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Ruth Toledano

Activista en defensa de los derechos animales. Tutora de proyectos en el Máster de Edición Santillana-Univ. Complutense. Primera mujer Cronista Oficial de la Villa de Madrid. Durante 17 años, columnista de Opinión en El País (de 1998 a 2011) y en la red de diarios regionales del Grupo Prisa. Colaboradora en la Cadena SER. Editora en el Grupo Santillana y coordinadora de proyectos editoriales en El País. Colaboradora en publicaciones LGTB, como Zero y Shangay (compromiso reconocido con varios premios: Triángulo Rosa 2002; Premio Periodismo COGAM 2009; Premio a la Trayectoria Profesional AET-Transexualia 2011; Pluma de la FELGTB 2014). Poeta (Paisaje al fin y Ojos de quién, Huerga & Fierro Ed., así como antologías Ellas tienen la palabra, Mujeres de carne y verso, Poetas en La cacharrería...)

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Cómo es una sociedad en la que aumenta el bullying

Una niña murciana de 13 años se suicidó hace pocos días en su cuarto. Puso así fin a una corta vida en la que presuntamente fue víctima de acoso escolar. Puede que porque era una buena estudiante, al parecer la insultaban, le pegaban, la marginaban, la llamaban gorda y fea. He visto en las fotos publicadas que tenía una cara bonita y unos ojos espectaculares, lo cual es irrelevante, pero el cuerpo me pide decirlo. Supongo que quienes la querían (sus padres, sus familiares) se lo dijeron muchas veces, pero nada pudo desactivar la angustia de esas humillaciones públicas y constantes que presuntamente sufrió en el instituto Ingeniero de la Cierva, en Patiño. No habría podido superarlo ni siquiera habiendo sido trasladada de centro. Hay heridas por las que te desangras.

La historia de Lucía no sería sino un suceso dramático si no fuera porque no es hecho aislado. Por el contrario, se inscribe en un contexto educativo en que el bullying es el amargo pan de cada día. Está alcanzando, de hecho, niveles muy preocupantes, pues las cifras no dejan de aumentar y exigen una reacción contundente por parte de las partes implicadas (que son los profesores, las familias y toda la sociedad) y, en particular, del Ministerio de Educación, que debe implantar una estrategia única para todos los centros. Es urgente además la aplicación real de los protocolos existentes para prevenir, detectar y abordar la violencia en las aulas. En el antiguo instituto de Lucía parece que nada de eso funcionó y que llegaron a descartar que la niña sufriera acoso, a pesar de que los propios padres alertaron de la situación por la que pasaba su hija.

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Los republicanos españoles que podrían ir a la cárcel en 2017

Mientras los periódicos, los programas de televisión, las redes sociales y las charlas de café o de copa siguen ocupando tiempo y espacio en comentar que la ciudadana reina Letizia se pintó los labios en público (más aún, ante Rajoy, Cospedal y su regio esposo, ¡qué barbaridad!), no hallamos prácticamente rastro de lo más importante del momento en relación a la pareja de la Zarzuela: el próximo 24 de enero, los ciudadanos Jorge Verstringe, Manuel Prada e Iván Torrico serán juzgados en Madrid por ser republicanos. Se les acusa de resistencia a la autoridad durante los fastos que presuntamente celebraban la coronación de Felipe VI, el rey que nos ha dejado en herencia la Constitución del 76, documento donde se aceptó, encarnada en el rey Juan Carlos I, una parte esencial de la herencia que, a vez, nos dejó el dictador Franco.

Mientras muchos se han dedicado a rechazar o a apoyar, a criticar o a alabar por lo del carmín a la ciudadana reina Letizia, hasta que las hemerotecas han rescatado a Isabel de Inglaterra haciendo lo mismo (¡ah, bueno!), la Fiscalía pide para estos republicanos hasta tres años y seis meses de prisión por, en realidad, ejercer su derecho (también, por cierto, constitucional) a manifestar aquel 19 de junio de 2014 su oposición a un régimen injusto por definición y contrario a la concepción más básica de lo que ha de ser una forma de gobierno libre, democrática e igualitaria. Lo que el sistema de intereses que apoya a Felipe VI o contemporiza con su figura (también parloteando sobre la conveniencia o no de que su santa esposa saque un espejito del bolso de cuento) quiere vendernos es que en aquella jornada los republicanos fueron violentos, cuando lo cierto es que entonces fueron víctimas de una violenta represión policial y hoy siguen siendo víctimas de la violencia judicial.

