El desahucio de Maricarmen por dentro: “Vosotros por dinero, nosotros por amor”
Eran las 6 de la mañana del 23 de septiembre de 2026.
Un día como ese hace 16 años, se movilizaban 3 millones de personas en Francia en contra de la reforma de pensiones. Después de todos los reclamos, no se logró impedir la aprobación de la reforma. Pero aquellas personas que transitaron esa experiencia compartida como un acompañamiento, como un alivio, posteriormente también compartieron la indignación y la rabia que lograron expandir, propia de la frustración que generan las expectativas colectivas.
Quién nos iba a decir que esa efeméride sería casi profética con nuestro día, aunque a esas horas aún desconocíamos la envergadura que adquiriría después.
El pasado martes, al sonido de unos silbatos, nos aglutinamos en el 46 de la calle Alcalde Sainz de Baranda de Madrid, una amalgama de cuerpos. Cuerpos de todas las edades, procedencias y géneros que habían pasado ya 10 horas sobre el asfalto, durmiendo precariamente y con la ilusión de paralizar la desvergüenza y la inhumanidad a la que nos enfrentaríamos poco rato después.
A esas horas, aún se acercaban cámaras que enfocaban con la luz artificial sobre nuestras caras en, todavía, la noche cerrada. Venían de todas las cadenas y medios, y cruzábamos complicidad con algunos y miradas de zoológico con otros.
Teníamos unas pequeñas barricadas de poliéster bajo el nombre de Quechua, algo simbólico que nos franqueaba de la desprotección de nuestros cuerpos ante las fuerzas del orden.
A las 6.35 de la mañana, los policías antidisturbios que se aproximaban iban retirando algunas de las tiendas de campaña y, confusos, se ponían y se quitaban el casco, como sus convicciones quizá. Todavía la directriz era conservadora y había solo siete furgones, pues a lo largo de la mañana se irían sumando hasta llegar a unos veinticinco. Ya sabéis, por la peligrosidad que podía ofrecer una anciana de 87 años con un 50% de discapacidad.
Amanecía por el este de la calle y, entre las piernas de los policías, nos cubríamos de los primeros rayos de sol. Cuando se aproximaban, entrelazábamos nuestros brazos, como un fuerte tejido inquebrantable que solo las cuchillas más afiladas sabrían destrozar.
Gritábamos “¡Vergüenza!”, y también les decíamos cosas directas a ellos, mirándolos a los ojos: “Puedes no hacerlo”, “¿Qué le contarás a tu hijo cuando hoy vuelvas a casa?”, “Podría ser tu abuela, podrías ser tú”. Ante las frases, apartaban la mirada. Alguno tenía los ojos vidriosos y otros, sencillamente, reían. No paraba de preguntarme qué puede llevarte a esa especialización, pero bueno, supongo que cada cual tiene su historia.
Pasaban los minutos y venían cargados de emoción y de sucesos: echaban a la prensa y ponían a los furgones interceptando la visibilidad de las personas que se agolpaban en la manzana ya cortada; empezaban a arrastrar e identificar a los primeros ciudadanos que estaban resistiendo pacíficamente, y el sol nos cegaba y utilizábamos las siluetas de los policías como parasol. No dejábamos de cantar o de gritar, desvelando a todo el vecindario. Nos movía la justicia y la convicción de que esto había que cambiarlo.
Había gente de los portales aledaños que salía a trabajar a esas horas con actitud de descontento porque les habríamos despertado o porque no podría recogerles el Uber en la puerta. Otros, sin embargo, aplaudían el gesto de más de 300 personas hacinadas en el portal, unas encima de otras, sobre el asfalto sucio y frío, por cuestionar un mercado de vivienda absolutamente fallido.
Más minutos a nuestras espaldas. Había compañeros que se tenían que marchar a trabajar; lo hacían entre aplausos y con la previa identificación por parte de los antidisturbios. Nos cantábamos “Compañeras, no estáis solas”, con todos los asistentes a ambos lados de la manzana que no alcanzábamos a ver. Me mensajeaba con Ignatius, que llegó y me dijo que estaba atestado de gente.
Ahí estábamos nosotras, comandadas por Valeria y Alicia, del Sindicato de Inquilinas, artífices de esta movilización, que en todo momento nos preguntaban si estábamos bien y nos animaban. En paralelo a esta concentración, se ejecutaba el desahucio de David, de 52 años, y su hijo, de 21, en Vallecas, donde llevaban viviendo y pagando 20 años. Nos informaban en tiempo real.
Las 9. Llega puntual el Samur Social, a la vez que la comisión judicial, la procuradora de Urbagestión y, con ellas, la presencia de la abogada de Maricarmen, Beatriz Duro, y la abogada del Sindicato de Inquilinas, Alejandra Jacinto. Nos estrujamos y deshacemos en miradas. Solo vemos cómo pasea uno de los trabajadores del Samur Social, de pelo largo y canoso, limpiándose de lágrimas la cara. Lo que alcanzan a ver nuestros ojos rodeados de policía.
