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Por qué El caballo de Nietzsche

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Ocurrió en Turín, el 3 de enero de 1889. Friedrich Nietzsche cruza la plaza Carlo Alberto y se topa con un cochero que azota con el látigo a su caballo, rendido, agotado, resignado, doblegado en el suelo. Nietzsche, hondamente dolido, herido en lo más profundo de su alma, se arroja sobre el caballo y lo abraza.

Los relatos del incidente varían según los autores. Unos dicen que le susurró palabras que solo él, el caballo, podía oír. Otros dicen que permaneció en silencio, llorando, quizá hablándole sin pronunciar palabra. Pero todos coinciden en que fue un episodio crucial en la vida del filósofo alemán: el momento en el que perdió lo que la humanidad llama “razón” y, de alguna forma, rompió para siempre con esa misma humanidad, que lo consideró desde entonces un perturbado. Permaneció junto al caballo hasta que fue detenido por desórdenes públicos. Sabemos lo que pasó después con Nietzsche, pero no hemos sabido qué fue de aquel caballo.

Podemos pensar, como escribió Milan Kundera en La insoportable levedad del ser, que en aquel momento Nietzsche pedía perdón al caballo en nombre de la humanidad, en nombre de Descartes. Queremos pensar que le pidió perdón porque la humanidad, al construir su relación con los animales, eligiera a Descartes frente a, por ejemplo, Pitágoras. Porque se apoyara en Descartes y no en Pitágoras para interpretar el “dominio” que, según el Génesis, Dios otorgó a los humanos sobre los demás animales.

Hay palabras en el Génesis que nos podrían haber permitido construir esa relación sobre el respeto, sobre una premisa de protección de los “superiores” sobre los “débiles”, incluso sobre el amor. Pero los humanos optaron por interpretar que podemos ejercer de dueños y señores de cuanto nos rodea, y la historia de la humanidad es la del uso a su antojo y el abuso del resto de los animales.

En ese proceso, Descartes es causa y efecto. Como recuerda Kundera, Descartes definió a los animales no humanos como máquinas vivientes, “machina animata”, seres carentes de alma y, por tanto, incapaces de experimentar dolor ni emoción alguna. Así, sus quejidos no serían tales, solo el chirrido propio de un mecanismo que funciona mal, igual que el chirrido de la rueda de un carro no significa que el eje sufra, sino que no está engrasado.

Descartes nos puso en bandeja olvidar a Pitágoras, que siglos antes había dado nombre a los primeros vegetarianos; que consideraba a los animales poseedores de un alma similar a la humana, y con idéntica capacidad de amor y de sufrimiento; que experimentaba la felicidad cada vez que podía comprar una vida para liberarla.

Quizá Nietzsche pidió perdón al caballo en nombre de Descartes, como quiso creer Kundera, o quizá simplemente lo hizo en su propio nombre, por no haberlo hecho antes, por no haber sido consciente de ese inmenso sufrimiento hasta verlo en unos ojos y en un cuerpo torturado, por haber sido él mismo víctima de Descartes, como en el fondo lo ha sido toda la humanidad.

Son cientos, miles de años de creencia en la superioridad, de permiso para dominar, de impunidad en el uso y la explotación de otros. Y mientras la sociedad avanza y deja atrás viejas creencias, como esa que hasta el mismo siglo XX no dudaba de la superioridad de los blancos sobre todos los demás hombres, ni de la superioridad de los hombres frente a todas las mujeres, los animales no humanos esperan su turno para recuperar algo tan básico como su derecho a existir y a no ser maltratados.

Ya nadie duda de que todos los humanos tenemos derecho a una existencia digna. Pero ha costado. Hace solo unas décadas esta premisa fundamental no estaba tan clara. Aún hay quien sigue cuestionándola, pero hemos logrado llegar a un punto donde ponerla en cuestión en público, simplemente verbalizarla, es reprobable y hasta puede ser constitutivo de delito.

Nelson Mandela tuvo que explicar ante muchos de sus congéneres, los mismos que lo señalan ahora como un ejemplo para la humanidad, que los negros sangraban igual que los blancos, sufrían igual que los blancos y tenían las mismas ganas de vivir que los blancos. De eso hace solo sesenta años, y unos pocos años antes aún había zoos humanos, donde las familias blancas acudían a contemplar niños negros con unos argumentos que ahora rechazaríamos de plano porque, en nuestra propia evolución, hemos asumido el racismo, igual que el sexismo, como formas de violencia.

Los estudios científicos han demostrado que los animales no humanos también sienten. Que aman, que sufren, que establecen vínculos emocionales con sus semejantes y con individuos de otras especies, incluso jerarquías en sus grupos sociales. Que tienen, en definitiva, necesidades vitales, físicas y emocionales. Pero nosotros, los animales humanos, que nos creemos superiores como en el Génesis, seguimos anclados en la teoría de Descartes. Y es nuestro código cultural el que determina si un animal no humano es digno del derecho a satisfacer o no esas necesidades.

En nuestra evolución como especie, hemos asumido que todas las vidas humanas merecen respeto. Y por eso el racismo o el sexismo, tan arraigados culturamente, van quedando poco a poco atrás. Hay resistencias, reductos donde tratan de hacerse fuertes, pero ya no es un comportamiento moralmente aceptable.

El reto pendiente es asumir que las vidas de los demás animales también tienen un valor intrínseco. Porque la ética de una sociedad se mide por el trato que brinda a sus miembros más débiles, y la verdadera prueba de moralidad, como decía Kundera, radica en la relación que los humanos establecemos con quienes están a nuestra merced. Y esos son los animales no humanos. Todos. Al margen de las etiquetas que cada cultura haya puesto a unos y a otros.

A estas alturas de la película nada justifica que nos escandalice el maltrato a un perro o a un gato cuando miles de millones de otros animales con idéntica o superior capacidad de sufrimiento son masacrados para satisfacer nuestras necesidades o caprichos. Y menos aún teniendo en cuenta que disponemos de opciones para vivir plenamente sin condenar a nadie al sufrimiento. Ya no podemos creer que se pueda defender el medio ambiente sin luchar contra unos métodos de explotación animal que constituyen una aberración, no solo por el sufrimiento atroz que causan a sus víctimas directas, sino por el daño indirecto que causan a la naturaleza. Ya no podemos contemplar el incremento del hambre y la miseria en el mundo si no es como consecuencia directa de un engranaje endiablado en el que los animales no humanos son una pieza más, y los animales humanos, otra. Y solo luchando juntos, los más fuertes en primera línea, protegiendo a los más débiles, podemos tener esperanza en nuestro futuro.

Creemos que ese futuro pasa por abrazar, como Nietzsche al caballo de Turín, a los demás animales. Por pedirles perdón en nombre de la humanidad y en nombre de Descartes. Por reconocerles sus derechos como antes se los reconocimos a otros humanos a quienes creímos menos valiosos. Por luchar contra el especismo como lo hacemos contra el racismo o el sexismo. Por considerar que no puede haber razón sin empatía. Porque sabemos que solo respetando a un animal no humano, solo experimentando como propios sus intereses y su sufrimiento, podremos decir que nos interesamos de verdad por la vida y que somos realmente humanos. 

Nota de las editoras: En relación a Nietzsche, nos identificamos con lo que representa el episodio concreto del caballo de Turín, lo que no significa en absoluto que asumamos todos sus postulados, en particular los relativos a las mujeres, con los que estamos radicalmente en desacuerdo y consideramos que el filósofo habría tenido también que revisar.

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