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El discurso del rey en diferido

Debo empezar por reconocer que vi el discurso navideño de Felipe VI a la manera Cospedal: en diferido. No en Nochebuena, al pie del cañón de la caja tonta, sino la mañana de Navidad, en la pantalla del miembro portátil. Un detalle significativo. Si la de su padre era una cita anual ineludible antes del cenorrio, la del hijo es una de esas otras que pueden posponerse.

Mientras al padre lo esperábamos, aunque fuera para no escucharlo (incluso solo para desbaratar el cenódromo antes de empezar: más de una vez he visto dar servilletazos a la tele), se nos pasa la hora de aparición del hijo, que ya no sabemos cuál es. Si, de alguna manera, Juan Carlos representaba el absolutismo de la cadena única, Felipe encarna el poder popular del mando a distancia.

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'Doctor Rat', una joya literaria animalista que todo el mundo debería leer

Doctor Rat es el veterano del laboratorio. Lleva años cautivo allí pero ha resistido a todas los suplicios a los que ha sido sometido, probablemente gracias a su colaboracionismo y a un síndrome de Estocolmo que le hace defender a los humanos que lo torturan en nombre de la ciencia. Mientras el resto de los animales del laboratorio grita aterrorizado, pide auxilio con desesperación y se automutila enloquecido, él asegura: "Ayudo a mis compañeras ratas a comprender la importancia de su papel en asuntos de relevancia mundial".

Superviviente como ellos de los experimentos científicos, Doctor Rat también se ha vuelto loco en ese laboratorio, donde la única seña de identidad que le ha sido concedida es un tatuaje con un número dentro de una oreja. Esa marca y un sufrimiento continuo e inimaginable es lo que comparte con las otras ratas, ratones, conejos, perros, gatos o monos, víctimas en el laboratorio de un perverso sistema de pruebas que se repiten para obtener subvenciones y para completar currículos.

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Consumo de carne y cambio climático: un debate ineludible

¿Pueden un antiespecista y un ganadero sentarse a debatir sobre el futuro del mundo? ¿Pueden ecologistas y animalistas encontrar los puntos en común que les han sido esquivos durante décadas? Si alguien ha conseguido reunirlos es el eurodiputado por Equo Florent Marcellesi, sensible a las condiciones en las que viven los animales destinados a la industria alimentaria y apremiado por la inminencia de un cambio climático cuya causa principal es el consumo de carne: “Nos queda poco tiempo y no podemos trabajar solos”, explicó Marcellesi en el Parlamento Europeo. Había convocado en Bruselas a voces tan diversas para empezar a buscar unas soluciones que son extremadamente urgentes, tanto para luchar contra el calentamiento global como para defender los derechos de los animales. Hacen falta soluciones y hacen falta estrategias conjuntas, como él mismo viene hace tiempo alertando.

Para iniciar este complejo camino de soluciones “prácticas y reales”, Marcellesi puso sobre la mesa europarlamentaria el consumo de carne, pues resulta imprescindible empezar a concienciar a los consumidores y a los sectores implicados sobre las consecuencias de sus hábitos y de sus actuaciones: aproximadamente un 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero proceden de la ganadería, apenas superado mínimamente -para que nos hagamos de una vez por todas una idea cabal- por las que produce el uso de coches y aviones. Solo en metano, la ganadería emite un 37%: más que las explotaciones mineras, el petróleo y el gas natural. Son datos que no aporta el activismo más radical, sino la mismísima FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura). Si los ciudadanos, los políticos, los empresarios y los medios de comunicación no asumimos esta realidad, estaremos contribuyendo a que el planeta sufra un daño irreparable. Los animales lo están sufriendo ya. Y también nuestra salud.

