¡Mira a lo alto, Hannah, mira a lo alto!

El aristócrata alemán Heinrich XIII, durante su arresto.

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¿Sabes aquel que iban un aristócrata, un tenor, un cocinero, un piloto, varios militares jubilados, unos cuantos policías encabronados y una exdiputada nazi? Parece un chiste viejo, un guion escopetero y nacional, los personajes de una charlotada, los interlocutores de baquelita en un sketch de Gila. Un grupúsculo fascista tiene siempre ese aire de bufonada que llevan consigo la formación marcial, el galón, el apresto, el pañolito en la solapa, ese tufo a chuscada que expelen los bíceps descolgados, el uniforme desempolvado, el régimen anciano que se añora, la representación grupal de una idea bruta con ínfulas. Se diría que el grupúsculo ultraderechista que ha sido desarticulado en Alemania es el elenco de una sátira de Charles Chaplin: personajes patéticos que disimulan la ansiedad grumosa de los dedos cuando se encuentran con esas bolas de naftalina que suelen agazaparse en la oscuridad de sus bolsillos de tweed. Son más bien, sin embargo, la encarnación autoficcionada de un guion de traca de Fernando Vizcaíno Casas, el de Viva Franco (con perdón): detrás de la trama del gracioso de Vizcaíno latía siempre la nostalgia por el gran dictador.

El aristócrata, el tenor, el cocinero, el piloto, el militar jubilado, el policía encabronado y la exdiputada nazi difícilmente podrían dar un golpe de Estado en la Alemania de hoy, pero han ocupado nuestros titulares porque las semillas que han sembrado en sus círculos, las que se expanden desde sus redes, caen en las tierras de cultivo de una Europa que anda perdida en su presunta identidad democrática. También parecía una parodia cuando hace pocos años la ultraderecha española sacó la cabeza del paraguas del Partido Popular, decidida a tomar el espacio parlamentario por las urnas en vez de por el tricornio, y ahí la tienes, desestabilizando el hemiciclo, sembrando el odio en los escaños. Los efectos de la onda expansiva que conllevan las consignas que han hecho estallar los 52 detenidos en Alemania es semejante a la onda expansiva que conllevan las estrategias de Vox cuando hacen explotar sus ideas antidemocráticas en el Congreso, donde lograron una avanzadilla de 52 diputados que se ha convertido después en alianzas de gobierno autonómicas y municipales. Curiosa coincidencia numérica.

Se empieza con una astracanada de cincuenta y tantos nostálgicos y se acaba ante una masa confusa que jalea la arenga. La nostalgia de los privilegios, la confusión de la precariedad. Aquellos (como el de Anjou: Borbón y Franco) clamando en repúblicas por tronos; estos, sin gas para encender el radiador. Todos, contra una población migrante a la que se culpa del error sistémico. En Italia, Meloni ha prohibido que se reciban esos frágiles botes donde los africanos con más suerte salvan la vida como en un milagro cristiano. Meloni, esa primera ministra que exige que se la llame primer ministro. Las políticas migratorias justas y los feminismos son los principales demonios de los fascismos, que hoy se valen de las urnas para desbaratar sus postulados. Los alemanes detenidos tenían idénticas aspiraciones, solo que sin la más mínima contemplación democrática: con el sable del abuelo.

La mascarada alemana desarticulada estos días tiene más peligro que una mera comedia. Los detenidos verbalizaban el deseo de dar un golpe con medios militares, lo que significa que disponen de apoyos en las fuerzas armadas, tanto en el ejército como en los cuerpos policiales. Reclutaban correligionarios, compraban material, se entrenaban con armas y contemplaban la violencia contra representantes políticos electos. Se vinculan con aquellos tipos de la cuerda de Trump que asaltaron el Capitolio disfrazados de vikingos. Son negacionistas de la pandemia del Covid, pero no porque formulen una crítica a un sistema de producción y consumo responsable de las enfermedades zoonóticas, sino porque rechazan las restricciones aplicadas por la mayoría de los gobiernos del mundo. Sus consignas calan en unas sociedades que no ven el final del malestar, pero que yerran el tiro de su hartazgo: lo que hay que exigir a los gobiernos es que tomen medidas realmente contundentes contra un sistema que enferma. Lejos de ello, los ultraderechistas alemanes tienen un cabecilla aristócrata que se autoproclama príncipe y quiere ser el próximo kaiser de Alemania.

Ante semejante película, podemos preguntarnos cuántos grupos ultraderechistas de similar naturaleza conspiran también contra el gobierno de coalición del Estado español, qué apoyos tienen dentro de las Fuerzas Armadas, qué vinculaciones con los sindicatos ultras de los cuerpos policiales, con los cargos electos de Vox y el Partido Popular, con los medios de comunicación afines, con aristócratas y empresarios que no toleran la presencia en el poder político de las formaciones de izquierdas. Preguntarnos si están suficientemente vigilados. Y, sobre todo, por quién. Seguramente, si dispusiéramos de los resultados de esas investigaciones, nos encontraríamos con el libreto de una opereta de terror. Están ahí. En las redes sociales, en los medios, en el Congreso de los Diputados, a la sombra de varias presidencias.

¿Qué hacer frente a su amenaza contra las libertades y los derechos? Quizás, una vez más, solo nos quede resistir, mirar a lo alto y pedir a las nuevas generaciones que traten de volar, que cambien el chiste chusco por el discurso emocinante del barbero de Chaplin en El gran dictador: “Hannah: ¿puedes oírme? Donde quiera que estés, ¡mira a lo alto, Hannah! ¡Las nubes se alejan, el sol está apareciendo, vamos saliendo de las tinieblas a la luz, caminamos hacia un mundo nuevo, un mundo de bondad, en el que los hombres se elevarán por encima del odio, de la ambición, de la brutalidad! ¡Mira a lo alto, Hannah, al alma del hombre le han sido dadas alas y al fin está empezando a volar, está volando hacia el arco iris, hacia la luz de la esperanza, hacia el futuro, un glorioso futuro, que nos pertenece a ti, a mí, a todos! ¡Mira a lo alto, Hannah, mira a lo alto!”. 

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