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Los chicos no eran fachas

Una persona en la entrada de un colegio electoral en Nueva York este martes.
5 de noviembre de 2026 23:43 h

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Una de las historias electorales más contadas en los últimos dos años es la derechización de los hombres jóvenes en Estados Unidos y otros lugares. Inconscientes del pasado, enganchados a los comentaristas en YouTube o atraídos por los mensajes toscos de Elon Musk, tal vez manipulados por su multimillonario imperio de algoritmos. Los resultados sorprendentes no suelen tener una explicación única, pero esta era una de las más repetidas después de las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2024, y no solo allí. 

El trabajo de visualización de una base extraordinaria de datos del New York Times, liderado por el español Martín González, permite comparar el electorado de hace dos años con el que votó el martes y le dio al Partido Republicano el rapapolvo de su vida reciente. Ya no quedan en el cargo republicanos que estuvieran en el poder en 1974 para ver una ola de rechazo parecida. Y uno de los cambios más pronunciados ha sido justamente el de los hombres entre 18 y 29 años: un vuelco de 32 puntos a favor de los demócratas desde 2024, cuando la mayoría votó por Trump. Los hombres de esta franja de edad son solo el 15% del electorado, pero son ahora una de las señales del cambio. 

Y un recordatorio una vez más de que en política nada es permanente y que el supuesto sistema de manipulación, megamillonarios y poderosos no es ni tan perfecto ni tiene tantos efectos en las personas en una democracia. Sí, Estados Unidos lo sigue siendo, pese al autoritarismo de Trump, los intentos de limitar el voto, la brutalidad policial y las decisiones extrajudiciales –la lista de “peses” es larga–. La reacción de Trump aceptando los resultados, incluso admirando “el buen trabajo” que habían hecho los demócratas, muestra que no está todo perdido ni cuando lo parece. 

Extrapolar lecciones para bien o para mal de Estados Unidos suele ser un error. En España, utilizamos el atajo de hablar de “ola progresista”, aunque ni los supuestos progresistas lo sean demasiado para nuestros estándares políticos ni, en realidad, la mayoría de los demócratas que han ganado sean “moderados” (probablemente lo que llamaríamos de centroderecha en Europa). La diversidad, la dimensión y la complejidad del país complican las comparaciones casi con cualquiera. Lo que está más claro es el rechazo que representan esas victorias, contra alguien que, salvando las distancias, tiene reflejo en la ultraderecha española y europea.

Pero la lección más universal que sí se puede sacar de las elecciones de este martes es que la vida pública no está predeterminada ni en sus resultados ni en sus detalles. Ni siquiera en estos tiempos de fragmentación de la información, oligarcas de la tecnología sin escrúpulos e insoportable avalancha de tonterías, crueldades y mentiras. En una democracia, incluso en la más imperfecta, nada es inevitable. 

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