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En primera persona

Huchas con forma de granada y misiles en mi patio: he vivido todas las guerras en Irán, pero ahora estoy fuera y esta es la más difícil

Una mujer pasa ante un mural contra EE.UU en un edificio de Teherán este 23 de febrero. EFE/EPA/ABEDIN TAHERKENAREH

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Este sábado por la mañana, al leer la noticia del ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, lo primero que me vino a la mente fue que, probablemente, el Gobierno cortaría internet. Rápidamente le envié un mensaje a un amigo que vive en mi casa en Irán. Todavía tenía conexión; me dijo que había escuchado dos explosiones cerca de la casa y que los gatos, asustados, se habían escondido debajo de los sofás. Él también tenía miedo.

Poco después, la comunicación se cortó. Una vez más, el pueblo de Irán se enfrenta al corte de internet mientras padecen bajo las bombas y los misiles estadounidenses e israelíes.

En estos momentos no puedo parar de pensar en cuánta guerra y derramamiento de sangre hemos visto en Irán.

Invierno de 1987

Diciembre de 1987. Irak atacó Teherán con sus aviones. Fue mi primer encuentro directo con la guerra.

Nací justo cuando empezó la guerra entre Irán e Irak. Los primeros ocho años de mi infancia los pasé en medio de la guerra. Aunque no tengo recuerdos del ataque de Saddam Hussein a Teherán al comienzo de la guerra, recuerdo muy bien aquel maldito invierno sangriento.

Oímos un ruido aterrador y las ventanas de la casa vibraron con violencia. Seguíamos las noticias de la guerra por televisión. En la escuela nos hablaban constantemente de la guerra, a la que el régimen llamaba “Defensa Sagrada”. Recuerdo que cada semana nos daban una hucha de plástico con forma de granada de mano y teníamos que devolverla llena a la escuela la semana siguiente para enviarla a los combatientes. También nos pedían que escribiéramos cartas a los soldados en el frente para decirles que pensábamos en ellos.

Imagen de jóvenes iraníes con las huchas de plástico con forma de granada.

Yo tenía a varios familiares en la guerra. Uno de mis tíos, Essi, fue alcanzado por una bala en los primeros días del conflicto. El proyectil le dio en la nuca y tuvo suerte de que saliera. Estuvo meses hospitalizado en Teherán y después no pudo volver al frente, aunque todavía hoy lidia con las secuelas. Uno de mis primos, Behrouz, que recuerdo que de niño era muy inquieto y alegre, fue a la guerra y regresó con la mente destruida y perturbada. Hablo de Behrouz porque en el colegio yo escribía todas mis cartas dirigidas a él y se las daba a mi madre para que las enviara. Hace unos años supe que mi tía aún conserva esas cartas. Behrouz todavía carga con los traumas psicológicos de la guerra.

El invierno del 87 fue el primer golpe directo de la guerra para mí. ¡Un niño de 8 años! Un niño que había crecido con la imagen de la guerra y que ahora estaba a punto de ver también su miseria. Muchos huyeron de Teherán; se refugiaron en diferentes ciudades y pueblos que probablemente eran seguros, pero nosotros nos quedamos. Mi padre era militar y tenía que ir a trabajar todos los días y mi madre insistía en que debíamos quedarnos: “¡Nuestra casa está aquí!”. Mi madre siempre fue una mujer fuerte y lo sigue siendo. Les hablaré de ella.

Pero dos meses después, las cosas cambiaron. Ahora los misiles se lanzaban desde Irak hacia Teherán. Lo recuerdo exactamente. Era uno de los últimos días de enero de 1988, al mediodía. Teníamos una casa antigua y grande, al estilo de la arquitectura tradicional iraní. Dos habitaciones frente al patio, un patio grande y el edificio principal. Yo estaba durmiendo en una de las habitaciones de abajo. Entre el sueño y la vigilia, de repente el mundo se puso patas arriba. Hubo un estruendo tan terrible que salté y, del miedo, me oriné encima. Todos los cristales de la ventana bajo la cual dormía cayeron sobre mí. Luego oí el grito de mi madre, que entró en la habitación, me abrazó y corrió hacia el patio.

