El fuego que aún arde en la voz de Pablo Guerrero
Para Manuel Cañada, educador social, dirigente político y sindical, como para tantas personas de su generación, Pablo Guerrero ha sido una referencia esencial: sus canciones, su honestidad y su coherencia forman parte de una biografía política, cultural y sentimental compartida. Sin embargo, Porque amamos el fuego de la editorial El viejo topo no nace de una iniciativa propia, sino de una propuesta directa del cantautor. A finales de agosto de 2019, tras una entrevista, Guerrero le planteó escribir un libro de conversaciones titulado Poesía contra la barbarie. La pandemia alteró aquel plan inicial y el artista le sugirió transformar el proyecto en una biografía. El regalo se convirtió en desafío.
Cañada recuerda que no siendo historiador ni crítico musical o literario temía no encontrar la voz narrativa adecuada, además del juicio del corporativismo cultural, “tan ladino” y selectivo. El libro se convirtió en un deber moral y también en un espacio de amistad. En diciembre de 2024 acordaron el título definitivo: Porque amamos el fuego, una alusión al fuego de Heráclito y Prometeo, al fuego de la naturaleza y al de la emancipación humana. Pablo Guerrero fue quien disolvió sus temores con su sobria sabiduría y su magisterio silencioso: “El maestro es el que posee sabiduría porque la ha vivido, porque ha pasado por donde tú pasas”.
El resultado es un híbrido entre biografía y conversaciones que la periodista María Pachón definió como un “territorio de frontera” que busca la comprensión antes que la información. El libro se adentra en la vida cotidiana del cantautor: la claridad de los ventanales de su casa, el ambiente del Bar de los Poetas, sus paseos por la Dehesa de la Villa, la música que escuchaba, los libros que le acompañaban —de Borges, Claudio Rodríguez o Tranströmer a Cristina Peri Rossi, Beatriz Blanco o Basilio Sánchez—, su sentido del humor, sus silencios generativos, su retranca frente al poder y sus opiniones sobre las corruptelas en Madrid o el genocidio en Palestina.
Cañada subraya también la lucha de Guerrero contra la rutina y las etiquetas. El cantautor llegó a coger ojeriza a sus propias canciones de éxito y estuvo quince años sin cantar A cántaros, hasta que un amigo se lo pidió para el funeral de su mujer. El libro recorre sus etapas musicales y las crisis creativas que las acompañaron: del triunfo en Benidorm en 1969 al Olympia de París en 1975 y al Festival de los Pueblos Ibéricos en 1976; de la investigación sonora junto a La Orquesta de las Nubes, Suso Saiz, Cristina Lliso, Los Esclarecidos o Javier Álvarez al 'Pablo-Cohen' de Plata y al Pablo doméstico que canta a los mundos de andar por casa junto a Luis Mendo.
Uno de los empeños del libro es sacar de la clandestinidad su obra poética: dieciocho libros que combinan lo sagrado y lo solidario, y que reivindican la poesía como chispa humana en tiempos de crisis del capitalismo. La obra de Guerrero se contextualiza históricamente: el cantautor como “respiración semántica de la comunidad”, testigo o síntoma de su tiempo. En 1992, frente a la euforia de la Expo y las Olimpiadas, Guerrero publicó Toda la vida es ahora, un disco zen que cantaba a Lisboa y a los lobos sin dueño. En 2013, en plena crisis y en sintonía con los movimientos indignados, compuso Golpe de sombra.
El libro incorpora también a sus compañeros de camino: Nacho Sáenz de Tejada, Elisa Serna, Hilario Camacho, Imanol, Luz Casal o su banda. Incluye fotografías de Enrique Cidoncha, reseñas de Santos Domínguez y Diego Doncel, un artículo de Pilar Lucía —quien transcribía canciones para la censura— y tres textos finales de Alfons Cervera, Clara López y Antonio Guerrero.
El proceso de investigación se ha basado en la lectura y escucha completa de su obra y en la bibliografía y discografía de la canción de autor, además de entrevistas con su entorno cercano: su hermano Antonio Guerrero, Enrique Cidoncha, Santos Domínguez, María Barrionuevo, Eduardo Pérez de Carrera, Javier Frías, Clara López y músicos como Olga Román, Miguel Ángel Gómez Naharro, Javier Arroyo, Santi Vallejo, Fran Espinosa o Luis Mendo. El principal nutriente fueron las conversaciones demoradas con Pablo Guerrero durante seis años.
