La izquierda después de la izquierda
Apenas transcurridas unas horas desde la convocatoria electoral, la izquierda andaluza volvió a encontrarse ante su vieja pregunta. Adelante Andalucía anunció que se presentará en solitario a las elecciones generales del 29 de noviembre. Un día después, María Jesús Montero defendía explorar candidaturas conjuntas de la izquierda al Senado allí donde competir por separado pueda costar escaños. Dos movimientos distintos ante el mismo problema: cómo convertir un espacio político fragmentado en poder efectivo.
Non est turpe cum re mutare consilium. No es vergonzoso cambiar de estrategia cuando cambia la realidad. La máxima atribuida a Séneca parece escrita para una izquierda española que llegará al próximo 29N obligada a decidir entre seguir defendiendo una arquitectura política agotada o asumir que el ciclo que la hizo crecer ya no ordena el ecosistema como antes. El reto al que se enfrenta no es únicamente electoral, ni siquiera organizativo. Lo que ha arrojado mayor desorden sobre formaciones de izquierdas es la pérdida de un valor intangible anterior al voto: la narrativa.
Las formaciones internacionales de la derecha más dura han vencido de manera sobresaliente en la tan mencionada “batalla cultural”, mejor incluso que la izquierda populista del 15-M. A través de una simplificación radical, han sabido convertir el malestar en rechazo. Su discurso ofrece una explicación fácil, casi siempre falsa, pero emocionalmente eficaz, en la que hay un “nosotros” cada vez más estrecho y un “ellos” cada vez más amplio: el Gobierno, los inmigrantes, el feminismo, los impuestos, Bruselas, los medios. Cualquiera de ellos (si no todos a la vez) es señalado como culpable en respuesta a problemas sociales que subyacen de manera estructural. El lema de Vox, “prioridad nacional”, en las últimas autonómicas es el ejemplo perfecto. Ante ello, la izquierda no puede obviar los antagonismos, a pesar de que durante demasiado tiempo han tenido problemas para identificarlos en sus discursos. Para estos partidos, el adversario histórico es (o debería ser) “el capitalismo”. Y este, aunque puede ser teóricamente correcto, probablemente resulte políticamente insuficiente, pues conforma un sujeto demasiado abstracto.
Por ello, deben (debemos) enfocar la dicotomía “ellos-nosotros” en sus ramificaciones, a través de figuras que lo encarnan: el patrimonio común privatizado y controlado por el Estado, las grandes corporaciones, el capital especulativo… Enemigos que emergen de las relaciones de poder. La izquierda debería ser capaz de liderar la lucha cultural en defensa de la vida. De hecho, el electorado que podría apoyar a la izquierda, aun siendo diverso, coincide a la perfección en sus preocupaciones: vivienda, empleo, servicios públicos y coste de vida. Incluso entre los jóvenes, donde la distancia ideológica entre hombres y mujeres ha crecido de forma exponencial en la última década, los problemas que más afectan siguen convergiendo en cuestiones materiales.
Se vuelve fundamental, además, una resignificación de conceptos universales apropiados por la derecha, como “libertad” o “nacionalismo”. La “libertad” en cuanto a pagar menos impuestos o poder pronunciar discursos cargados de odio, debe ser reemplazada por otra “libertad” más democrática, que incluye poder abandonar la casa de tus padres antes de los treinta o poder decidir no tener hijos. ¡Incluso poder enfermar sin que la enfermedad se convierta en una amenaza financiera! Aquellas libertades que solo existen cuando alguien posee los recursos materiales necesarios para ejercerlas, en realidad no lo son.
