“Empiezan a separarse, pero nos necesitan mucho”: por qué el cambio al instituto es crucial para los adolescentes
Acaba de terminar la primera semana de curso escolar y Paula sale del instituto tras su segundo día de clase. Tiene 12 años y está estrenándose en la educación secundaria. A la pregunta de qué tal le ha ido, la respuesta es escueta: “Bueno…”. Al repreguntar, añade más información. “Regular. Es que está siendo difícil porque es un cambio muy grande. Llevaba en el mismo colegio desde los tres años y me está costando sobre todo la parte social, hacer amigos”, reconoce.
El cambio de la Educación Primaria a la Secundaria suele suponer un momento importante para los y las adolescentes. Nuevo centro, profesores desconocidos, nuevos compañeros y compañeras, más exigencia académica… Además, esta transición coincide con cambios profundos a nivel personal, tanto desde un punto de vista físico como psicológico.
“Para ellos es un cambio muy fuerte. Cuando son más pequeños, le damos mucha importancia a los cambios de etapa, por ejemplo de Infantil a Primaria, pero cuando son adolescentes a veces les ponemos la etiqueta de ‘mayores’ y no pensamos tanto en cómo acompañarles”, reflexiona la pedagoga Alejandra Melús. “Puede que ya no pidan tanta ayuda como antes, pero lo cierto es que sí la necesitan, aunque de manera diferente. En estos días tenemos que ofrecerles tranquilidad, calma y presencia; olvidarnos de nuestro ego como padres y madres y centrarnos en lo que necesitan ellos”, señala la experta.
Un criterio con el que coincide Lucía Galán, más conocida como “Lucía mi pediatra”, sanitaria y divulgadora que acaba de publicar precisamente el libro Adolescencia (Planeta, 2026). “El inicio del instituto suele coincidir con uno de los momentos de mayor transformación de toda su vida. No solo cambian de centro, de profesores o de compañeros; al mismo tiempo está cambiando su cuerpo, su cerebro, su manera de relacionarse, su identidad y, sobre todo, la importancia que adquiere la mirada de los demás”, señala.
Cuando son más pequeños, le damos mucha importancia a los cambios de etapa, por ejemplo de infantil a primaria, pero cuando son adolescentes a veces les ponemos la etiqueta de ‘mayores’ y no pensamos tanto en cómo acompañarles
La clave para acompañarles sin invadirles es, según Galán, entender su momento vital y sus necesidades reales. “Esta es una de las grandes paradojas de la adolescencia: empiezan a separarse de nosotros justo cuando todavía nos necesitan muchísimo. Pero nos necesitan de otra manera”, asegura. Y elabora esa idea: “Quizá ya no quieren que los llevemos hasta la puerta del instituto, que les preguntemos absolutamente todo o que intervengamos inmediatamente ante cada problema. Eso es sano: están construyendo su autonomía. Acompañar ahora significa respetar sus silencios, asegurándonos de que ellos sepan que pueden contárnoslo todo si algún día lo necesitan”, afirma.
Justo eso es lo que hacen los padres de Paula. “Yo sí siento que mi madre y mi padre me están apoyando. Pero a veces salgo de clase cansada o enfadada y no me apetece hablar, y les pido que me dejen tranquila. Me gusta que en ese momento me den espacio y privacidad sabiendo que podemos hablar en otro momento que me apetezca más”, explica la adolescente. También reconoce que a veces le gusta que le vuelvan a preguntar: “Significa que se preocupan por mí y eso me hace sentir bien”.
Esta es una de las grandes paradojas de la adolescencia: empiezan a separarse de nosotros justo cuando todavía nos necesitan muchísimo. Pero nos necesitan de otra manera
El cambio como oportunidad
El psicólogo Fran Jódar, experto en adolescencia, también pone el foco en la importancia del entorno y la necesidad de ayudarles desde otro lugar. “Si les preguntamos si necesitan algo, siempre nos dirán que no, pero la realidad es que nos necesitan más que nunca porque ya pueden dar pasos importantes, pero aún tienen la brújula existencial descalibrada”, asegura. Para él, este cambio de etapa puede vivirse desde un enfoque más positivo. Si se afronta bien, puede ser “una nueva oportunidad para encontrar su lugar en el mundo, encontrar sentido a su vida y ver un horizonte en el que imaginarse formando parte de esta sociedad, aportando algo útil”, afirma este experto.
Iván es padre de un adolescente que empezó el año pasado la secundaria, por lo que recuerda perfectamente cómo fue ese momento. “¡Vaya cambio!”, comienza este padre. Su hijo consiguió plaza en el centro de referencia del barrio, por lo que empezó la nueva etapa junto a sus amigos del colegio. “Eso te da tranquilidad, porque iban todos juntos en el autobús y de alguna manera estaban más arropados”. En su familia intentaron acompañar la transición de la mejor manera posible. “Le apoyamos como intentamos hacer con todo: dándole confianza, haciéndole saber que estamos para lo bueno y para lo malo y preguntándole poquito a poco, intentando no invadir su espacio”. También recuerda el primer día de instituto, cuando le acompañaron al centro, y cómo a partir de ahí empezó a desplazarse él solo en autobús: “Los nervios no se te pasan, pero poco a poco te vas acostumbrando a la situación y dando espacio a lo nuevo”.
Puede ser una nueva oportunidad para encontrar su lugar en el mundo, encontrar sentido a su vida y ver un horizonte en el que imaginarse formando parte de esta sociedad
María, madre de un chico y una chica adolescentes, también recuerda con nitidez el cambio de etapa. “Los dos han tenido muchas ganas de ir al instituto; estaban muy ilusionados y a la vez muy nerviosos. Pero lo vivieron de formas diferentes: mi hijo se sintió muy mayor, el hecho de ir solo hasta allí y poder desenvolverse en un entorno nuevo le hizo sentirse capaz. Pero a mi hija le costó mucho más adaptarse, se sentía muy pequeña. Cuando llegaba a casa me decía: ‘Mamá, ¡hay gente con barba!’”, recuerda entre risas. A día de hoy, superada la etapa de adaptación, cree que el cambio ha sido para ellos “muy beneficioso”. “Les ha venido fenomenal, tanto a nivel académico como relacional, han madurado mucho. Se libraron de la etiqueta que traían asignada del colegio (el gracioso, la problemática, el chulo…) y pudieron elegir quiénes querían ser en el instituto”, reflexiona.
La pediatra Lucía Galán propone buscar nuevos puntos de encuentro con ellos y ellas: “Yo insisto mucho a las familias en cuidar los pequeños espacios cotidianos: comer juntos, llevarlos en coche, interesarnos por sus amigos sin interrogarlos… Muchas de las conversaciones trascendentales con un adolescente no empiezan con un ‘tenemos que hablar’, sino que aparecen cuando hemos construido previamente un lugar seguro al que pueden volver”, explica. Según van creciendo, los amigos van ganando espacio en su vida y los padres pueden sentirse desplazados. “Pero no nos sustituyen, nos recolocan. Dejamos de ser el centro para convertirnos en la base”, afirma la pediatra.
Tras su primer contacto con el instituto, dos días después de empezar las clases, Paula siente que todavía no ha conseguido hacer amigos, lo que a ella más le preocupaba. Echa de menos a sus compañeros del colegio. Lo que sí le gusta: “El centro, las instalaciones y los profesores”. “Sé que cuando pasen unos días todo irá mejor. Pero poco a poco”, concluye la adolescente.
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