gentío y calor, pero de antifaz para adentro, sólo mis pensamientos y yo. Lo primero que pienso, que ya he dicho que la cosa iba de reflexión, es que esto es un detox digital y una cura de aburrimiento en condiciones. Me resulta asombrosa la cantidad de personas de todas las edades que, siendo incapaces de ordinario de dejar ni una hora las pantallas, se echan todo esto para el cuerpo. Por supuesto que hay quien lleva rosario y va repitiendo para sí oraciones y desgranando Misterios. Yo esto último también lo hago, pero los míos son, sobre todo, profanos.
Ya desde que forma mi tramo me asaltan los primeros interrogantes: ¿por qué saldrá de nazarena toda esta gente? La mayoría es muy joven y se apiña con sus amistades para asegurarse de que hacen juntas el recorrido. No se plantean, según dicen, hacer la estación de penitencia sin esta compaña. No puedo evitar pensar, con cierta guasa, qué dirían de esto quienes dan instrucciones sobre cómo ser un buen nazareno y cuáles son los motivos “correctos” para salir como tal. O en quienes creen que en una hermandad todo el mundo tiene el mismo corte intelectual e ideológico.
Cuando cruzamos el dintel de la iglesia al barrio, veo a las autoridades eclesiásticas, civiles, políticas, y a los “posturas”. Luego sabré que el presidente de la Junta de Andalucía está aquí también, con vara, medalla y todos sus perejiles. Eso de hacer campaña apareciendo en la salida de una cofradía famosa por su carácter popular y de barrio, me mosquea. ¿Cuántas de estas personas a las que el presidente abraza ante la cámara estarán en una lista de espera médica? ¿Cuántas estarán ahogadas, si tienen techo, por un alquiler? Antes de dejar el barrio, veo entre la multitud a otro político, este de la oposición. Le delatan las gafas, pero pasa desapercibido entre la multitud. Ahí me pregunto cuántas de las personalidades políticas que vienen hoy al barrio, más allá de la obligación o del figureo, disfrutarán y entenderán de corazón lo que están viviendo.
Dejo a mi izquierda un portal con un puñado de cajetines de llaves. Arriba hay una ventana con luz, se oye una televisión encendida y se ven unos calzoncillos secándose en el alféizar. No entiendo para qué venir hasta aquí si no te vas a asomar. Quien viviera ahí antes, estoy segura, asomaría su cara entre macetas
Avanzamos por una larga avenida, bajo un calor de mil demonios. Me digo que si hubiera buenos árboles, inclusive los que se quitaron por las obras del tranvía, otro gallo nos cantaría. No sólo al cortejo, sino también a las niñas y niños que no quieren quedarse a pleno sol pidiendo caramelos, o a la señora en silla de ruedas, mal parapetada tras la finísima sombra de una farola, que está a un cuarto de hora de sucumbir a una lipotimia. Me acuerdo de los alcaldes, el anterior y el actual, y me pregunto si sabrán que los árboles dan oxígeno y refugio climático. Llegando al centro, pasamos ante la sede del partido que comparten alcalde y presidente de la Junta. Rememoro una anécdota que me pone de muy mala leche. La contó una persona que trabajó en esa sede la noche en la que el PP ganó sus primeras elecciones andaluzas. Narró que, tras conocerse la victoria, alguien exclamó algo así: “¡Vamos a llevarnos tanto que no nos van a volver a votar en la vida!”. Cierto o no, visto lo visto, no me parece descabellado. Pero aquí estamos, finalizando la segunda legislatura, quién sabe si antesala de una tercera. A pesar de que Moreno Bonilla se comprometiera a limitar los mandatos a 8 años.