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Feministas en la diana, machistas en el gatillo

La semana pasada escribí aquí que, en última instancia, las palabras de David Pérez, alcalde de Alcorcón, alentaban el terrorismo machista. Lo reitero. Él ha salido, claro, pidiendo perdón “si alguna persona se ha sentido ofendida” (hay que ser cínico), que es la dinámica absolutoria que se ha instaurado en este país donde lo de hoy ya está obsoleto mañana. Un cargo público dice o hace cualquier barbaridad, sale pidiendo disculpas y aquí no ha pasado nada. Pasamos a la siguiente barbaridad y vuelta a empezar. No hay precio político, no hay condena social.

En Alcorcón hubo el sábado una manifestación feminista, convocada por Mujeres Feministas de Alcorcón. Obviamente, una manifestación de repulsa es lo mínimo que merecen las declaraciones de ese alcalde. Pero la cuestión es que Pérez no debiera seguir ocupando el cargo que detenta. No está habilitado para ello y la repulsa total debiera llegarle desde una manifestación, sí, pero sobre todo desde las propias instituciones, desde su propia formación política y desde las instancias de control jurídico, si convenimos en que sus declaraciones fomentan la discriminación y el odio. Puesto que Pérez no ha dimitido, tendría que haber sido expulsado por los canales que corresponden. Ipso facto.

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Palabras de alcalde que alientan el terrorismo machista

“A mí siempre me ha parecido muy sorprendente que hayamos llegado al siglo XXI con este feminismo rancio, radical, totalitario aún vigente, incluso influyendo en las legislaciones y en ocasiones marcando la agenda política. A pesar de todo, ahí sigue habiendo ese movimiento feminista influyendo, opinando e imponiendo, que es lo que le gusta a ese movimiento, que a veces son mujeres amargadas, mujeres frustradas, mujeres rabiosas, mujeres fracasadas como personas y que vienen a dar lecciones a las demás de cómo hay que vivir y de cómo hay que pensar”.

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Trampas y mentiras como pilares del edificio democrático

El ex presidente Adolfo Suárez, artífice de la Transición, cuenta en una entrevista con Victoria Prego que no sometió la monarquía a referéndum porque todos los sondeos demostraban que ganaría la república. Lo cuenta off the record, tapando el micrófono y bromeando con la periodista: le tiraba de la lengua porque le pillaba en “un momento tonto”. La cosa no queda ahí: los mandatarios extranjeros pedían ese referéndum y Suárez confiesa que los engañó. Metió la palabra Rey en la Ley de Reforma Política que aprobaron en noviembre de 1976 las Cortes aún franquistas. El adalid del proceso, convertido en mito político, cantó la verdad en 1995, aunque nos enteramos ahora. Lo hizo con esa suerte de casi traviesa satisfacción que embarga a quienes desvelan secretos sustanciales, a quienes pueden demostrar que han tenido la sartén por el mango, a quienes se sacan el as clave de la manga y te dejan con la boca abierta. Ese tono, esa sonrisa, esa levedad que son un corte de mangas también.

La España republicana -que, como confirmó Suárez, era mayoritaria hasta que él le hizo el trabajito juancarlista- sufrió, pues, en 1976 un segundo golpe de Estado: el del 36 por las armas, el del 76 por las artimañas. “El debate sobre la legitimidad de la Monarquía está hoy fuera de lugar por una razón incontestable: porque la Constitución que consagra el edificio político-jurídico de la democracia española dice en su artículo 1.3 que la forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria. Ésa es su legitimación máxima, la que la Constitución aprobada por una abrumadora mayoría otorga a la Monarquía española”, defiende la periodista Prego, cuyo desparpajo legitimador resulta más que sorprendente una vez que tenemos pruebas de las trampas del proceso. Esta profesional de la obediencia es presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid y se ha mostrado muy preocupada por la “libertad de información” si entraban en el tablero político personas como Pablo Iglesias.

