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Aires de Tánger

Felipe González y José María Aznar se saludan en un acto.
13 de septiembre de 2026 21:16 h

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Recién la victoria socialista de 1982, inapelable e ilusionante, un grupo transnacional de ricos muy poderosos y muy alegres se convocó a un gran sarao en una bodega postinera de Jerez de la Frontera. Entre vinos y danzarinas de Cádiz, dos atractivos muy queridos en el Imperio romano, los asistentes, una fuerza multinacional, se regodearon y festejaron el éxito del nuevo poder en el Estado español.

Un hombre francés muy influyente entonces, de la política y el deporte, cuyo nombre omitiré pero tal vez ustedes averigüen, interpeló a otro, andaluz pero criado en Francia y allí crecido personal y profesionalmente, del mundo del toro, que asistía más por francés que por taurino: ¿tú no te has afiliado aún al PSOE? El interpelado, muy de derechas pero en igual medida honesto, contestó: no, soy muy de derechas, no es mi sitio. A lo que el francés de nacimiento respondió: eso da igual, en España unas veces ganará la derecha y ahora, como ves, la izquierda, hay que estar en uno de los dos lados, ahora toca este, te irá bien.

Angustiado pensé, esto es como en Córcega, un gobierno y una oposición reversible y simétrica, de suma cero. Siempre dos, u partitu y u contrapartitu, por turnos, solo definidos por su lugar en el poder. Es una pesadilla que me persigue.

Es una historia real de la que fui testigo indirecto. Y no solo una historia, una premonición de lo que iba a ocurrir a partir de ese momento. Era el diseño de 1977, que llegaba quizá antes de la cuenta; lo único posible, la derecha de siempre y una izquierda domesticada. Los años siguientes a 1982, lo pusieron claro. La posición sobre la OTAN fue significativa, la izquierda antifranquista se rompió irreparablemente, los que llegaron, a pesar de sus pantalones acampanados y patillas, tenían claro quiénes sobraban, con una poca izquierda era bastante.

Cuando le preguntaron a González por Ceuta, algo que no creo que le gustara, salió como pudo, con una leve crítica a Pedro Sánchez, pero sin apenas reproches a Marruecos

En Ceuta se ha hecho notar José María Aznar, uno de dos. En realidad no ha dicho nada, solo ha pedido firmeza, quién no, algo que vale para un roto y un descosido. Y una evocación en su haber del islote de Perejil, una acción militar consentida en un territorio ridículamente minúsculo y deshabitado, porque ni siquiera el cabrero que con buena mar lleva allí sus cabras estaba por aquel día.

Felipe González, el otro de la dupla, no ha estado en Ceuta, y no se sabe el porqué, ellos que comparten agendas y apariciones estelares de pago. Uno pensaba que llegaría, es su turno. Tal vez, González siga preso de los aires y vapores de los altos de Tánger, en las vecindades del Cabo Espartel o quizá pasee mentalmente por el caserío de Arcila, con una paraíta en Casa Pepe; Arcila, un pueblo marroquí del Protectorado muy de Cádiz, créanme.

Cuando le preguntaron a González por Ceuta, algo que no creo que le gustara, salió como pudo, con una leve crítica a Pedro Sánchez, pero sin apenas reproches a Marruecos. No importa la ideología, como en Córcega, solo importa quién esté en el poder o no y si es de los tuyos. La grey socialista, además, siempre ha sido muy de Marruecos y hasta muy de Israel, cuando su dirigencia hoy plateada veraneaba en las playas de Tel Aviv o se ingresaba en retiros espirituales en ciertos kibutz.

Una izquierda de la que nunca se fio el PSOE, no son mucho de revoluciones y menos de relaciones internacionales ajetreadas

Es verdad que la política exterior socialista es menos imperial y militarista que la de derechas de toda la vida con Marruecos: han leído a Arturo Barea y el Expediente Picasso. Con todo, siempre han sido promarroquíes y lo que eso conlleva, incluida su proximidad a la enorme influencia del cabildo sefardí en el majzén marroquí.

La poca izquierda activa que queda siempre les perturbó, pero así y poca, sin ella, el cambio de posición sobre el Sáhara hubiera llegado incluso antes, con González o Rodríguez Zapatero. Una izquierda de la que nunca se fio el PSOE, no son mucho de revoluciones y menos de relaciones internacionales ajetreadas, de ahí la convulsión interna de los filipinos contra Pedro Sánchez y lo que consideran desvaríos exteriores por salirse del guion corso.

Felipe, en la misma comparecencia callejera previa a una comida con sus propios y un cura, ha afirmado que no le teme a la extrema derecha española, por otra parte, confesa de fascismo y franquismo. Ni siquiera parece perturbarle ni responder ante el fracaso de su predicada Gran Coalición alemana, con una socialdemocracia arruinada ya antes y ahora herida de muerte tras el éxito de la extrema derecha en Sajonia-Anhalt. Ya lo dijo y escribió George Orwell allá por los treinta cuando estuvo en España: el socialismo de derechas le teme más a la revolución (hoy no existe) que al fascismo (hoy vivito y coleando).

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