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Periodismo a pesar de todo

Ruth Toledano

Soy: Activista en defensa de los derechos animales. Tutora de proyectos en el Máster de Edición Santillana-Univ. Complutense. Primera mujer Cronista Oficial de la Villa de Madrid. He sido: Columnista de Opinión en El País (de 1998 a 2011) y en la red de diarios regionales del Grupo Prisa. Colaboradora en la Cadena SER. Editora en el Grupo Santillana y coordinadora de proyectos editoriales en El País. Colaboradora en publicaciones LGTB, como Zero y Shangay (compromiso reconocido con varios premios: Triángulo Rosa 2002; Premio Periodismo COGAM 2009; Premio a la Trayectoria Profesional AET-Transexualia 2011). Fui: Asesora literaria en la Agencia Literaria RDC. Creadora y directora de la sucursal en España de la Agencia Literaria Internacional Andrew Wylie. Poeta (Paisaje al fin y Ojos de quién, Huerga & Fierro Ed.).

Maribel lucha por su hijo mientras Gallardón vigila el decoro

Uno de los argumentos más peregrinos que ha esgrimido el ministro Gallardón para defender su reforma de la Ley del Aborto es aquel por el que dice proteger el derecho de las madres a serlo. Es un argumento completamente absurdo porque con la ley anterior ni una sola madre ha visto privado su derecho a serlo: ninguna ley del aborto obliga a nadie a abortar. Sin embargo, la ley no protege a madres que ya lo son, y por ellas tendría que estar trabajando el ministro de Justicia. Por ejemplo, Maribel Blanco Fernández, de Talavera de la Reina.

Maribel Blanco tenía una pareja, otra mujer, que fue la que, tras una inseminación artificial, gestó al hijo reconocido por ambas: una familia. Pero al separarse la pareja, cuando el niño tenía 3 años, Maribel perdió sus derechos como madre. ¿Por qué? Porque no estaban casadas (ni siquiera existía la ley de matrimonio igualitario cuando el niño nació). Curiosa contradicción, teniendo en cuenta lo que ha luchado el PP, partido de Gallardón, por impedir el matrimonio igualitario. Maribel lleva siete años luchando por su hijo, al que quiere y que la quiere (otras madres del colegio le han contado que el niño llora por no poder verla). Y tras un enorme desgaste emocional y económico, el Tribunal Supremo dictó hace unas semanas una sentencia sin precedentes, que reconoce la maternidad de Maribel y le permite filiar a su hijo, aunque desde su registro de nacimiento el niño lleve el apellido de las dos madres.

Pero, tras la alegría inicial, Maribel tendrá que seguir batallando, pues su ex pareja ha impugnado la sentencia. Esto no pasaría de un triste pleito familiar si no fuera porque va mucho más allá: la pelea de Maribel no es solo por el cuidado y el amor de su hijo, sino en defensa de un concepto de familia no tradicional. Una lucha por la diversidad familiar, en la que el matrimonio sea una opción y no una imposición. Como explica la propia Maribel en la petición abierta en change.org al ministro Gallardón, "en España, las parejas formadas por dos mujeres que tienen un proyecto de familia, tienen que casarse para poder reconocerse ambas como madres de su hijo o hija. Ninguna otra pareja en España tiene que firmar un contrato de matrimonio para que sus hijos sean suyos, pero esa desigualdad no ha sido resuelta aún".

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Pedro Zerolo: afectividad, laicismo y república

Pedro Zerolo recibe el Premio Carmen Cerdeira a los Derechos Civiles

Cuando el tiempo y el olvido se hayan llevado por delante a candidatos y candidatas de una u otra tendencia socialista, quedará Pedro Zerolo. Quedará en la historia del PSOE y, sobre todo, quedará en la historia de España. Porque los que quedan son aquellos sin los que no hubiera sido posible la más alta política: la que tiene la valentía de hacer una revolución.

Pedro Zerolo hizo una revolución. Y la hizo desde un lugar que hoy pocos relacionarían con esa palabra. Pero así fue, al César lo que es del César. El 3 de julio de 2005 el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero aprobó la reforma del Código Civil para incorporar a la ley el matrimonio igualitario, es decir, el reconocimiento del derecho al matrimonio, y a la adopción de hijos, de las parejas del mismo sexo. Parecía increíble que algo así sucediera en la catolicona España. De hecho, la Iglesia de Rouco Varela puso el grito en su cielo y el PP presentó un recurso de inconstitucionalidad que llevó la ley hasta el Tribunal Constitucional. En 2012 falló a favor de su constitucionalidad.

