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Opinión - 'El claudicante Sémper', por Esther Palomera

El claudicante Sémper

El portavoz nacional del PP, Borja Sémper, atiende a los medios en Torrejón de Ardoz (Madrid).
22 de octubre de 2026 22:11 h

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Borja Sémper no se fue de la política en enero de 2020 por cansancio, ni por el deseo de emprender nuevos proyectos, ni porque quisiera dedicar más tiempo a su vida privada, que es la excusa que dio en San Sebastián antes de fichar por una consultora. Se fue, según contaba entonces a todo aquel que le quiso escuchar, porque no soportaba en lo que se había convertido el PP, porque la dirección nacional con Pablo Casado se había acercado a los postulados de Vox y porque detestaba que la política se hubiera convertido en un campo de batalla donde el respeto al adversario brillaba por su ausencia.

Como portavoz del Grupo Popular en el Congreso, Álvarez de Toledo representaba en aquel momento todo lo que el ala moderada del PP vasco detestaba. Su desprecio por las particularidades forales, su empeño en tildar de pusilánime cualquier atisbo de pactismo y su retórica de confrontación total eran el reverso exacto del manual político que Sémper decía practicar. 

Así que las tensiones entre ambos llegaron a ser públicas y, en ocasiones, feroces como el día que la propia Álvarez de Toledo acusó a los populares vascos de “tibieza” frente al nacionalismo, lo que se entendió como una ofensa imperdonable entre quienes se habían jugado la vida en los ayuntamientos vascos bajo la amenaza de ETA. Sémper, con elegancia pero con firmeza, replicó entonces que mientras algunos daban lecciones desde las moquetas de los despachos madrileños, otros habían defendido la libertad a pie de calle. Poco después, anunciaría que dejaba la vida pública.

“Convendría prestigiar la política y que vuelva el respeto”, declaró entonces con solemnidad quien durante años se esforzó en proyectar la imagen de una supuesta moderación que muchos creyeron ya entonces que era una pose, como se demostró con su regreso dos años después. Y es que el diputado vasco volvía como portavoz de la dirección nacional a un PP que ya no era solo el partido antipático e incómodo que dejó, sino el que había pactado gobiernos con Vox en media España y asumido con naturalidad el ideario de la extrema derecha y hasta la misma violencia verbal. Regresó, ya de la mano de Feijóo, para defender aquello por lo que dijo que se marchaba y sin complejos pasó de ser el crítico de la deriva ultra al portavoz que ponía voz engolada pero amable al corpus ideológico de la extrema derecha. 

Desde hoy, en el puesto número tres, hará tándem con Cayetana Álvarez de Toledo -la dos-, en la candidatura que encabeza Alberto Núñez Feijóo a las elecciones del próximo 29N. De moderado pasa a claudicante y tendrá que hacer ahora de tripas corazón. O no. En realidad, hace tiempo que incluso para muchos de sus colegas se había quitado la careta, demostrado una gran habilidad para cabalgar sobre sus contradicciones y hecho la vista gorda ante quien llegó a tacharle de “mediocre”.

El diputado vasco consuma en todo caso su rendición ideológica al compartir cartel electoral con quien él mismo consideraba su némesis dentro del PP. Así que ni verso suelto del centrismo vasco, ni adalid de la política amable, Sémper ha hecho lo mismo que todo superviviente de la política, esto es abrazar el pragmatismo a cambio de un buen puesto en la lista. Y con ello ya no es que traicione el relato que durante años construyó de sí mismo, es que también devalúa el significado de la coherencia, que es algo que en política como en la vida, ni se compra ni se vende. Simplemente se lleva de serie, salvo en aquellos, claro, que degluten sus propios principios a cambio de un pedacito de poder, incumplen la palabra dada e insultan a la inteligencia del votante con sus actitudes. Lamentablemente, es el síntoma de un mal endémico en la vida pública. No es el primero ni tampoco será el último. 

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