Dentro del traslado a pie de 800 migrantes a un centro de acogida de Ceuta: “Por fin salimos de la calle”
Entre el mosaico de mantas y siluetas que cada noche cubrían las aceras de las proximidades del embolsamiento de Loma Colmenar (Ceuta), las primeras cabezas se destapaban en busca de respuestas. El rugido de una larga hilera de furgones policiales empezó a despertar a los migrantes que desde hace semanas dormían a la intemperie junto a unuo de los campamentos levantados por el Gobierno en la ciudad autónoma. Un joven avisaba a su amigo tumbado de su derecha que, a su vez, despertaba al compañero de detrás. En efecto dominó, las caras de desconcierto se multiplicaban: “¿Esto es por nosotros?”, preguntaba un joven marroquí mientras doblaba una manta a toda prisa. “¿Nos llevan a un centro o a Maruecos?”.
Así arrancó la primera de una serie de reubicaciones -después de las primeras realizadas desde la playa del Trampolín hace semanas- con las que el Gobierno central, 45 después de la crisis migratoria, pretende alojar a otra parte de personas migrantes que aún malviven en las calles de Ceuta que aún mantiene la crisis humanitaria e incrementa la sensación de inseguridad entre la población local. El operativo de este domingo logró trasladar al campamento de la barriada de Rosales a 839 personas que pernoctaban en el barrio de Loma Colmenar. La presencia de cientos de personas en sus calles -llegaron a ser más mil en otros momentos- tensionó la convivencia en la zona y despertó las protestas vecinales.
No tardó en llegar la respuesta a las preguntas de los migrantes recién despertados. Abdellah, un trabajador de la ONG Cepaim, se acercó a distintos grupos de migrantes para explicar la razón de la presencia de media docena de furgones policiales a su alrededor: empezaba su reubicación a uno de los nuevos campamentos de estatales levantados por el Gobierno en Ceuta para acoger e identificar a los miles de migrantes que aún malviven en las calles de la ciudad 44 días después de la entrada masiva. El objetivo final es el retorno de todas las personas cuya petición de asilo -en caso de solicitarlo- sea denegada, según ha asegurado el ministro de Política Territorial, Ángel Víctor Torres.
Con la mirada somnolienta y aún sin entender nada, Reda siguió a la masa de personas que corrían para colocarse entre los primeros que esperaban indicaciones policiales. Acumulaba tres semanas de frías noches en Loma Colmenar y no quería dejar escapar la posibilidad de dormir en un lugar seguro. Tanto corrió que olvidó una mochila negra con las pocas pertenencias que aún conserva, mientras la sombra de la desconfianza aún le inquietaba: “¿Seguro que no nos van a llevar a Marruecos? Tengo mucho miedo. No puedo volver”.
Escucharon unas palabras que ya entienden: “Vamos, vamos”. Temían las otras, las que más odian (“fuera, fuera”), pero esas no llegaron esta vez. Los agentes concentraron a más de 800 personas en la carretera y, tras ocupar todo el ancho de esta, ordenaron el inico de su marcha. El operativo consistía caminar desde el punto donde se encontraban hasta alrededor de algo más de un kilómetro, entre cuestas y algunas callejuelas estrechas de la barriada próxima a su destino: Rosales, en concreto el barrio de La Reina, donde les esperaban una decena de carpas repletas de literas con capacidad para 864 personas.
La imagen del trayecto, a pie, con cientos de personas migrantes concentradas muy cerca unas de otras, dando pasos bajo las órdenes de agentes policiales (que en ocasiones utilizaron de manera puntual sus defensas), proyectaba cierta imagen de deshumanización. Pero caminar era, según fuentes del Ministerio de Inclusión, Migraciones y Seguridad Social, la opción más segura y factible. Por un lado, cuentan, la concentración de un número de autobuses suficientes para trasladar a más de 800 personas podría retrasar la operación y arriesgar su seguridad. Por otro, ir a pie a primera hora de la mañana generaba cierta sensación de control en un contexto de pánico surgido entre los migrantes ante cualquier posibilidad de retorno forzado a Marruecos. “Si les llevamos en autobuses podían creer que van a la frontera y aumentar el nerviosismo. Así, andando, sabían que podían salir del grupo si no se fiaban”, explican fuentes ministeriales.