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Proteger a los torturadores

El pasado sábado volvió a perpetrarse en la localidad soriana de Medinaceli el salvaje festejo del Toro Jubilo: conducir a la fuerza al animal hasta la plaza del pueblo, inmovilizarlo a lo bestia en un artilugio propio de la Inquisición y prenderle fuego en los cuernos para solaz de los presentes. Con nocturnidad y alevosía, la España más profunda volvió a ser vergüenza nacional. Pero al maltrato institucionalizado del toro se añadió un elemento más: el pueblo de Medinaceli se pertrechó frente a la protesta de los activistas, con el apoyo de un despliegue policial sin precedentes que protegió a los torturadores. Felipe Utrilla, alcalde de Medinaceli, del PP, ha defendido esa tortura como “tradición milenaria” y Javier Sanz, de la Asociación del Toro Jubilo, la ha banalizado, declarando que el toro abrasado “solo puede sufrir un poco de estrés”. Conviene ir poniendo caras y nombres, como ya hicimos en Tordesillas. Este año, el de la víctima de los de Medinaceli era Mancheguito.

El alcalde de las tradiciones milenarias había publicado un bando por el que anunciaba que el acceso a la plaza de la tortura quedaba restringido desde las 19.00 horas (la tortura se aplica cerca de la medianoche), disponiendo: “Que desde ese momento y hasta las 00.30 horas del día siguiente solo podrán acceder y permanecer en la Plaza Mayor quienes se hallen en posesión de la correspondiente invitación, además de los vecinos de las localidades que integran este Ayuntamiento y los miembros de asociaciones invitadas colectivamente”. Muchas personas activistas, que habían acudido a Medinaceli a manifestar su repulsa pacífica, no pudieron entrar. Tampoco los fotógrafos y periodistas que no hubieran sido previamente acreditados.

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El sistema como gran máquina contra la disidencia

El pasado sábado 5 de noviembre discurrió por Madrid una numerosa manifestación antiespecista. El objetivo de la convocatoria era visibilizar el enorme sufrimiento que conlleva cada día para millones de animales un sistema de dominación sustentado en la discriminación moral de los individuos en base a las diferencias de su especie, e incidir en la necesidad de considerar su defensa como una lucha política. Quince años antes, el 5 de noviembre de 2001, el activista británico por los derechos de los animales Barry Horne falleció durante su tercera huelga de hambre. Tenía 50 años y cumplía 18 de cárcel por provocar incendios en laboratorios donde se usaban animales para experimentos científicos. Que se cuidara de hacerlo cuando no había nadie dentro (la propia acusación reconoció que el activista no había querido poner en peligro ni dañar a nadie) no le libró de la mayor condena impuesta hasta el momento a un activista por la liberación animal, una condena desmedida si se compara con muchas otras, de menor duración, impuestas por cometer delitos contra la integridad de las personas. Horne fue acusado de terrorismo con daños materiales que ascendían a varios millones de libras y convertido en bestia negra por la prensa británica.

Quince años después de su muerte -y aunque en los laboratorios siguen siendo martirizados millones de animales cautivos-, el mundo ha experimentado convulsiones de tal impacto político, social y mediático que cabe revisar su figura, preguntarse desde esta perspectiva quién era Barry Horne. No solo como el homenaje que los partidarios de la acción directa antiespecista rinden a la memoria de quien consideran un héroe, sino como alguien cuya experiencia puede servir de enlace con un relato de la historia reciente que tiene que ver, por supuesto, con el movimiento de liberación animal, pero no solo: también con la desafección hacia la política orgánica y el posterior surgimiento de una protesta ciudadana global; con la intervención de los servicios de inteligencia supranacionales; con la función represiva de los órganos policiales; con la presión que marcan los lobbies de las grandes corporaciones y la sumisión de los mandatarios a los poderes financieros; con la influencia que ejercen los medios de comunicación y las imágenes distorsionadas que pueden avenirse a ofrecer; con el germen, los artífices, la conveniencia y los límites de la violencia; con un cambio de paradigma moral. Todas ellas son cuestiones hoy imperantes, ineludibles para analizar los acontecimientos del presente y para desvelar claves que iluminen el futuro, y todas ellas tuvieron que ver, hace hoy quince años, con la vida y la muerte del activista Barry Horne.

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