De grandes dimensiones, en este dolmen del V milenio a.C. se han encontrado grabados, pinturas, cerámica y collares
Ubicado al suroeste de la provincia de Toledo, dentro de la comarca natural de La Jara y a orillas del río Tajo, muchos expertos consideran el dolmen de Azután como el monumento megalítico más antiguo documentado en Castilla-La Mancha. Construido durante el V milenio a.C., este conjunto funerario neolítico destaca por sus imponentes dimensiones y por haber transformado la comprensión arqueológica de la ocupación prehistórica en el interior de la península ibérica. Y es que su hallazgo demostró la presencia de complejas sociedades sedentarias en la Meseta Sur.
El complejo arquitectónico cuenta con una potente masa tumular de 18 metros de diámetro levantada mediante cantos rodados de cuarcita, lajas de pizarra y tierra delimitadas por anillos concéntricos. En su centro se resguarda una cámara circular de 5 metros de diámetro comunicada con un corredor de acceso orientado al este. Esta estructura funeraria de cubierta adintelada se erigió empleando 14 grandes ortostatos de granito local, cuyas piezas principales en la entrada superan los 2,5 metros de altura.
Las excavaciones arqueológicas iniciadas a principios de la década de 1980 revelaron un uso prolongado de la cámara como espacio de inhumaciones y osarios colectivos. Los arqueólogos documentaron restos óseos pertenecientes a hombres, mujeres y niños de diversas edades, acompañados en varios casos por impregnaciones de ocre de claro carácter ritual. La reutilización continuada del sepulcro desde el Neolítico Medio hasta la época calcolítica confirma la honda significación espiritual que tuvo la estructura.
Junto a los yacimientos antrópicos, los investigadores desenterraron un notable ajuar compuesto por múltiples piezas de uso cotidiano y ceremonial. Entre los objetos recuperados sobresalen abundantes recipientes de cerámica fabricados a mano, láminas de sílex, geométricos, núcleos, punzones esculpidos en hueso y delicadas cuentas de collar. Este valioso conjunto ergológico pone de manifiesto la extraordinaria destreza técnica de los pobladores neolíticos y la consolidación de amplias redes de intercambio con distantes regiones de la península.
Uno de los aspectos más singulares del dolmen de Azután reside en su profusa decoración rupestre, distribuida en 26 bloques de granito alisados mediante piqueteado. El monumento alberga 84 cazoletas grabadas, junto a incisiones lineales, motivos cuadrangulares, diseños hemielípticos y esquemas antropomorfos de brazos en asa. A estos grabados se suman restos de pintura y figuras esculpidas que revelan la existencia de un elaborado programa simbólico ideado para sacralizar el recinto.
La investigación arqueológica constató que este monumento no funcionaba de forma aislada, sino integrado con áreas de habitación infratumulares que testimonian la vida comunitaria. Los análisis en los molinos confirmaron el cultivo de trigo, la recolección de miel y la elaboración de harina de bellota. Esta economía mixta refleja la capacidad de las comunidades agrícolas neolíticas para aprovechar estratégicamente los recursos hídricos y fértiles disponibles en el curso medio del río Tajo.
Memoria científica
Tras sobrevivir durante milenios a los rigores del tiempo, el sepulcro sufrió alteraciones estructurales durante la Guerra Civil, al ser reutilizado parcialmente como posición defensiva y trinchera. Décadas más tarde, los trabajos dirigidos por la arqueóloga Primitiva Bueno permitieron recuperar la memoria científica del enclave y documentar niveles que abarcan hasta la cultura del vaso campaniforme. El análisis del sitio confirmó además una continuidad ocupacional iniciada ya en el VI milenio antes del presente.
Declarado Bien de Interés Cultural en 2008 bajo la categoría de Zona Arqueológica, el dolmen de Azután representa un patrimonio prehistórico de primer orden de nuestra geografía. La preservación de su monumental arquitectura megalítica y de sus manifestaciones artísticas resulta indispensable para continuar desentrañando los orígenes culturales de la región. Se trata, en definitiva, de un santuario milenario que permanece como testimonio vivo de la memoria, la religiosidad y las expresiones artísticas de los primeros agricultores toledanos. Y una auténtica cita obligada para los amantes de la arqueología.
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