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Las bebidas energéticas crean dependencia en adolescentes: una especialista explica cómo les afecta en su día a día

La dependencia ligada a las bebidas energéticas va más allá de la cantidad que se consume.

Paloma Martínez Varela

5 de noviembre de 2026 10:16 h

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A las ocho de la mañana, en las puertas de muchos institutos se repite una misma imagen: la de adolescentes que empiezan el día sosteniendo una lata grande y colorida. Esa bebida concentrada de estimulantes, que durante años se consideraba una aliada del rendimiento en el estudio o el deporte, se ha convertido en un desafío de salud pública. Casi el 40% de los adolescentes españoles de entre 14 y 18 años ha consumido al menos una bebida energética en el último mes, según la encuesta ESTUDES 2025 del Ministerio de Sanidad. Cuando hablamos de organismos y cerebros todavía en pleno desarrollo, la pregunta se plantea por sí misma: ¿pueden estos productos provocar adicción?

“La cafeína que contienen puede producir dependencia física cuando se consume de forma habitual”, asegura la doctora Gema Tesorero, pediatra, neonatóloga y coordinadora médica en el Centro Creciendo Madrid, ya que los mecanismos biológicos de la adicción están plenamente activos.  

Tolerancia y abstinencia

El problema comienza con la adaptación fisiológica a los efectos de la bebida, porque una sola lata puede contener el equivalente a dos o tres cafés, a menudo reforzada con cafeína procedente del guaraná. “El organismo se adapta a su presencia y puede desarrollar tolerancia: con el tiempo, se necesita una cantidad mayor para conseguir el mismo efecto”, explica la doctora Tesorero sobre el efecto del consumo continuado en el sistema nervioso. 

Las ingestas superiores a los 250 o 300 mg, equivalentes a dos o tres latas, “pueden provocar nerviosismo, ansiedad, insomnio, taquicardia e irritabilidad”, destaca la red de centros para tratar las adicciones Esvidas, que sí reconoce la dependencia a la cafeína aunque no exista un diagnóstico clínico específico para las bebidas energéticas. 

Además, en el reverso de esa tolerancia adquirida aparecen los síntomas de abstinencia en cuanto se interrumpe el consumo. “Si se ha desarrollado dependencia a la cafeína, al dejarla de golpe o reducir mucho su consumo se puede presentar dolor de cabeza, cansancio, somnolencia, irritabilidad y dificultad para concentrarse”, detalla la pediatra, que subraya que los síntomas suelen comenzar entre las 12 y las 24 horas posteriores a la última toma y desaparecer progresivamente en los días siguientes, “aunque en algunas personas pueden prolongarse algo más de una semana y tampoco aparecen en todos los consumidores”.

Para las familias, comprender esta reacción y saber acompañarla es clave para no recaer. “Conviene explicarles que ese malestar es transitorio: sentirse peor al principio no significa que necesiten estas bebidas para estar bien, sino que su organismo se está adaptando a funcionar sin cafeína”, recuerda la especialista.

“Esto no significa que cualquier adolescente que tome una bebida energética tenga una adicción, pero sí que su consumo habitual puede convertirse en un problema”, apunta la doctora Tesorero, aunque “la recomendación es que los niños y adolescentes las eviten”, insiste.

El círculo del cansancio

La dependencia ligada a las bebidas energéticas va más allá de la cantidad que se consume y de la respuesta neuronal, se afianza en las rutinas y en las expectativas de rendimiento. “Más que fijarnos únicamente en cuántas latas toma, debemos observar qué papel están ocupando en su vida, es decir, cuánto las necesita o incluso cuánto creen que las necesita”, señala la pediatra.

La cafeína bloquea los receptores de adenosina, el neurotransmisor responsable de generar la sensación natural de cansancio y avisar al cerebro de que necesita descansar, así el adolescente se acuesta más tarde y duerme peor. A la mañana siguiente, la fatiga acumulada lo empuja a abrir otra lata para superar la jornada escolar.

“Toman cafeína para compensar el cansancio, duermen peor y al día siguiente vuelven a recurrir a ella porque están cansados”, describe Tesorero, que alerta de la importancia de la pedagogía ante la falsa creencia de que necesitan estas bebidas para estudiar, entrenar o afrontar el día.

Ayudar a un menor a deshabituarse exige, para la pediatra, en primer lugar, entender para qué están utilizando estas bebidas: para mantenerse despiertos, por falta de descanso, por la presión de los estudios o porque forman parte de los hábitos de su grupo; y así poder ver cómo afrontar esos momentos sin ellas.

“Si no abordamos ese motivo, será más difícil mantener el cambio”, valora la doctora, que aboga por pautar una reducción escalonada con el pediatra para amortiguar el impacto de la abstinencia si el consumo es elevado. 

“Por un lado, debemos ofrecer a los adolescentes información clara sobre por qué se desaconsejan estas bebidas y cómo la cafeína puede afectar a su descanso y generar dependencia cuando se consume de forma habitual. Por otro, como sociedad, tenemos la responsabilidad de acompañar esa educación con medidas que limiten el acceso de los menores a estas bebidas. Al igual que hacemos con el alcohol y el tabaco, regular su venta a menores es una forma de proteger su salud”, concluye la especialista.

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