El grupo comenzó a andar bajo las directrices policiales en torno a las 7:30 de la mañana y llegó a su destino unos 40 minutos después. Sin apenas incidentes, los jóvenes ubicados en primera línea del grupo recibieron repetidos golpes por parte de la Policía Nacional cuando se acercaban demasiado al perímetro establecido por los uniformados. Uno de los chavales miraba a su alrededor con desesperación y pedía a sus compañeros de detrás que no empujasen. Él, agarrado al resto de compañeros de la primera fila, trataba de mantener el equilibrio y el lugar indicado, pero la enorme cantidad de personas acumuladas a sus espaldas se lo impedían. Y él recibía el castigo.
Pese a estos momentos y la desesperación de los jóvenes más golpeados, los agentes desplegados controlaron el trayecto en todo momento y no realizaron un uso de la fuerza desproporcionado. La priemra parte del operativo de reubicación sin incidencias a su llegada al campamento temporal, acondicionado con 864 plazas. Vislumbrar las carpas blancas tranquilizó a los cientos de migrantes que llegaban, algunos cansados y estresados, al lugar donde por fin podrán descansar sin el riesgo a ser golpeados o expulsados sin un procedimiento previo. Muchos de ellos, descalzos y con los pies doloridos, se sentaron a la espera de nuevas indicaciones, como han denunciado adultos y menores retornados en testimonios recogidos por elDiario.es.
El operativo aún no había finalizado: la Policía sentó en el suelo a la gran masa de personas en grupos más reducidos, de unos diez migrantes cada uno, y poco a poco permitía su acceso al centro. Tras la berja estaba el personal de CEPAIM, ONG encargada de la gestión del centro estatal responsabilidad de Inclusión. Tras el cacheo de cada uno de ellos, el personal de seguridad tiraba la mayor parte de las pertenencias de los migrantes, como la ropa, el agua, las mantas o la comida. “Por fin salimos de la calle”, decía un joven mientras estaba a punto de entrar al campamento. Otro reconocía estar muy cansado tras un mes y medio malviviendo en la calle. “Espero que ahora sea mejor”, añadía. Mientras, se escuchaban repetidos aplausos desde el interior de las carpas.
Próximos pasos
Ahora, los migrantes concentrados en otros de los grandes asentamientos informales (como el campo de refugiados improvisado de la playa del Trampolín, las chabolas de las naves del Tarajal) aguardan despertar pronto con un dispotivo similar. También esperan con impaciencia una plaza de acogida los jóvenes marroquíes desperdigados por las calles de barriadas de la periferia, como la de El Príncipe, Rosales o Jadú. Según el ministro Ángel Víctor Torres, con funciones de mando único, el objetivo es completar los demás traslados en “los próximos días”. De momento, el otro gran espacio estatal donde le Ejecutivo planea recibir y filiar a los migrantes que permanecen en la calle es el campamento ubicado en el puerto de Ceuta, cuya instalación ha generado protestas vecinales. Después de no haber recibido la luz verde del Gobierno local de Juán Vivas, el Ministerio de Transportes tomó el control del puerto y ordenó la instalación de dos campos, con una capacidad de unas 1.700 plazas.
Este sábado, varios obreros trabajaban contracorriente en la instalación del suelo de una de ellas, pero aún quedaba levantar dos carpas más en el espacio más grande del terreno destinado en el puerto para recibir a los migrantes. “Quedan dos carpas más”, dijeron los empleados a elDiario.es. Se espera que, en cuanto finiquiten su construcción, el Ministerio de Inclusión prepare un dispositivo similar para desalojar algunos de los grandes asentamientos de migrantes que permanecen en Ceuta un mes y medio después de la llegada de más de 70.000 migrantes a la ciudad.
Mientras se aceleran los traslados de adultos migrantes a los centros estatales, los centenares de menores solos que continúan en situación de calle siguen sin reibir un lugar seguro donde ser acogidos. Pese a que la normativa obliga a la Ciudad de Ceuta a asegurar la protección de cualquier niño sin la compañía de un adulto, la presencia de niños en los asentamientos informales es constante. Mohamed se enteró de la apertura de un nuevo centro estatal en Rosales y corrió a tratar de pedir su entrada, pero ya estaba lleno. Además, se trataba de un centro exclusivo para adultos. “¿Solo pueden entrar los mayores?”, preguntaba el chaval. Pero, ¿qué pasa con los menores?“. Nadie a su alrededor supo contestar.
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