Empieza un murmullo porque están mucho rato hablando. Empiezan a adelantar lo que no podemos creer: van a ejecutar el desahucio, van a echar a una mujer de 87 años, con más de 40 años cotizados, de su casa, sin alternativa habitacional, reducida al abandono administrativo, pero no social. Estamos todas con ella.
Hago un inciso para contaros que el día anterior estuve entrevistando a Maricarmen para Radio Nacional. Dos años antes la conocí en Saldremos Mejores y la distancia entre un momento y otro era como de la noche al día: estaba enjuta, desgastada, triste, vulnerable, pero aún con ganas de resistir por el derecho que le pertenece, según el artículo 47 de la Constitución Española: a una vivienda digna. Su casa estaba en un estado liminal: cajas de por medio, recuerdos aún colgados, olor a café y su ventana ya reconocible de la cantidad de medios en los que ha salido.
Van a sacar de su casa a Maricarmen. Los dispositivos tímidos ya se convierten en cancerberos que empiezan a mover cuerpos como sacos de patatas. Sacos que se resisten, algunos más y otros menos, pero cuerpos vejados. Susurraban insultos algunos de ellos; otros ejercían violencia en sitios invisibles pero efectivos, como pisotones en tobillos o muñecas, cuello, puñetazos incluso a mi compañero Lucas. A mí me cogieron de la capucha, estrangulándome, y luego me zancadillearon diciéndome que “dejara de hacer el gilipollas”. Aguardaban, pacientes y con ganas, cuatro horas de resistencia pacífica ciudadana, sus ganas de menospreciarnos. O, como ellos lo llaman: hacer su trabajo.
Yo salí de las primeras porque estaba en la primera fila y nos quedamos, después de ser identificados, un rato largo esperando fuera del perímetroo deseguridad alresto de compañeros que desalojaban progresivamente. Nos fundíamos en lágrimas y abrazos de impotencia mientras, de fondo, transeúntes decían: “Si quería vivir por 500 euros, que se hubiera ido a Villaverde”. Qué putísimo asco. Los abogados de la propiedad que han ido proliferando estos días. No podemos dejar de mencionar que algo esté amparado por una ley no significa que esa ley concreta sea justa o responda a las necesidades de la ciudadanía.
Creo que deberíamos detener consenso en que no es normal pagar 2.500 euros en el centro de una ciudad cuando ganas 1.500 euros, y que ello implique acabar viviendo a dos horas de tu barrio de siempre o de tu trabajo y luego presentar eso como si el problema fuese “cumplir con un contrato”.
En España existe una amplísima voluntad de pago a nuestras 13 grandes inmobiliarias y fondos de inversión, los cuales gestionan más de 100.000 viviendas en alquiler en España, y a los caseros particulares en general, también. No entiendo esta inquina de generar una imagen del inquilino como alguien sospechoso o moroso, cuando la inmensa mayoría de personas que alquilan una vivienda lo hacen precisamente para pagarla y poder vivir en ella. ¿No será que odian a los pobres?
Salía Maricarmen a la una de la tarde, en camilla y directa al hospital. Se describía el ruido de la sierra de la puerta de su casa como uno de los sonidos del horror. Y es que pensadlo bien: están a punto de despojarte de lo que fue tu hogar durante más de 70 años.
Ante la impotencia, la rabia, la tristeza y la incredulidad ante la ejecución, no tardó el Sindicato en convocar una concentración esa misma tarde en diversos puntos de España y, entre ellos, enfrente del ático de Ayuso, de 6,3 millones de euros, en General Martínez Campos. Sin saberlo, la multitudinaria asistencia, cifrada en 10.000 asistentes, despertó la misma sensación de unidad y fuerza ante el desencanto de que algo no se materialice. Me recordó a cuando unos pocos seguíamos la página de Democracia Real Ya en Facebook en 2011, que convocaba una manifestación a las 6 de la tarde, el 15 de mayo, de Cibeles a Sol, bajo el lema “No somos mercancía en manos de políticos y banqueros”, y que acabaría desembocando en casi 30 días de acampada en el kilómetro 0 de nuestra España. El kilómetro 0… parecía casi poético estar allí gestando todo aquello.
Los punkis de La Elipa, las rachetas, los gays and girls, las señoras, los caballeros… cabíamos todas en esa indignación que gritaba: “Maricarmen, no estás sola”.
Ojalá esta sea la primera pieza del dominó en caer hacia una reforma justa y digna, como tienen otros países europeos en materia de vivienda, como Suiza o Alemania, con contratos de carácter vitalicio salvo una razón legal de peso, como un impago, y frenemos el despiadado borrado de nuestras vidas, secundado por leyes rentistas.
Como última nota, diré que cualquiera podríamos ser Maricarmen, en una España que ha registrado casi un millón de desahucios en los últimos 20 años. Gracias al Sindicato de Inquilinas, la PAH y todos los movimientos asociativos que han puesto el cuerpo tanto tiempo, que permanecen anónimos, y a las cajas de resistencia que hacen posible, ante lo disuasorio de las sanciones, que esta lucha por la vivienda digna y el derecho a habitar tenga sentido.
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