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La servilleta como patrimonio gráfico de la hostelería española

"Servilletas" (Ojos de Buey, 2026) reúne 600 de estas piezas originales recogidas por toda España.
21 de agosto de 2026 21:48 h

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En una servilleta se pueden firmar contratos, tomar notas o hacer garabatos. Pueden hacer de balón en el fútbol de chapas y con ellas se puede calzar una mesa. Las adaptaciones funcionales de esta pieza de papel son múltiples ya que su cometido, el de limpiarse la boca o las manos, puede resultar inútil. Pero, ¿puede una simple servilleta ser reflejo de la historia y de la cultura? ¿Y de la memoria?

El fotógrafo Felipe Hernández comenzó a coleccionar servilletas en 2014 sin ninguna intención sino por el mero interés por todo objeto con soporte gráfico: flyers, servilletas, carteles, posavasos, azucarillos…. Lo que empezó como una cuenta de Instagram se ha convertido en un libro que aglutina 600 diseños de toda la geografía española. “A la gente le estaba haciendo gracia y ahí ya fue cuando me di cuenta que a lo mejor esta frikada podía ir a algo más”, declara.

Las servilletas son parte esencial de la cultura visual y gastronómica española.

Servilletas, publicado por Ojos de Buey, es un archivo de la hostelería del país. El fotógrafo ha dado relevancia a algo que suele acabar en la basura. Ha resignificado un objeto ordinario cuya utilidad sigue en entredicho: ni limpia, ni seca ni es agradable al tacto de los labios. “Ya no era solo hablar de algo gráfico y estético sino que vi que era una cosa como muy propia de España. Era algo típico y que hablaba realmente de nuestra gastronomía, de nuestra cultura y de nosotros”, explica.

Patrimonio gráfico

“Las servilletas de bar son quizás el elemento del patrimonio gráfico hostelero que menos apreciamos su valor, muy por detrás de rótulos, posavasos, cajas de cerillas... Pero este libro demuestra la riqueza que hemos tenido entre las manos pringosas”, explica el diseñador gráfico Ricardo Barquín.

Servilletas no sólo recopila diseños de tabernas clásicas como la madrileña Casa Labra o la gaditana Casa Manteca sino que plasma ejemplos de todo tipo de bares, restaurantes, cafeterías, heladerías, freidurías y hasta pizzerías. El proyecto sigue la estela de actividades para la defensa y protección del patrimonio gráfico comercial como las del colectivo madrileño Paco Graco o proyectos como de “Fuera de Carta”, una reivindicación de los menús escritos a tiza de los bares sevillanos de Pablo Vallejo y el propio Barquín.

Belleza efímera

“Ahora todos los bares son iguales y tienen una estrategia de marketing, branding, etc. Antes creo que había más libertad y si estabas en un barrio de Sevilla, Madrid o Cuenca, pues el establecimiento decía algo de ese sitio. En ese sentido creo que hay una pérdida de ese alma aunque muchas veces lo quieran imitar”, señala Hernández.

Las servilletas castizas cumplían una función publicitaria.

La apuesta de los establecimientos por las servilletas personalizadas no es baladí. Barquín las defiende frente a esas con “mensajes motivacionales, buenrrollistas o graciosillos”. El diseñador, incluso, prefiere las genéricas –“que tienen su encanto”– del 'Gracias por su visita'.

“Esas servilletas castizas, impresas a un solo color, con una riqueza visual a base de tipografías señeras, iconos apetecibles y mensajes propios de la gráfica popular se están perdiendo”, sentencia. Por ello, destaca, “Servilletas es un archivo popular de esa belleza efímera que acababa arrugada en el suelo del bar junto a serrín y colillas, y un toque de atención ante un presente sin identidad donde los bares se repiten de una ciudad a otra”.

Antes de los navegadores web

Hernández cree que la servilleta tenía una función principalmente publicitaria antes de la llegada de Internet. “Hacían su labor: la gente buscaba la servilleta de aquel sitio en el que se había parado en el kilómetro 400 de la carretera de Barcelona”, dice.

Pese a que rara vez se conservan, Hernández tiene una colección de servilletas que supera el millar.

A través de ellas, y sin necesidad de ningún servicio gratuito de mapas digital, se puede conocer que en el kilómetro 124 de la Autovía del Este, en el término municipal de Zafra de Záncara (Cuenca) se encuentra Venta San José mientras que el Restaurante Sotopalacios está en el kilómetro 10,5 de la carretera que une Burgos con Santander. Incluso se puede viajar en el tiempo y saber que en la jienense Despensa del Jamón se permitía fumar. También resaltan las características de las instalaciones como el local climatizado que anuncia el Bar Corder de la localidad alicantina de Gata de Gorgos. “Al final era un poco la carta de presentación”, resume Hernández.

Las servilletas forman parte del imaginario colectivo y dan pistas sobre las historias de los bares y de sus dueños. También de sus clientes. Un repaso al libro hace aflorar la cartografía emocional del gusto: el recuerdo de un bocado, las charlas en la barra de bar con amigos o aquella parada de carretera improvisada por un café.

La colección de Hernández además rinde homenaje a establecimientos que ya han echado la persiana como El Bá de Fran en Badajoz o Bar Esturión en el municipio gaditano de Chipiona. “Todas las servilletas tienen historias”. Y pone un ejemplo: “Hace poco una compañera me dijo que le había hecho retroceder treinta años porque iba a tomar helado a una galería de Córdoba con su familia todos los veranos”.

"Servilletas" es una oda a la belleza de lo inútil.

Servilletas es un archivo gráfico del paso del tiempo y de las costumbres. El fotógrafo madrileño, convertido en el guardián de las mismas, ha sabido inmortalizar el patrimonio del usar y tirar. Incluso, siguiendo con las tendencias ambientales, cuenta con diseños de papel reciclado como el de la Taberna Juantxo de San Sebastián. Su colección es el legado gráfico de lo popular frente a la homogeneización.

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