La psicóloga Amparo Calandín explica las claves para trabajar la empatía: “Mejora prácticamente todas nuestras relaciones”

La empatía es un ‘puente emocional’ que nos permite percibir y comprender lo que siente otra persona.

Marta Chavarrías

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Mucho de lo que nos define como humanos es la manera en que interactuamos y nos relacionamos con los demás. Pero a muchos nos cuesta entender las decisiones, opiniones o ciertas actuaciones de otras personas. A veces, nos preocupa que nuestros actos no sean comprendidos, nos frustra que nuestros amigos y familiares no vean las cosas desde nuestra perspectiva o nos cuesta entender cómo alguien puede actuar de determinada manera. 

Este sentir está relacionado con el grado en el que nos comprendemos unos a otros. Podríamos pensar que, para que sea así, necesitamos conocer lo que la otra persona está viviendo. O que se necesita una experiencia personal compartida. Sin embargo, uno de los requisitos para la comprensión es la empatía, la habilidad de compartir la perspectiva de otra persona sin haber vivido necesariamente la misma experiencia personal. 

Empatía, la habilidad que nos permite ponernos en el lugar de otros

“La empatía nos permite intentar comprender lo que la otra persona está sintiendo, pensando o viviendo desde su realidad, no desde la mía”, explica Amparo Calandín, psicóloga, que apunta un matiz importante: empatizar no significa estar de acuerdo, sino entender por qué alguien se siente de una manera determinada y aun así pensar diferente. De ahí que sea clave para conectar más y mejor con los demás.

Ser capaz de percibir las emociones de los demás y apreciar cómo se sienten, poniéndonos en su lugar para imaginar y sentir lo que ellos están pasando. Esto es ser empático. Pensar más allá de nuestra propia visión del mundo y reconocer que es probable que las personas racionalicen y actúen de manera distinta a como lo haríamos nosotros.

“Tampoco significa sentir exactamente lo mismo que el otro; se trata de poder salir durante un momento de nuestro propio mapa mental y preguntarnos: ‘¿cómo puede estar viviendo esa persona su situación con su mapa de vida, no con el mío?’”, explica Calandín. 

Algunas investigaciones creen que nuestro cerebro está programado para responder al sufrimiento ajeno. Este informe compara la empatía con un ‘puente emocional’ que nos permite percibir y comprender lo que otra persona está experimentando, lo que puede traducirse en una mayor propensión a ayudar a los demás. 

Otras investigaciones han demostrado que, cuando somos empáticos, se activan las partes de nuestro cerebro encargadas de interpretar nuestro propio dolor emocional y físico, por lo que somos capaces de comprender y compartir las emociones de los demás procesándolas con nuestro propio sistema emocional. 

Personas empáticas: escucha activa, sin juicios, pero con límites 

Para algunas personas, ver a otra sufrir y reaccionar con indiferencia o incluso cierta hostilidad resulta incomprensible. Pero el hecho de que algunas personas reaccionen de esta manera demuestra que la empatía no necesariamente es una respuesta universal ante los sentimientos ajenos.  

“Una persona empática tiene muchas características, pero la más destacada es la de saber escuchar de verdad, la de estar con una escucha activa de lo que el otro dice”, afirma Calandín. Una persona empática no solo presta atención a lo que el otro dice, “sino también a cómo lo dice, qué emociones hay detrás, a lo que pueden necesitar en ese momento”. Una persona empática, por tanto, es alguien sensible a las emociones ajenas, es instintiva y está conectada con el estado emocional de los demás. 

Esa persona, explica la psicóloga, “intenta no precipitarse juzgando a los demás, pregunta antes de sacar una conclusión, valida las emociones del otro, no las invalida, no le dice cómo se tiene que sentir ni juzga cómo se está sintiendo y entiende que dos personas pueden vivir una misma situación de formas diferentes porque hay otras maneras de ver la vida”. Por tanto, si lo que queremos es conectar empáticamente con los demás, debemos dejar de lado los prejuicios. 

“Añadiría algo que a veces se nos olvida: la persona empática también sabe poner límites, es decir, empatía no es responsabilizarte de las emociones de todo el mundo (eso se llama simpatía), ni justificar cualquier comportamiento o anteponer constantemente las necesidades de los demás a las tuyas”, aclara Calandín.

Encontrar un equilibrio, la clave para usar la empatía a favor de nuestro bienestar

La empatía impacta en nuestra vida cotidiana de varias formas. Es uno de los pilares básicos de la comunicación y de las relaciones. “Mejora prácticamente todas nuestras relaciones, ya sea de pareja, familia, amistad o de trabajo porque nos ayuda a comunicarnos mejor, reduce los conflictos y nos permite resolver de una forma más constructiva lo que inevitablemente va a aparecer”, afirma la psicóloga. 

Por tanto, la empatía construye conexiones sociales y nos permite forjar amistades, relaciones y alianzas, claves todas ellas para nuestro bienestar óptimo y para aumentar los sentimientos de felicidad y autoestima. Esto no significa que tengamos que crear un mundo irreal en el que no quepan discusiones, distintas interpretaciones y varios puntos de vista sobre una misma cosa. 

“Es normal que aparezcan conflictos o puntos de vista distintos y muchas discusiones no se producen porque las personas piensen diferente sino porque ninguna siente que la otra está intentando comprenderla”, aclara Calandín. No siempre estaremos de acuerdo con otras personas. Y aquí radica buena parte del poder de la empatía: “Nos genera confianza en nosotros mismos, al aumentar la autoestima, y también con los demás porque sentimos que podemos expresar algo sin ser juzgados, corregidos o humanizados, facilita mucho la conexión emocional”, matiza Calandín. 

La clave está en encontrar un equilibrio que nos permita “comprender al otro sin desaparecer nosotros de la ecuación”, explica la experta.

¿Se puede ‘entrenar’ la empatía?

La empatía nos permite ver el mundo como lo ven los demás, pero no podremos ponernos completamente en el lugar del otro sin esforzarnos por comprender su perspectiva. Y esto podemos trabajarlo. “La empatía no es simplemente algo que tenemos o no, es una habilidad que podemos entrenar”, reconoce Calandín.  

“Podemos empezar por cosas muy sencillas, como escuchar sin interrumpir”, afirma la experta, ya que la escucha activa nos abre mental y emocionalmente a la otra persona. Puede ayudar a generar confianza, ganar respeto y fortalecer las relaciones. Calandín también nos habla de hacer preguntas con tacto, con la intención de comprender cómo se siente la otra persona “antes de dar nuestra opinión, así como comprobar si hemos entendido bien lo que nos están contando, para aprender a identificar y poner nombre a las emociones”. 

Preguntar con tacto significa “cambiar una pregunta en lugar de pensar automáticamente por qué hace eso, ya que muchas veces lleva implícito un juicio. Podemos preguntar qué puede estar haciendo que esa persona actúe así, no intentar buscar más en el contexto”. Es clave aprender a ser consciente de nuestros prejuicios, que muchas veces controlan nuestros pensamientos y opiniones sobre los demás y, a su vez, afectan nuestras acciones. 

Otra herramienta poderosa para trabajar la empatía es la validación, reconocer la perspectiva de la otra persona sin imponer nuestros propios juicios sobre lo que está bien o mal. Pero, si hay algo que realmente puede ser útil es, según Calandín, “intentar formular la postura de la otra persona de una manera con la que ella misma pudiera estar de acuerdo antes de responder en una conversación difícil”. No se trata de darle la razón, sino de asegurarnos que la hemos entendido. Para Calandín, “cuanto más practicamos la empatía, más fácil será incorporarla a nuestra manera de relacionarnos”.

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