Un pintor llamado Manolo García: “Como en mis canciones, me gusta que la imaginación camine”
Los primeros visitantes de la exposición Atizar lumbre interior, la selección pictórica de Manolo García (Barcelona, 1955) que acaba de inaugurar la Fundación Cajasol de Sevilla, se sorprenden de encontrarse al propio autor en la sala, comentando sus obras con periodistas o simples curiosos. Algunos se acercan a manifestarle su admiración como músico, una faceta que, según afirma, se entiende a la perfección con ésta de los lienzos y los pinceles. “No tengo ninguna ambición comercial, ni aspiro a tener un nombre en el mundo de las artes plásticas. Yo soy feliz haciéndolo y luego, si la gente viene y pasa un rato entretenido mirando, oye, pues estoy encantado. Me llena”.
La muestra, que comprende casi medio centenar de piezas entre pinturas, dibujos, esculturas e instalaciones, dialoga también muy bien con la poética de las canciones de El Último de la Fila, el dúo que lo dio a conocer al gran público, o de sus temas en solitario. “Las inquietudes son las mismas, soy la misma persona. Concienciación social, naturaleza en decadencia por nuestra acción... Todo está ahí. Y los personajes, yo pinto mucho animal y mucho humano en situaciones dolientes, expectantes, alucinadas, en el asombro por la vida”.
La mirada que proyecta Manolo García sobre la realidad podría ser más o menos oscura o pesimista, si no fuera porque el color acude a redimirlo todo. “Ese colorido vivo, alegre, significaría esperanza, curiosidad, ilusión… La luz, las ganas de seguir, hacen balanza contra la sombra. Es el afán de los humanos por sacar el cuello y respirar, se contrapone a esas fuerzas que intentan todo lo contrario, tenernos siempre con el agua al cuello, que no podamos movernos… Esa es la lucha de mis personajes en los cuadros”.
Un camino propio
García empezó a pintar con 14 años, tres años después se matriculó en Artes Aplicadas, pero esta disciplina le ha acompañado desde siempre, incluso en los momentos más intensos de dedicación a la música. “He ido a museos toda mi vida, en todas las ciudades en que he tocado aprovechaba para visitarlos, y han sido casi todas. He sido siempre muy disfrutón con este tema, me gustan todos prácticamente, porque todos tienen un ángel. Empezando por los grandes desde Velázquez hasta Caravaggio, pasando por cualquier pintor: Sorolla, Fortuny –uno de mis preferidos–, Anglada Camarasa, Romero de Torres...”
Cuando se le señala un azul de Chagall o un perfil de De Chirico, García admite todas las influencias sin dejar de añadir: “Pero soy yo. Tengo mi propio camino. Evidentemente, todos aprendemos de todos. Y la gente que hacemos música empezamos aprendiendo de los Beatles hace 50 años. Con la pintura pasa igual. Ves tanta pintura, yo he visto tanta, y me ha gustado tanto y me gusta tanto, que he ido aprendiendo de todos. Uno de mis favoritos es Hockney, descubrió una manera de pintar muy intensa, muy pasional, muy alegre”.
El surrealismo es otra de las corrientes que han dejado su poso en la pintura de Manolo García. “Como en las canciones, me gusta que la imaginación camine, la imaginación camine. Darlo todo masticado nunca ha sido de mi interés. Igual que no me gusta que me den un discurso masticado”.
Espíritu de reciclaje
El cantante ha encontrado siempre ocasiones para dar rienda suelta a su vena artística. “Alguna vez me he propuesto hacer un dibujo cada día del concierto. Preguntaba a qué hora pasaban a recogerme, y después de comer me ponía. De hecho, en esta exposición quise traer cinco de esos dibujos, pero al desembalarlos solo había llegado uno, por el despiste. Así que me fui al hotel e hice los otros cuatro. Mira, uno está fechado el 30 de septiembre, justo antes de la inauguración. Me sigue gustando mucho el contacto con el carbón, su vibración y su calorcillo. No me gusta trabajar con medios digitales”, comenta.
