Hacia una compasión universal
¿Tiene sentido hacer de la compasión un propósito vital mientras nuestras decisiones contribuyen al sufrimiento de otros seres?
A veces basta con detenerse a observar a un animal no humano para que esta pregunta deje de ser una cuestión teórica. Quienes convivimos con perros o gatos sabemos que tienen sus propios deseos, preferencias y temores. Buscan compañía, disfrutan jugando, sienten dolor y procuran evitar aquello que les perjudica. Reconocemos que tienen una vida propia sin tener que atribuirles cualidades humanas. Sin embargo, cuando otros animales aparecen en nuestro plato, en nuestra ropa o en los productos que consumimos, nos cuesta mucho más tener presente esa realidad.
En el budismo, los Tres Preceptos Puros nos invitan a abstenernos de las acciones nocivas, cultivar las beneficiosas y actuar en favor de todos los seres sintientes. El primero de los Diez Preceptos Universales, por su parte, nos compromete a no quitar la vida. Estas enseñanzas, si bien tienen sus matices, orientan nuestra conducta hacia una vida que busque reducir al mínimo el daño y cultivar dos principios fundamentales: ahiṃsā, la no violencia, y karuṇā, la compasión. ¿Hasta dónde alcanza ese cuidado? ¿Podemos limitarlo a nuestra propia especie?
Desde la perspectiva del budismo Mahāyāna, la enseñanza de la vacuidad (śūnyatā) nos recuerda que ningún ser existe de manera independiente, permanente o aislada. Pero incluso si no entramos en esta consideración, hay una realidad difícil de eludir: la vida de los animales no humanos no nos pertenece.
Entre la norma monástica y la gran compasión
La relación entre el budismo y la alimentación no siempre ha sido sencilla. Según algunos discursos del canon pali, el Buddha Śākyamuni permitió a los monjes consumir carne si no habían visto, oído o sospechado que el animal hubiera sido sacrificado expresamente para ellos. Es la conocida regla de las tres condiciones. Aquellas comunidades monásticas dependían de las ofrendas de la población y debían aceptar los alimentos que recibían.
Sin embargo, otros textos posteriores del budismo Mahāyāna vincularon la gran compasión con el rechazo del consumo de animales. El Śūraṅgama Sūtra, una escritura de notable influencia en el budismo Mahāyāna chino y en la tradición Zen, contiene una exhortación contundente. En uno de sus pasajes, el Buddha Gautama cuestiona cómo quienes practican la gran compasión pueden alimentarse de la carne y la sangre de otros seres vivos. El texto también llama a prescindir de productos de origen animal como la seda, el cuero, las pieles, el plumón y determinados productos lácteos, entre ellos la leche, la nata y la mantequilla. Esta enseñanza amplía la reflexión sobre la compasión más allá de la alimentación y la extiende a otras formas de utilización de los animales no humanos.
Las tradiciones budistas tienen una larga historia de transmisión e interpretación, y no todas conceden la misma autoridad a los distintos textos. Tampoco han mantenido una posición inequívoca contra el consumo de carne: diferentes linajes y comunidades han justificado su aceptación atendiendo a las circunstancias geográficas, culturales y económicas. No es lo mismo vivir donde las opciones de subsistencia son limitadas que hacerlo en una sociedad con una gran variedad de alimentos.
Reconocer esas diferencias es necesario, pero comprender las circunstancias excepcionales de una época y un lugar no significa que debamos perpetuar sus prácticas cuando estas generan un sufrimiento evitable. Desafortunadamente, esta revisión crítica no siempre ha formado parte del proceder de las comunidades budistas. Practicar el Dharma exige revisar aquello que damos por sentado y comprobar si nuestra conducta está a la altura de la compasión que decimos cultivar. Se trata, en definitiva, de mantener una actitud de indagación constante, sin aceptar ninguna tradición o costumbre de manera acrítica y sometiéndola siempre al examen de la duda.
La ciencia y el reconocimiento legal de los animales no humanos
Los avances científicos de las últimas décadas han aportado evidencias sobre la conciencia, las emociones, el aprendizaje y las capacidades cognitivas de numerosas especies que ya se encontraban implícitas en algunas enseñanzas budistas.
La Declaración de Cambridge sobre la Conciencia, de 2012, reunió evidencias neurológicas que respaldan la existencia de conciencia en distintos animales no humanos. Más recientemente, la Declaración de Nueva York sobre la Conciencia Animal, de 2024, señaló que existe un sólido respaldo científico para atribuir conciencia a otros mamíferos y aves, así como una posibilidad realista de que también esté presente en todos los vertebrados y en numerosos invertebrados.