Todo ese proceso fue posible gracias a un abogado homosexual, activista por la causa de los derechos humanos de gais, lesbianas, transexuales y bisexuales. Un hombre que había tenido la valentía de hacer su propia revolución vital: la de visibilizar su manera de ser y de amar, la de denunciar la homofobia y sus crímenes de odio, la de convertirse en líder de un movimiento de liberación que en España estaba casi en pañales cuando él llegó. Cuando Pedro Zerolo llevó la reivindicación igualitaria a su partido, en el PSOE había tanto conservadurismo moral al respecto como en casi todos. Pero lo logró.

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Imagina que debes huir de tu país porque amas a alguien

Imagina que tienes que huir de tu país. Que debes salir rápido de allí porque tu integridad física y hasta tu vida están en peligro. Imagina que tienes que dejar todo atrás: una casa, tus libros, tu ropa, los objetos queridos. Imagina que debes renunciar a un trabajo necesario, a un proyecto en el que te esforzaste, a una ciudad a la que perteneces. Imagina que apenas tienes tiempo de decir adiós a tus amigos, que debes dejar atrás a tus hermanos, que quizá te despidas para siempre de tus padres.

Imagina que todo lo anterior te sucede porque amas a alguien.

Que te acosan, que te hostigan, que te persiguen solo porque te has enamorado. Que tu huida no es sino un eslabón más de la cadena con la que han atado tu vida; el trágico eslabón que te libera, sin embargo, de una infancia de soledad, de una adolescencia de desprecios, de una juventud de insultos y amenazas. Imagina que hasta tus amigos te dieron la espalda muchas veces, que hasta tus hermanos y tus padres han llegado a participar de tu persecución, que su ignorancia y su miedo se convirtieron en rabia y te condenaron y apartaron.

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El periodismo no ha muerto pero quieren matarlo

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Es uno de los grandes debates de los últimos años. Si el periodismo, tal y como siempre lo conocimos, ha muerto. Si la irrupción de los medios digitales en la escena de la comunicación acabaría con los periódicos en papel. Si la posibilidad de que cualquier persona informe o comunique a través de las redes sociales es una amenaza para el rigor de los profesionales del periodismo. Un debate apasionante, sin duda. Pero un debate espurio si quienes tantas veces lo lideran son los peores enemigos del periodismo.

El periodismo no muere porque cambien sus canales: es absurdo concebir que cambien las formas del mundo y no cambien las formas de su relato. El periodismo tampoco muere porque haya más voces que comunican y la red sea infinita: solo que se le presenta el nuevo reto profesional de distinguir aún más el grano de la paja, y debe destinar un mayor esfuerzo en contrastar una de sus herramientas imprescindibles, las fuentes. En justa compensación, las redes o las voces no profesionales pueden aportar una información más rápida o distinta, a la que acaso antes no habrían tenido acceso los periodistas, o lo habrían tenido con otra o mayor dificultad, y que han de manejar con el rigor propio, aunque desarrollado con nuevos modos, de su profesionalidad.

El periodismo no morirá mientras sigan existiendo periodistas que busquen la verdad. La cuenten después en papel, en formato digital, en videoreportaje o resumida en un tuit. Por eso hay quien quiere que el periodismo muera, para ocultar la verdad. Porque el periodismo no ha muerto pero lo quieren matar. Y el asesino del periodismo es el poder, que es el principal interesado en que no se conozca la verdad. Y sus mejores cómplices, los medios de comunicación súbditos de su dominio, el periodismo mercenario, los periodistas esbirros: los falsarios.

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"Vamos a por ellos, coño", gritó un mando a los antidisturbios

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Los antidisturbios cargaron violentamente el sábado contra la Marcha por la Dignidad cuando aún no eran las 9 de la noche (hora hasta la que estaba autorizada la manifestación), el coro de la Solfónica cantaba en un escenario abarrotado y la plaza de Colón, el paseo de Recoletos y las calles aledañas estaban llenas de miles de personas, entre ellas numerosos niños y personas mayores. Lanzaron gases lacrimógenos, apalearon con sus porras de metal recubierto, retorcieron brazos con brutalidad, dieron patadas y dispararon sus asquerosas pelotas de goma, que podrían haber dejado tuerto a alguien o matado a uno de esos niños.

La versión oficial asegura que todo empezó porque alguien lanzó objetos a los agentes. Pero los portavoces oficiales no tienen, desde luego, la más mínima autoridad moral para que creamos su versión. Si el Gobierno miente por sistema. Si el Ministerio del Interior miente por sistema. Si han mentido sobre los muertos de Melilla ante todos los medios de comunicación, ante los observadores internacionales y en el mismísimo Congreso de los Diputados, ¿cómo pretenden que creamos que la agresividad de los antidisturbios no fue una provocación preparada con antelación?