Junto a una de sus instalaciones, hay incluso unos paneles que alguna vez fueron parte del escenario adonde se subía cada noche. “Mientras ensayábamos, el escenario me pareció muy frío, muy neutro y me puse a pintar verticalmente, en el suelo, de pie, con un rodillo. Aquí hay seis partes, pero tengo noventa, porque el escenario era enorme”.
A menudo, los lienzos vienen decorados por marcos que el propio Manolo García ha preparado a partir de leños encontrados en cualquier parte, y hasta de material de embalaje repintado. El espíritu del reciclaje se manifiesta también en algunas de las instalaciones, donde los falsos brillos del consumismo desaforado vienen representados por el papel de plata que envuelve las chocolatinas o las patatas fritas. Otras lucen llaves antiguas o cepos para cazar pajaritos que su propio padre empleó en los años de escasez. Su lema creativo es, de hecho, “con lo que tengo, hago lo que puedo”.
“Yo me meto por sitios donde no hay nadie, por carreteras y caminos”, prosigue. “Y voy encontrando cosas y lleno la parte de atrás del coche, y la gente dice: ‘Y la gente dice que este tío está loco’. Cuando termina una gira, necesito dedicarme a todo lo contrario de lo que es un concierto, que es a la soledad. Pero la soledad es compartida con árboles, piedras, busco objetos, paseo por la playa, cojo guijarros”.
Varias pinturas muestran planos y perspectivas múltiples, con las que Manolo García afirma querer huir de la bidimensionalidad de las pantallas. “Yo detesto esa sensación, intento alejarme de ella. Hay quien busca ampliar su percepción con opiáceos o alcohol. Yo, de una manera muy sencilla, a través de mi pintura, busco otro tipo de espacio que no veo, que no existe, pero que intuyo que está ahí y yo lo consigo para mí. Si ya eso sucede también con el espectador o la persona que mira el cuadro, pues miel sobre hojuelas”.
Fuera máscaras
Otro elemento que se repite en la muestra, que permanecerá abierta hasta el 28 de octubre, son los antifaces y las máscaras. “Todo el mundo tiene que soportar a veces una máscara, una farsa. A veces la portamos nosotros, a veces la tenemos enfrente. Mi idea es que, si alguien ha de llevarla, que sean otros. No llevarla tú. Ir a pecho descubierto a lo que venga y enfrentar las cosas. Pero esta mascarada no es algo actual, siempre ha sido así. El ser humano en sí es un mono loco, un bicho bastante curioso que lucha por la supervivencia y no se conforma con sobrevivir o convivir. Quiere más, siempre quiere más. Es insaciable. Y para obtener ese más y más, en una persecución eterna que no para nunca, hay que llevar máscara”.
El artista asegura tener en torno a 700 u 800 obras. Lleva exponiendo desde los años 90, pero hace una mueca cuando se le pregunta si no ha pensado en explotar esa producción en galerías de arte. “A veces alguien me pregunta: ‘Oye, ¿qué me cobrarías por hacerme un dibujo?’ Yo se lo hago y se lo regalo. Cuando me pongo soy rápido, pues son años ya que los que llevo ejercitándome”.
A la pintura no le pide dinero ni reconocimientos, sino calma. “Yo tengo una añoranza de un tiempo que no he conocido, donde las distancias eran muy cortas porque todo el mundo vivía en cuarenta kilómetros a la redonda y los artesanos tenían una función insustituible. No quiero que se vayan esas cosas manuales, ese tiempo lento, esa manera de vivir antigua. Mira ahora el mundo de la burocracia: llame aquí, vaya allí, mande un mail. No, a mí me gusta hablar con la gente, ir a la tienda. No quiero apretar una tecla y que Amazon me mande un bolígrafo. Yo quiero comprar el bolígrafo en la tienda de la esquina, que haya una dependienta muy simpática y hablemos de fútbol porque a ella le gusta el fútbol y a mí también”.
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