Si aceptamos que sienten y que sus necesidades merecen consideración, resulta difícil justificar que los utilicemos como simples recursos cuando su sufrimiento es evitable. Y, sin embargo, eso sucede a diario en la alimentación, la experimentación, la vestimenta, el entretenimiento, el trabajo, el comercio y la producción industrial, farmacéutica y cosmética. La cuestión, entonces, deja de ser qué pensamos o sentimos por ellos y pasa a ser si respetamos sus vidas y tenemos en cuenta sus intereses.
Este reconocimiento también ha empezado a reflejarse en las leyes. El artículo 13 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea reconoce a los animales como seres sintientes y exige tener en cuenta sus necesidades en determinados ámbitos de actuación. En España, el artículo 333 bis del Código Civil establece expresamente que los animales son seres vivos dotados de sensibilidad y dispone que su bienestar debe ser respetado conforme a las características de cada especie. Son avances importantes, aunque del todo insuficientes frente a las numerosas formas de explotación que siguen padeciendo.
Una ética en la acción
Un caballo rescatado que demanda afecto, un ave que se inquieta ante nuestra presencia o cualquier otro animal que intenta protegerse del dolor nos muestran que cada uno tiene sus necesidades, una identidad individual y una manera particular de relacionarse con el mundo.
El veganismo tal vez represente un primer paso en esa dirección; una forma de llevar a la vida cotidiana el reconocimiento de que los demás animales tienen una vida propia y de que no deberíamos contribuir a su sufrimiento siempre que esté en nuestra mano. No resuelve todos los problemas ni constituye una meta de perfección o superioridad moral. Es, sencillamente, una manera de alinear nuestras decisiones cotidianas con el respeto que merecen todos los seres sintientes.
Ahora bien, la compasión no termina en lo que dejamos de consumir. También nos compromete a ayudar a quienes sufren, sean humanos o no, incluso cuando no somos responsables directos de su situación. Si encontramos un animal herido en la carretera y está en nuestra mano auxiliarlo, nuestra responsabilidad no consiste únicamente en no haberlo atropellado: implica detenernos y hacer lo que esté a nuestro alcance. No hace falta buscar experiencias extraordinarias: a veces, basta con atender a lo que tenemos delante.
Asimismo, el progreso colectivo depende de nuestras decisiones individuales. La transformación de las leyes, las instituciones y las empresas hacia modelos más compasivos requiere que cada uno asuma su parte de responsabilidad y actúe en consecuencia.
Este compromiso implica, sin embargo, cierta cautela. La defensa de los animales no humanos puede convertirse en una fuente de conflicto cuando confundimos la profundidad de nuestras convicciones con la necesidad de condenar a los demás. Aunque nos opongamos a la tauromaquia, la experimentación animal o la ganadería industrial, no deberíamos actuar desde la ira y la frustración contra quienes participan en esas actividades, pues estaríamos avivando el mismo fuego de violencia que pretendemos extinguir.
No todas las personas han tenido las mismas oportunidades de conocer lo que ocurre detrás de los productos que consumen. Muchas reproducen hábitos heredados, como hemos hecho muchos de nosotros. Otras, aun conociendo las consecuencias de sus decisiones, siguen anteponiendo sus preferencias personales al bienestar de otros seres. La ignorancia, de una forma u otra, nos atraviesa a todos. Por eso, además de denunciar las situaciones de abuso, necesitamos ofrecer información, apoyo y acompañamiento. La no violencia también debe estar presente en la manera de defender a quienes sufren.
Creo que el budismo contemporáneo tiene una oportunidad importante para profundizar en sus propios fundamentos éticos. No se trata de imponer una interpretación única ni de juzgar con severidad a nadie, sino de preguntarnos si nuestra relación con los demás animales está realmente en consonancia con la compasión que anhelamos para nosotros. Esta no puede ser selectiva ni depender de la especie, la utilidad, la proximidad afectiva o la costumbre social. Debemos aprender a reconocer el valor de cada vida más allá de esos condicionantes.
Quizás ahí resida el verdadero sentido de la compasión: comprender que el sufrimiento de cualquier ser sintiente merece nuestra atención y que no deberíamos permanecer indiferentes ante él.
Sobre este blog
El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.
Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).
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