Descubierto en 1956, este dolmen de forma ovalada albergaba 13 losas y un rico ajuar

El dolmen tuvo un uso continuado en tres fases: Calcolítico, Edad del Bronce y una última reutilización en la Edad del Hierro

Alberto Gómez

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Considerado por expertos en arqueología como uno de los monumentos más emblemáticos del megalitismo en Rioja Alavesa, el dolmen de El Sotillo fue levantado en un destacado altozano junto a la antigua carretera entre Samaniego y Laguardia, en el municipio alavés de Leza. Descubierto formalmente en 1956 tras los trabajos del investigador Domingo Fernández Medrano, este hallazgo abrió una ventana excepcional hacia los ritos funerarios prehistóricos de Álava. La relevancia de este sepulcro radica no solo en su notable antigüedad, sino también en el valioso testimonio que ofrece sobre las primeras sociedades sedentarias que poblaron las tierras bajas de la cuenca mediterránea.

Desde el punto de vista arquitectónico, El Sotillo responde a la tipología clásica de sepulcro megalítico de corredor, protegido por un imponente túmulo de tierra y piedra de 18 metros de diámetro. La cámara sepulcral principal presenta una cuidada planta ovalada de 3,30 metros por 2,90 metros, delimitada verticalmente por grandes bloques de piedra arenisca local. Este espacio funerario se conecta con el exterior a través de un estrecho corredor de acceso de 60 centímetros de ancho, diseñado para permitir el depósito continuado de inhumaciones y ofrendas durante generaciones.

La estructura del monumento está configurada en su totalidad por 13 losas de piedra, de las cuales nueve componen la cámara ovalada y las cuatro restantes definen el corredor de entrada. En el momento de su descubrimiento oficial en 1956 solo asomaban seis de los bloques sobre el terreno, ya que algunos habían sido rebajados intencionadamente en la antigüedad para clausurar el recinto. La excavación arqueológica completa del yacimiento fue llevada a cabo en el mes de julio de 1963 por los especialistas José Miguel de Barandiaran, Domingo Fernández Medrano y Juan María Apellániz, quienes consolidaron el terreno y permitieron reconstruir la disposición original de sus piedras.

La estructura del monumento está configurada en su totalidad por 13 losas de piedra, de las cuales nueve componen la cámara ovalada y las cuatro restantes definen el corredor de entrada

Durante las minuciosas intervenciones arqueológicas en la cámara y el corredor se recuperó un rico ajuar funerario compuesto por piezas de un extraordinario valor histórico y tipológico. Entre las herramientas líticas destacan seis puntas de pedúnculo y aletas, cuatro trapecios fabricados en sílex pertenecientes al Neolítico final, un raspador, 18 láminas y un núcleo de piedra. Asimismo, el conjunto de ofrendas incluía un fragmento de hacha pulimentada, un singular brazal de arquero de piedra y una elaborada punta de hueso, lo que evidencia el alto nivel técnico de los artesanos prehistóricos y la diversidad de objetos destinados a acompañar a los difuntos.

Junto al instrumental de piedra, el repertorio material hallado en El Sotillo incluye piezas metálicas compuestas por un punzón, una punta de pedúnculo y un pasador elaborados probablemente en bronce. Destaca asimismo el hallazgo de valiosos fragmentos de cerámica campaniforme del estilo Ciempozuelos, correspondientes a la reconstrucción parcial de un vaso, dos cuencos y una cazuela de fina elaboración. La presencia de estos recipientes cerámicos y útiles metálicos confirma el uso del dolmen durante el Calcolítico o Edad del Cobre, evidenciando los contactos culturales e intercambios comerciales de los pobladores de la comarca con otras regiones peninsulares.

Grandes migraciones

El recinto funerario albergaba los restos óseos de un total de trece individuos inhumados directamente sobre la superficie de la cámara a lo largo de sucesivas generaciones. Un reciente estudio de ADN nuclear realizado en la Universidad de Harvard reveló que uno de los individuos enterrados en la Edad del Bronce poseía el haplogrupo genético del pueblo nómada Yamna, originario de la región del Cáucaso y del mar Caspio. Este extraordinario descubrimiento científico constituye la prueba fehaciente de que descendientes de las grandes migraciones del este de Europa llegaron y habitaron activamente en la Rioja Alavesa durante la Prehistoria.

Las 13 dataciones por radiocarbono realizadas en laboratorios especializados confirman que el dolmen tuvo un uso continuado dividido en tres fases principales: Calcolítico, Edad del Bronce y una última reutilización en la Edad del Hierro hace 2.740 años. Esta prolongada secuencia cronológica demuestra que El Sotillo conservó su carácter sagrado y su condición de morada eterna durante milenios. En la actualidad, la correcta preservación y el respeto hacia este patrimonio megalítico resultan fundamentales para mantener vivo el recuerdo de aquellas comunidades que poblaron esta tierra.

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