La puerta judicial al nazismo
El veraneo trashumante tiene sus ventajas, no sólo conoces nueva gente, además te reencuentras con viejos conocidos con los que no esperabas verte si no ponías algo de tu parte. Caminando me encuentro con un compañero de antaño cuya carrera judicial nos había separado. Recién jubilado de su magistratura sigue igual de inquieto que cuando nos conocimos de estudiantes.
Me advierte, oídas las constantes soflamas de carácter marcadamente nazi de dirigentes de la extrema derecha, de que así, con permisividad e ingenuidad, empezó el auge del nazismo en Alemania: así tumbaron la República de Weimar. Abusando de su experiencia judicial, me atreví a comentarle, sin intención de ofender ni generalizar, que ocurrió con la ayuda indispensable de los jueces alemanes. Me dio la razón.
Aquella república nació con un sistema judicial que se mantuvo y se incrementó –muchos de ellos procedentes de la milicia imperial– con jueces que no eran ni republicanos ni, lo peor, demócratas. La simpatía con el partido de Adolf Hitler se hizo patente y elocuente al instante, se trataba de acabar con la república y la democracia. Para diez años después del Putsch de Múnich, el intento de golpe de Estado de la cervecería, de 1923, la práctica totalidad de las asociaciones de jueces estaban afiliadas a la Federación de Juristas Alemanes Nacionalsocialistas (Bnsdj).
En la nueva Alemania, parecieron sentencias indulgentes para el papel que habían jugado los jueces no sólo en el advenimiento del nazismo sino en la aplicación de las políticas del III Reich
El golpe de la cerveza marcó un inicio en el idilio y amorío entre jueces y nazis. El juez que presidió el juicio por el golpe, Georg Neithardt, no sólo fue benevolente con Adolf Hitler sino que se erigió en cómplice de la plataforma publicitaria o estrado en la que se subió el luego Führer.
A partir de aquel funesto momento, los jueces alemanes mostraron a las claras su disposición a no aceptar la voluntad de las instituciones democráticas, saboteando leyes, judicializando la política; gracias a su destreza procesal, en ciertas ocasiones pudieron ofrecer apariencia de legalidad.
Tras la derrota del III Reich, los ganadores no quisieron una depuración total de la judicatura alemana, algo que lamentaron amargamente en la Alemania que quería reconstruirse sin los errores del pasado. De los juicios contra los jueces alemanes por las potencias vencedoras, singularmente por la jurisdicción militar de EEUU, pocos fueron condenados, cierto que algunos lo fueron con penas de hasta 20 años de prisión pero o fueron indultados o puestos en libertad para los años cincuenta. En la nueva Alemania, parecieron sentencias indulgentes para el papel que habían jugado los jueces no sólo en el advenimiento del nazismo sino en la aplicación de las políticas del III Reich, con crueldad y especial ahínco en aquellas leyes que ponían en práctica las políticas de exterminio de personas, ideas y del propio sistema democrático.
Para garantizar la no injerencia política de los jueces, se creó la Corte Constitucional, garantía y control de todos los poderes, incluido el judicial
Sin embargo, los alemanes habían aprendido. Cuando pudieron aprobar la Ley fundamental de Bonn, de rango constitucional, y desprenderse algo de la tutela de los vencedores, incomprensiblemente condescendientes con el nazismo en algunos aspectos, dieron luz a un nuevo sistema judicial alemán con la intención de que no fuera posible que la judicatura pudiera acabar con el sistema democrático en el futuro.
Desde luego que lo primero fue considerar y aprobar un nuevo sistema de elección de los jueces que no facilitara la creación de camarillas y conspiraciones institucionales contra la democracia. A partir de Bonn, el poder ejecutivo, federal o federado, junto con el legislativo, igualmente en los dos niveles, tiene un papel robusto como garante de una justicia democrática, independiente. Además, para garantizar la no injerencia política de los jueces, se creó la Corte Constitucional, garantía y control de todos los poderes, incluido el judicial.
Y todo esto sin que el legislador constitucional alemán observara utilidad alguna en la creación de algo parecido a un Cconsejo General del Poder Judicial. Este último comentario cerró la conversación con mi amigo, un juez demócrata de los pies a la cabeza.
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