Un fantasma recorre Europa
De un tiempo a esta parte, vivimos en una extraña noche de los cristales rotos: hordas de enmascarados, convocados a través de la red por Blocus o por otros instigadores, practican el pillaje en centros comerciales y en desavíos de ricos, como si la conquista del Palacio de Invierno que proclamaban los bolcheviques, o el asalto a los cielos de Karl Marx, se hubieran trocado en un “toma el dinero y corre” de Woody Allen, tal que si la justicia social comenzara por la mangancia de una tele 4K de 100 pulgadas.
Seguro que los sociólogos tendrán explicaciones para esas correrías de contenedores de basura en llamas y bronca con los antidisturbios: los jóvenes —¿siempre los jóvenes?— a quienes se les ha incumplido el contrato social; el descontento con la inflación galopante a la que no logran domar los buenos resultados de la macroeconomía; la vivienda en las que no se nos permite vivir, vaya usted a saber las causas.
Esto va más lejos, que no se trata sólo de derrocar a los actuales inquilinos de La Moncloa, sino de demoler ese noble edificio en ruinas al que llamábamos al principio Mercado Común, aunque ahora sea mucho más
Lo que está claro es la principal consecuencia: el miedo, que guarda la viña y cuyo antídoto, en el imaginario colectivo, en el de las redes sociales y en el de los mass-media, suele situarse en la derecha extrema que ahora llaman liberal, como si el liberalismo feroz de toda la vida siguiera siendo legítimo. Y no importa si sus secuaces callejeros también llevan pasamontañas, bates de béisbol o machetes del nueve largo para apalear zurdos, moritas y panchitos, maricones o a cualquier sintecho que se les ponga a tiro.
Al progresismo español, que se aferraba a una estampita de Lula Silva para las elecciones del 29, se le antoja que toda esta cadena de acontecimientos tan sólo buscara ponerle un bozal de refuerzo a Perro Sánchez o a la izquierda desunida, pero si abriéramos las ventanas de nuestro desván, sabríamos que esto va más lejos, que no se trata sólo de derrocar a los actuales inquilinos de La Moncloa, sino de demoler ese noble edificio en ruinas al que llamábamos al principio Mercado Común, aunque ahora sea mucho más. Todavía.
Similares protestas, bajo otros reclamos, se extienden por Francia, por Italia, por Albania, por Bélgica, e incluso por la Gran Bretaña que fue la primera ficha de dominó que cayó cuando tomó el portante del Brexit, aunque ahora parezca sinceramente arrepentida de haberlo hecho. Por no hablar de Polonia, víctima en los últimos días de una suerte de autogolpe de Estado a la turca, con mucho más que su Constitucional en juego.
La Generación Z, dicen los expertos, harta de salarios precarios y precios alpinos. El regreso de la lucha de clases, con un nuevo lumpen proletariado que aparentemente no lo es, aunque en el fondo lo sea. Eso dicen, aunque hay más: un fantasma recorre Europa, pero no es el del comunismo, sino el de sus históricos contrarios, un fascismo de nuevo rostro y la Santa Alianza de las grandes potencias exteriores a quienes molesta la articulación política del viejo continente. El enemigo a batir no es, en esta ocasión, el capitalismo, sino que es la Unión Europea, ese maltrecho oasis de libertades, esa vieja marquesona que legisla más que resuelve, ese elefante en la cacharrería mundial que, desde Washington a Moscú o a Beijing, pretende restaurar en su contra el Antiguo Régimen y abolir todas las revoluciones, incluyendo a la francesa.
Guerra híbrida, le llaman, desde los 80.000 de Ceuta a los chalecos amarillos parisienses. Alguien está queriendo asesinar a Bruselas y el culpable, como quizá alguna vez nos desvele la historia, no será el mayordomo de una clase obrera desesperanzada ya del ascensor social, ni las clases medias que creen que los impuestos juegan en su contra, ni de los vulnerables que piensan que su enemigo son los otros vulnerables llegados de otros sitios, en lugar de un sistema que les domina en la misma medida que debilitan los servicios públicos, el pretérito Estado del bienestar, el pacto socialdemócrata y democristiano que permitió cierta prosperidad para que la miseria no volviera a convertirnos en carne de cañón para una nueva guerra.
Un fantasma recorre Europa, pero no es el del comunismo, sino el de sus históricos contrarios, un fascismo de nuevo rostro y la Santa Alianza de las grandes potencias exteriores a quienes molesta la articulación política del viejo continente
Quizá teníamos razón –no me atrevería a jurarlo—quienes apostamos de antiguo por la Europa de los pueblos frente a la de los mercaderes. Estos últimos, cuando caiga el sueño comunitario, se limitarán a llevarse sus caudales a otra parte con la música de sus dividendos. Y los pueblos, así las cosas, ya están perdiendo su identidad democrática para entregarse a apolillados símbolos medievales.
El 11 de noviembre, en unos días, hay convocada una huelga general en este país, por la crisis habitacional y por mejores salarios, dicen. Pero será mucho más: un grito de auxilio ante lo que despavoridamente estamos perdiendo, la ingenua –quizá—certidumbre en que la política pueda tener, por sí misma, un final feliz.
Ese día, quienes nos sumemos a la convocatoria también estaremos luchando a favor de los fondos Feder y de los Next-Generation, del Tribunal de La Haya y de la posibilidad remota de que alguna vez podamos contar con una organización de Defensa propia, más allá de una OTAN que siempre defendió, y ahora más, los intereses estadounidenses. Quizá vayamos a ser cuatro gatos huelguistas, quizá nosotros seamos ya un fantasma, pero sabemos que no sólo expolia –y de qué manera-- esa muchachada que arrambla con electrodomésticos, como si fueran, en sí mismos, la propiedad de los medios de producción.
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