Aquellas granadas que nos daban como huchas eran la semilla de la guerra que hoy volvemos a sufrir. He vivido mis 45 años en Irán, he pasado por todas estas miserias, pero esta vez sigo las noticias lejos de mi país. Créanme, esta vez es mucho más difícil que nunca

Todos nosotros, mis hermanos y mi madre, estábamos de pie en el patio mirando las ventanas rotas del edificio. En ese momento, el sonido violento de algo golpeando el suelo detrás de nosotros nos hizo darnos la vuelta. ¡Un gran trozo de metal rojo había caído a pocos metros de nosotros, en el suelo de nuestro patio! Estábamos paralizados por el miedo y el shock. No podíamos respirar. Era un pedazo de un misil, quizás la parte trasera que se había desprendido y había aterrizado en nuestro patio.

Os había dicho que tengo una madre valiente, pero ella tampoco pudo aguantar más. En ese mismo instante entró corriendo en casa, recogió todas las cosas, llamó a mi padre y le dijo que teníamos que irnos de Teherán. Vivimos durante unos meses en nuestro pueblo, en un lugar entre las montañas de Alborz llamado Taleghan. Créanme, ¡la herida de aquel suceso aún permanece en mi mente!

Otoño de 2024

Viernes 25 de octubre. Una noche algo fría en Teherán; el insomnio se apoderó de mí. Leí un libro, jugué con los gatos. Estuve despierto casi hasta las 4 de la mañana del 26 de octubre. Por fin, me quedé dormido. Una hora después oí varios estruendos fuertes. Pensé que tal vez era el sonido de los fuegos artificiales del Gobierno por alguna ocasión religiosa y me volví a dormir. A las 6 de la mañana me despertó el sonido constante de los mensajes en mi móvil. Amigos desde fuera de Irán me preguntaban preocupados. Otros en Teherán preguntaban si Mahsa y yo estábamos bien. Encendí la televisión y me enteré de que Israel había atacado Irán. El primer ataque se produjo a unas pocas calles de donde vivimos.

Desde esa mañana hasta 12 días después, casi todos los días varias explosiones enormes hacían temblar nuestra casa. Desde el atardecer en adelante, podíamos oír el sonido de las defensas aéreas y el extraño zumbido de los drones. Mahsa, los gatos y yo nos acostumbramos a los ruidos a partir del segundo día.

Apenas salíamos de casa, excepto para hacer la compra en el supermercado que estaba al lado. El Gobierno había cortado internet y solo veíamos la televisión. Dormíamos casi por turnos para no perdernos ninguna noticia.

Pensábamos que, habíendo vivido ataques con cohetes y bombardeos en Teherán podríamos soportar este ataque. Pero cuando terminó, nuestra crisis emocional apenas comenzaba. Esta vez se abrió una herida profunda en nuestra psique. Creo que nunca olvidarmeos aquello.

Invierno de 2026

Han pasado casi 50 días desde la matanza de manifestantes en las calles. ¿Cómo se puede olvidar esto? Una represión severa contra el pueblo. ¡Increíble y brutal! Estamos como locos con la cabeza metida en el móvil para revisar las noticias. Se ha convertido en una enfermedad.

Pero este sábado me desperté a las 7 de la mañana y vi que Israel y Estados Unidos estaban atacado Irán. ¡He perdido la cuenta de las heridas que hemos recibido! He leído en las noticias que en Minab, una ciudad al sur de Irán, una escuela de niñas situada junto a una base naval de la Guardia Revolucionaria ha sido blanco de un ataque con decenas de menores asesinadas.

Aquellas granadas que nos daban como huchas eran la semilla de la guerra que hoy volvemos a sufrir. He vivido mis 45 años en Irán, he pasado por todas estas miserias, pero esta vez sigo las noticias lejos de mi país. Créanme, esta vez es mucho más difícil que nunca.

¿Qué traerá esta guerra para el pueblo de Irán, además de destrucción? ¿Un cambio de régimen? ¡Tal vez! Pero el pueblo indefenso de Irán vuelve a ser asesinado. ¡Hace cincuenta días por la dictadura de la República Islámica y esta vez por los misiles y bombas israelíes y estadounidenses! ¿Qué culpa tiene el pueblo iraní?

¿Qué pasará esta vez?

Pienso en lo extraño que es que la mayoría de mis recuerdos de la guerra estén relacionados con las estaciones frías del año.

Hossein Zoghi (Teherán, 1980) es periodista y director de teatro iraní. Su trayectoria en diversos diarios ha estado marcada por la censura y la clausura de medios. En el ámbito escénico, destaca por su teatro político y clandestino, por el cual fue vetado en su país. Actualmente reside en Cataluña como Artist at Risk (AR) and Nocallarem.

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