Empezamos la Carrera Oficial, que nos conduce a la catedral. Muchos pensamientos me asaltan aquí, relativos a la institución eclesiástica y a la fiesta. Me acuerdo del tuit contra el derecho al aborto que compartió el arzobispo hace no mucho, acompañado de una imagen, por cierto, que no se corresponde con lo que es un feto en los plazos en los que es posible abortar. Varias hermandades se adhirieron a ese comunicado. Y me digo, en medio de la serenidad de la mole catedralicia, que hay que ver lo fácil que resulta posicionarse en contra de los derechos de las mujeres, a pesar de que sean una abrumadora presencia en cofradías y hermandades. Veo una urgencia por pronunciarse rápida y notoriamente sobre el control de sus cuerpos y vidas, pero no la veo para hacerlo sobre el abuso sexual hacia ellas, ni sobre su sufrimiento en la guerra, ni sobre su desigualdad estructural, ni sobre su discriminación en el seno cofrade. Lo poco que se hace, si se hace, suele venir desde otros lugares y no tiene en absoluto el mismo seguimiento que lo primero. ¿Es de verdad imperioso repetir en un bucle algo que ya se sabe sobradamente que la Iglesia tiene integrado? ¿Se saca algo positivo de ello; arregla todas las situaciones ligadas a un aborto? ¿No sería más necesario y efectivo posicionarse constante y explícitamente en contra de la intolerancia y la violencia, de la discriminación al prójimo, además de no aceptar ramos de flores de quienes las fomentan? Sobre ello, recuerdo, sí se pronunció el Papa. Pero por lo que sea, no provocó tanto grito al cielo. Salgo de la catedral diciéndome que, aun siendo las hermandades en parte Iglesia (por lo que se explican algunas cosas), igualmente son individuos (con sus caunás) y son sociedad. Querer negar o minimizar eso me parece una necedad.
Decae el día y el cansancio ya pega bocados. Poquito a poco dejamos el centro y entramos en un barrio que no es aún el nuestro. El momento es íntimo, precioso y evocador como un cuadro de Sorolla. Sin embargo las ventanas están cerradas y los balcones vacíos. En este barrio no parece haber vecinas que nos esperen. Intento acordarme de las cifras de turismo recibido el año pasado en Andalucía y me digo que, cuando salgan las de este, las miraré para comparar. Dejo a mi izquierda un portal con un puñado de cajetines de llaves. Arriba hay una ventana con luz, se oye una televisión encendida y se ven unos calzoncillos secándose en el alféizar. No entiendo para qué venir hasta aquí si no te vas a asomar. Quien viviera ahí antes, estoy segura, asomaría su cara entre macetas.
Unas horas más tarde, aunque rendida, me permito unos últimos pensamientos conforme enfilamos nuestro templo. ¿Para qué se viste este hábito? ¿Qué se hace durante una estación de penitencia? Comprendo que haya unas normas de conducta de la cofradía para la jornada, pero más allá de eso, ¿a qué pretender encorsetar el corazón y la cabeza del nazareno? Y es que, como el joven grupo de amigas de mi tramo, cada cual tiene sus razones y dedica la estación a lo que le nace. Conozco a nazarenas y nazarenos que rezan, que reflexionan sobre lo divino y lo humano, que divagan sobre sociedad, política y democracia, que repasan la lista de tareas y la de la compra, o la de los 151 primeros Pokémon, y que se preguntan cómo irían las cosas si hubiera menos mamarrachos y mejor voluntad. He de decir que ninguno de ellos siente haberle hecho traición a nadie.
Sobre este blog
ANDALUCÍA es, según la constitución, una nacionalidad histórica que vivió momentos de esplendor en el pasado y luego pasó a jugar un papel de cuartel, granero y mano de obra. Esta degradación llega a su punto álgido con el fascismo que deja a los andaluces en el imaginario popular como pobres analfabetos alegres y vagos -valga la contradicción- Ahora, hijas e hijos de Andalucía, intentamos contar nuestra historia con la dignidad, igualdad y justicia que esta se merece. (Columna coordinada por Juan Antonio Pavón Losada y Grecia Mallorca). Más en https://www.instagram.com/unrelatoandaluz/
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