No nos creemos la versión oficial porque el hecho de haber dispuesto 1.700 efectivos de la Unidad de Intervención Policial ya era una declaración de intenciones: sabíamos que semejante e innecesario despliegue significaba que iban a cargar. ¿Por qué, si no, tantos antidisturbios para una convocatoria que, según Telemadrid (la misma fuente oficial, a fin de cuentas), solo congregó a 4.000 personas? ¿Por qué se produjeron los enfrentamientos justo a tiempo de enviar imágenes violentas a los telediarios de la noche? ¿Por qué se produjeron a una hora en la que la Marcha no había terminado pero al Ministerio del Interior le daba tiempo de preparar un enlace con fotos y enviarlo a la prensa para su publicación?

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Las niñas y los niños trans son discriminados en los centros educativos

Cada 15 de marzo se celebra el Día de la Visibilidad Transexual. La Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales ( FELGTB) conmemora la aprobación de la llamada Ley de Identidad de Género, que abrió la puerta al cambio registral de nombre y sexo de las personas trans, dotándolas al fin de una puerta al reconocimiento y la dignidad.

Esa ley ha sido, sin duda, un gran paso para la integración de las personas trans. Pero, como con tantos otros avances relativos a los derechos humanos de este país, en los últimos tiempos se ha paralizado el desarrollo de la legislación al respecto de esta realidad. En primer lugar, como señala la FELGT, porque la transexualidad sigue siendo patologizada, es decir, calificada no como una diferencia sino como un trastorno médico. La consecuencia directa de esta patologozación, más allá de la consideración como enfermas de unas personas que no lo son, es que el esencial cambio de vida que para las personas trans supone ese cambio registral de su nombre y sexo está condicionado a un diagnóstico médico, cuyo proceso, además, es largo, humillante y penoso.

Los menores y los migrantes quedan fuera de ese acceso. Es la razón por la que este año la FELGTB ha centrado la celebración del Día de la Visibilidad Transexual en la no discriminación de niñas y niños trans. Vulnerables y solos, estos menores se encuentran con una sociedad que aún no tiene sitio para ellos, una sociedad que permite su discriminación en los centros educativos, una sociedad que aún mira para otro lado cuando son marginados en las escuelas. Unos menores que únicamente disponen de la titánica lucha de sus familias y de su propio colectivo por hacer de ellos ciudadanos de pleno derecho.

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Primero mutilaron a sus animales, después mataron a sus compañeros

Bicho, cachorro de tres meses maltratado por un grupo de niños en un suburbio de Cruz del Eje (Argentina)

La masacre de Columbine

Los adolescentes Eric Harris y Dylan Klebold estudiaban en la Escuela Secundaria de Columbine, Colorado. El 20 de abril de 1999 mataron en su colegio a 13 compañeros y a un profesor, e hirieron a 24 personas más. Después se suicidaron. Habían provocado la quinta mayor masacre de esas características que se ha vivido en los Estados Unidos y una de las peores que recuerda el mundo.

¿Se pudo haber evitado aquella tragedia? Posiblemente. Según la criminología contemporánea, habría habido oportunidad de intervenir en el desarrollo psicológico de estos dos jóvenes asesinos si se hubiera dado importancia a un indicio revelador: de niños, ambos habían maltratado y mutilado a sus mascotas.

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Llámame lesbiana

La jornada reivindicativa del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, ha tenido esta vez más sentido que hace muchos años. Que ya es decir. Se ven amenazados de nuevo derechos de las mujeres que tanto ha costado empezar a conseguir. Digo empezar a conseguir porque cabe recordar una vez más la discriminación que aún sufren las mujeres en todos los ámbitos: laboral, cultural, familiar. A la consideración social de ciudadanas de segunda se emplean ahora a fondo el Gobierno del PP, con su diversas reformas, y la influencia de la jerarquía católica, cuyas ofensivas declaraciones reciben un inusitado y renovado eco. Mano a mano, Gobierno machista e Iglesia misógina están pretendiendo arrastrar a las mujeres hacia una oscuridad de reminiscencias franquistas.

Si además las mujeres son lesbianas, apaga y vámonos. Porque a estas alturas de la película (la que ahora el Gobierno y la Iglesia quieren volver a rodar en blanco y negro) ser lesbiana supone una doble discriminación: por mujer y por homosexual. COGAM ha publicado estos días un informe que aporta datos demoledores: el 90% del alumnado de la Comunidad de Madrid percibe homofobia en los centros educativos. El 80% del alumnado no heterosexual oculta su orientación sexual por miedo al rechazo, porque salir del armario tiene un coste muy alto: 1 de cada 10 estudiantes que revelan su homosexualidad sufre acoso y agresiones físicas en el propio centro. La estadística cuenta con cifras lo que se vive con nombres, apellidos y una angustia que en muchas ocasiones conduce a la depresión y en demasiadas, al suicidio.