Otra disputa del mismo estilo gira en torno a la idea de pertenencia, pues la defensa del territorio no debe pertenecer necesariamente al nacionalismo identitario, como abandera la derecha radical, a la que, por cierto, han imitado grandes partidos tradicionales en toda Europa. Existe otra forma de preguntarse por quién tiene derecho a una ciudad, a un barrio o a un país. Mientras en el municipio sevillano de Marinaleda existen viviendas municipales por menos de 20 euros al mes, en determinados barrios de la capital andaluza los habitantes del casco histórico están siendo expulsados hacia el área metropolitana por una gentrificación cada año más agresiva. No son modelos directamente comparables, pero sí dos formas radicalmente distintas de responder a la pregunta de si la vivienda es un lugar para vivir o un activo del que extraer rentabilidad.
En algunos territorios tendrá sentido preservar marcas propias. Pero habrá lugares en los que coordinarse implique algo todavía más incómodo: renunciar. Llámese “Frente Amplio”, “Frente Común” o “La Izquierda de Todos los Frentes”, la renuncia a encabezar una lista, a imponer unas siglas, o a presentar una candidatura son esenciales para demostrar que hay una intención real de representación. Y puede que la predisposición de las organizaciones a perder poder interno para intentar ganar poder político sea la prueba más convincente
Y cabe decir que la actualización de la agenda no exige sacrificar luchas culturales como el feminismo o la transición ecológica en un supuesto regreso a “lo material”. Los avances sociales siempre han ido de la mano de mejoras tangibles y económicas.
Luego están las siglas. Las últimas autonómicas han sido un bestseller de los partidos de la derecha (sobre todo de la radical), quienes han demostrado más capacidad para sumar y absorber voto útil. En este marco, la propuesta inicial de Gabriel Rufián podría leerse como una inspiración para la coordinación territorial en el 29N. Candidaturas adaptadas a cada provincia, primarias donde haya varias fuerzas a la izquierda del PSOE, junto con un programa común, podrían reducir la competencia interna y evitar la pérdida de representación.
Aunque hay veces en las que juntarse no es suficiente. Andalucía ya probó una coalición de siglas estatales y autonómicas con Por Andalucía. Y, dentro del mismo espacio, quien terminó imponiéndose fue Adelante. Ese matiz debería obsesionar a cualquiera que piense en la izquierda posterior al 29N. Una coalición puede juntar partidos, pero no necesariamente junta votantes. Por eso regenerar este espacio exige algo más difícil que convocar actos conjuntos. El tamaño de las circunscripciones y el arraigo de cada organización cambian entre provincias, y con ellos varía también el coste de competir por separado. En algunos territorios tendrá sentido preservar marcas propias. Pero habrá lugares en los que coordinarse implique algo todavía más incómodo: renunciar. Llámese “Frente Amplio”, “Frente Común” o “La Izquierda de Todos los Frentes”, la renuncia a encabezar una lista, a imponer unas siglas, o a presentar una candidatura son esenciales para demostrar que hay una intención real de representación. Y puede que la predisposición de las organizaciones a perder poder interno para intentar ganar poder político sea la prueba más convincente. Porque después de tantos años de discusiones sobre quién representa a qué colectivos, la izquierda corre el riesgo de olvidar la evidencia elemental de que los partidos son instrumentos. Por ende, el objetivo a transmitir debería pasar por conseguir escaños suficientes para llevar a cabo mejoras concretas. Es en este punto en el que aparece la “guinda” estratégica: la izquierda necesita volver a ser creíble. Eso exige programa, naturalmente. Pero antes exige una narración política que aglutine las preocupaciones de la vida diaria de las personas y, sobre todo, que las resuelva.
Sobre este blog
ANDALUCÍA es, según la constitución, una nacionalidad histórica que vivió momentos de esplendor en el pasado y luego pasó a jugar un papel de cuartel, granero y mano de obra. Esta degradación llega a su punto álgido con el fascismo que deja a los andaluces en el imaginario popular como pobres analfabetos alegres y vagos -valga la contradicción- Ahora, hijas e hijos de Andalucía, intentamos contar nuestra historia con la dignidad, igualdad y justicia que esta se merece. (Columna coordinada por Juan Antonio Pavón Losada y Grecia Mallorca). Más en https://www.instagram.com/unrelatoandaluz/
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