Extremadura y Charo
Extremadura ocupa un lugar central en el libro. “Yo sólo he hablado de dos cosas en mi obra, de Charo y de Extremadura”, dijo el cantautor. Su tierra atraviesa toda su obra en tres miradas: el ruralismo inicial influido por Reyes Huertas, Chamizo o Gabriel y Galán; la denuncia social y política que rompió con la 'Extremadura museística' para señalar el caciquismo, la emigración y participar en luchas como la oposición a la Central Nuclear de Valdecaballeros; y el retorno al paraíso de la infancia, donde el paisaje se convierte en refugio y contemplación. Sus poemarios rebosan paisajes de La Serena y La Siberia, y su música incorpora la memoria campesina, las heridas de la guerra civil, la emigración y la naturaleza como raíz y conciencia. Guerrero mantuvo siempre un equilibrio entre la fidelidad a su tierra y la vocación universal: “Un hombre que ama a su tierra tiene que amar a todas las tierras”.
Cañada destaca tres enseñanzas del legado de Guerrero: la generosidad y la humildad radical; la síntesis entre ternura y rebeldía, sensibilidad y ética; y la invitación a descubrir una obra poliédrica que va mucho más allá de A cántaros. Los episodios más impactantes del proceso fueron la muerte de Charo, compañera de vida durante más de cincuenta años, y la posterior enfermedad y fallecimiento del propio cantautor. Cañada recuerda a Pablo, desolado, cantando entre lágrimas: “Desde la tierra a la estrella / andas sin borrar tus huellas. / Desde el río al mar lejano / queda sujeta a mi mano”.
De cara al futuro, el escritor aspira a contribuir a la difusión de su obra poética y a llevar sus canciones y poemas a escuelas, institutos y universidades. Aunque el reconocimiento profesional a su obra musical es unánime, Guerrero no contó con el apoyo institucional que merecía y sufrió el ostracismo impuesto a la canción de autor desde los años ochenta. Su influencia en generaciones posteriores es enorme: Javier Álvarez, Ismael Serrano, Fran Espinosa, Clara Ballesteros, Manuel Cuesta, Javier Bergia, Javier Batanero, Javier Ruibal, Cristina Narea, Luis Farnox, Javier Paxariño, Javier Muguruza, De Pedro, Rozalén, Alfonso Gardi, Marwan, María José Hernández, Pablo Sciuto, Javier Maroto, Ángel Petisme o Marta Espinosa, además de referentes extremeños como Miguel Ángel Gómez Naharro, Acetre, Jueves Negro, Aulaga Folk, Paco de Borja, Duende Josele, Víctor Asuar, Manuel Bravo, Celia Muriel o Javier Fernández.
Y es que Cañada reconstruye en Porque amamos el fuego la vida íntima, poética y rebelde de Pablo Guerrero, y al hacerlo levanta también un espacio donde la emoción se vuelve materia de memoria. En ese territorio compartido, el cantautor aparece no sólo como creador, sino como alguien que vivió con una delicadeza que no hacía ruido: la manera en que escuchaba, la forma en que cuidaba las palabras, la luz que dejaba entrar en su casa, la paciencia con la que acompañaba a quienes se acercaban a él, sobre todo a los más jóvenes. El libro recoge esa presencia sin solemnidad, con la respiración lenta de las conversaciones que se alargan porque nadie quiere que terminen. Y en ese clima, lo que emerge no es un mito, sino un hombre que sostuvo la belleza al que era adicto incluso cuando la vida se le volvía áspera, que buscó siempre un gesto de bondad para no endurecerse, que entendió la creación como una forma de entrega. Hay en estas páginas una intimidad que se ofrece sin exhibirse: la certeza de que Pablo Guerrero vivió como si cada día pudiera ser un lugar donde aprender a mirar mejor, a escuchar mejor, a querer mejor. Y esa forma de estar en el mundo —tan silenciosa, tan firme— es quizá el legado más profundo que este libro deja en quien lo lee.
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