¿Cómo es posible que esté sucediendo algo así? El dossier de COGAM indica que el 42% del alumnado encuestado (más de 5.200 adolescentes de entre 12 y 17 años) cree que el profesorado muestra pasividad ante comportamientos homófobos en el aula. La cifra sube al 53% si el alumnado es LGTB. La primera reacción es de indignación y vergüenza. La consiguiente conclusión, que no se educa en la diversidad sexual y de género, y que el propio profesorado es víctima de una homofobia sistémica que debieran afrontar las autoridades administrativas. Según Esperanza Montero, presidenta de COGAM, mediante formación al profesorado y protocolos específicos.

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Mover los labios

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El Ministerio del Interior ordenó esta semana, para el acto oficial de jura de los nuevos inspectores de la Policía, cambiar la Marcha fúnebre del compositor Chopin por un cántico religioso del cura Gabaráin. Claro, hombre, Gabaráin. Irás a compararlo con Chopin (¡se calle, coño!).

Me meto en Wikipedia para husmear sobre el tal Gabaráin y, ¡por todos los dioses del Olimpo!, sufro una regresión. Pero grave, una regresión de muchos años. Se debe a que me sé canciones de Gabaráin. Lo juro para que sea pecado. Me sé estas: Juntos como hermanos y Una espiga. La de la espiga nos encantaba, era muy dinámica. No digo que llegara a hacer el efecto que anunciaba otro de los títulos del padre, La Misa es una fiesta, pero aliviaba bastante. Cuando estabas a punto de morir en plena Eucaristía, llegaba el momento de cantar. La muerte no es el final es precisamente la cancioncilla de Gabaráin que Fernández Díaz prefiere a Chopin.

El colegio donde cantábamos a Gabaráin era católico, femenino y privado. Luego pasó a ser mixto y concertado, católico siguió siendo. Había clases de música para todas, donde ensayábamos las canciones de misa, y varias cabinas con piano para las clases extraescolares, donde se aprendía a Chopin. Es decir, lo oficial, lo ordinario era Gabaráin y lo extraordinario era Chopin. Como ahora. La España derechona que prefiere beber de las aguas benditas que de las partituras románticas. La España del PP, que prefiere Gabaráin a Chopin.

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El alma del ministro Soria

Dice la vieja expresión popular que la cara es el espejo del alma. En la cara se traza el mapa interior, emerge una cartografía, las hondonadas y las cumbres del carácter y el tiempo. Sin palabras, la cara habla de lo que hemos sido, de lo que somos y, posiblemente, de lo que vamos a ser. También de lo que se calla. Hay caras que cuentan secretos a gritos, porque en la cara se acumula la cruz. Miremos con detenimiento la cara del ministro Soria. ¿No parece la de alguien que reprime algo terrible en su interior, algo de lo que es consciente y hasta, acaso, contra su voluntad, le pese, pero que debe –podemos verlo- ocultar? Yo diría que es la traición.

José Manuel Soria, ministro de Industria, Energía y Turismo, nació en Telde (Gran Canaria). Por su, a la vez, frágil y privilegiada condición, llegar al mundo en una isla debiera conllevar un plus de sensibilidad hacia la protección de su naturaleza. Llamémoslo respeto. Pero Soria no lo tiene, el respeto es otra cosa para él. No solo carece de esa especial sensibilidad, sino que está dispuesto a vender sus islas a Repsol. Dice que hace falta el dinero. Un mercenario.

Para apoyar la transacción de las prospecciones petrolíferas, Soria se ha hecho con un esbirro, José Cardona, alcalde de Las Palmas, ciudad de la que él fue alcalde asimismo y donde dejó un rastro de corrupción y delitos urbanísticos que llegaron a costarle alguna condenilla en costas (como cualquier mafioso de provincias, el hoy ministro se querelló con un par de periodistas que se atrevieron a denunciar sus tramas). A través de Cardona, habla ahora Soria de oportunidades y acusa de cobardes, acomplejados y victimistas a quienes se oponen a que las aguas de su mar se conviertan en una charca de grasa. El atentado está previsto cerca de las costas de Fuerteventura y Lanzarote, pero Cardona asegura estar dispuesto a entregar también Gran Canaria, a la que quiere ver convertida en “la Singapur de África”. Lo dice sin empacho, con cínico orgullo, como un mendigo que, a cambio de hacer un trabajito vergonzoso o prohibido, agradece una limosna mayor de la habitual. La llama reto.

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