Mira que nos acechan todavía
Ignoro a qué partido votaría Federico García Lorca en las elecciones del 29 de noviembre. Ni siquiera sé si acudiría a las urnas. Creo presumir, sin embargo, a quién no entregaría su voto: a pesar de pertenecer a la burguesía granadina, él siempre estuvo, así lo dijo, con los que no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega. De ahí que, déjenme suponerlo, no escogería la papeleta de quienes acaban de tumbar los decretos de la vivienda, en este país donde, de un momento a otro, pueden crecer exponencialmente los sin techo.
El problema estriba en que buena parte de quienes no tienen nada, parecen dispuestos a elegir a quienes defienden los intereses de quienes lo tienen todo y aún quieren más. Con la actual ola de pensamiento cero, Poncia, la sirvienta, terminaría haciendo campaña por la tirana Bernarda Alba. Y, lo mismo, Antonio Torres Heredia, hijo y nieto de camborios, se dejaría seducir por el pastor del culto y votaría a Vox, como muchos de los negros de nuestros Harlems suburbiales, de esos rincones donde la ciudad pierde su honesto nombre y los enanos se enfrentan entre sí en lugar de sumar fuerzas contra Gulliver.
España, a lo que parece, ya no tiene salida ni por las estrellas. Vivimos en una realidad distópica en la que la poesía ha sido sustituida por el exabrupto. Ahora, Federico y José Antonio Primo de Rivera tendrían que verse de nuevo a escondidas, con las cortinillas del coche bajadas, para poder hablar amigablemente de arte y de literatura, a pesar de sus profundas diferencias ideológicas. Y ya sabemos a donde la polarización les condujo a ambos, y a millones de cuerpos vencidos por la muerte, a millones de almas cautivas por el golpe de Estado, la guerra y la dictadura.
Contra la muerte que pone huevos en la herida, porque no quiero verla, ni a las cinco de la tarde ni a cualquier otra hora; porque no quiero que me dejes perder lo que he ganado. Votaré contra las monedas en enjambres furiosos que taladran y devoran abandonados niños, en Ceuta o en donde sea
¿Federico votaría contra todo ese vertiginoso tsunami de odio, de rencor y de espejismos, contra el flautista de Hamelin que nos llevará, más temprano que tarde, al precipicio? Probablemente sí, malicio, pero no estoy dispuesto a garantizarlo: el poeta no es mío, sino de todos, incluso de aquellos que quisieron silenciarlo en las cunetas y en las librerías del fascismo.
Yo sé, sin embargo, a quién votaré: contra la muerte que pone huevos en la herida, porque no quiero verla, ni a las cinco de la tarde ni a cualquier otra hora; porque no quiero que me dejes perder lo que he ganado. Votaré contra las monedas en enjambres furiosos que taladran y devoran abandonados niños, en Ceuta o en donde sea. Para evitar que, en los barrios, los recién llegados y los de siempre, sean gentes que vacilen insomnes como recién salidos de un naufragio de sangre. Quizá, después de esas urnas, tengamos que dormir un rato, un rato, un minuto o un siglo, pero que nadie piense que habrá muerto la utopía.
La película 'La bola negra' ha hecho circular un viejo verso de Lorca que ya cantase, hace un mundo, Amancio Prada: “Mira que nos acechan todavía”. También por ello, ni antes ni después del 29 de noviembre, estoy dispuesto a esconderme en mi madriguera.
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