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Crónica

Kiki Morente, Lagartija Nick y 'Omega' en el Generalife: la muerte como victoria

El cantaor Kiki Morente con el grupo Lagartija Nick en el 30 aniversario del disco 'Omega', este sábado en los Jardines del Generalife
30 de agosto de 2026 21:58 h

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Vive Morente leo en un dibujo en una pared frente al bar Provincias donde entro a tomarme dos cañas furtivas y camino del siguiente bar veo el rostro de Lorca sonriente en la bolsa de tela colgada del hombro medio rojo por el sol de una turista que no sonríe y en el tren que me trae a la ciudad y al pasado, pues los trenes que nos llevan a las ciudades donde nacimos emprenden dos viajes, en ese tren veo la silueta de la Alhambra y arriba el Generalife apuntados bajo un sol tímido que estallará a media tarde como una supernova.

Granada ha temblado durante semanas, agitada como está por la muerte y los muertos que no descansan desde el lejano 1936, manchadas las tapias de sangre que nadie ha limpiado. Esa es la sangre que alimenta la ciudad, un río como de óxido debajo del río tapado por el asfalto. Esta es la ciudad de los muertos y el rey de esos espectros es Lorca, al que se va a conjurar esta noche en una ceremonia que otros llaman concierto en la que sobrevolarán fantasmas y presencias y espíritus, el de Leonard Cohen, el de Jesús Arias, el de Enrique Morente. Las canciones salían entonces, éramos niños casi, no éramos hombres, de un cd comprado con el dinero malahorrado de poner copas en el bar donde una noche conozco a Antonio Arias, dos, tres años después de lo que él llama el tsunami o quizá no usa esa palabra y mi memoria la sustituye por la que usó, el tsunami al que sobrevivió y yo lo llamé victoria pírrica y a él le gustó ese término.

Espera la noche en el Generalife donde se cierra la residencia de tres días de la gira aniversario de Omega en la que Kiki Morente toma el lugar de su padre y se pone al frente de una banda de cantaores palmeros guitarristas percusionistas y Lagartija Nick y al girarme para buscar el rostro de mis amigos Alonso y Alba con los que subo siento mi vieja camiseta de Slayer quedarse enganchada, treinta años antes, en un agujero que alguien ha hecho en la verja de Feria de Muestras de Armilla para que nos colemos al Espárrago Rock y nos colamos porque tampoco podríamos haber pagado las entradas y venimos a ver a Morente con los Lagartija que andan paseando el estrenado Omega y allí antes del concierto bebemos, bebíamos, calimocho malo calentorro y aprendimos que la muerte anda siempre cerca, olisqueando y cuando escuchamos a Enrique cantar tú vienes vendiendo flores, tú vienes vendiendo flores, las tuyas son amarillas, las mías de tos colores, alguien dijo aquella tarde de abril, recuerdo el miedo que me recorrió, alguien dijo que el amarillo era la muerte para Lorca. Omega nos enseñó a morir y esta noche y aquella tarde coexisten en el tiempo último con los ojos cerrados por la muerte futura.

Consigo una lata de Alhambra en los camerinos antes de que empiece todo, un abrazo rápido al guitarrista Juan Codorniú, elegante en su traje de rayas, un beso a Isa, siempre sonriente, entreveo al Popo, percusionista alto, pendientes de oro, colgantes, y allí está Estrella, más guapa que nunca y Kiki va imponente de negro y me gustan estos minutos previos, los nervios entre ellos del ratito antes, los abrazos, los golpes cariñosos, las confidencias, esa mezcla de timidez prudencia y amabilidad. Y salen al escenario, cercado por cipreses y nadie se le olvidará esta noche lo cerca que estamos del cementerio. El flamenco es una puerta que se abre desde dentro, decía Antonio, al que ahora no veo entre los demás, andará por ahí calentando, me acuerdo de algunas risas, claro, de la desconfianza, me acuerdo de que Omega es fruto de su empuje y sufrimiento y compromiso y la intuición de Enrique y Aurora, Enrique sonriente aquella otra tarde que es también esta tarde, en Armilla, con un punto guasón como siempre tenía, a la vez intenso y jondo y no se me olvida, cómo podría, que algunos, ellos saben quienes son, torcieron la cara ante el disco y los conciertos. Mirad debajo de las camas, os digo, o en el azogue de los espejos porque os espera algo escondido, fruto del impulso eléctrico que surgió de vuestro desprecio. Cada año crece y un día crece tanto que te devora las tripas y te ves desangrarte tú y tu desprecio de entonces.

Empieza la ceremonia en el Generalife y no sé si el tiempo transcurrido está delante o detrás, si me precede o me sigue, los recuerdos del futuro, adelantarse al pasado, Enrique Morente en Armilla hace treinta años, Kiki Morente aquí.

Los músicos de Lagartija Nick con máscaras, acompañados de Kiki Morente

Salen los rockeros, las máscaras blancas casi mortuorias los protegen de las miradas, los flamencos aparecen a un lado y otro, enlutados elegantes serios concentrados, primero conquistaremos Manhattan, canta Kiki, sigue Antonio, después conquistaremos Berlín. Se verán en la pantalla tras ellos soles ardientes lunas oscuras evocaciones fantasmagóricas de Enrique como interrupciones e interferencias, la aurora de Nueva York gime, cantan Enrique y Kiki, por las inmensas escaleras y luego Antonio, que es flamenco porque canta flamenco, agua que no desemboca y aparece Israel Galván, medias altas y tacones cresta de claveles, en nombre de los heterodoxos y los raros y su baile me recuerda que esta fue la música de los raros y los heterodoxos y un poco de los desposeídos y Kiki toma el centro del escenario, por derecho, los focos rojos, y canta Enrique y canta Kiki, quién te escribirá canciones de amor, aprendimos a querer el flamenco, y sigue el Kyrie Eleison y un Martinete nos lleva a Omega (Poema para los muertos) Enrique hablando a su madre, Kiki hablando a su padre, todos evocando la muerte y todos cantamos, no lo podemos evitar lo de no duerme nadie, por el cielo nadie, Enrique y Kiki cantan a la vez en dos tiempos que son el mismo tiempo, se superponen, Antonio a un lado y otro de los dos y sigue el toque fino elegante de Juan Habichuela Nieto, se escucha el grito de asesinao por el cielo y el Aleluya que evoca a los amores perdidos como si fueran muertos esta vez con los teclados de Jota Jota que adquieren una textura misteriosa, se canta por el desamor como si fuera una derrota final, la tierra por ser la tierra, se comerá mi dolor, se evoca el Alegato contra las Armas de Enrique y Kiki termina cantando aquellos versos que cantaron Lole y Manuel, Señor de los espacios infinitos, tú que tienes la paz entre las manos, derrámala Señor te lo suplico, y enséñales a amar a mis hermanos y el Pequeño vals vienés adquiere una tonalidad melancólica casi dulce, un beso inesperado, los labios calientes que nos recuerdan que seguimos vivos y que podemos bailar.

Omega es un juramento, dice Antonio en el escenario antes de que se despidan, y veo a Popo jalear, alto y alegre en ese canto de vida y muerte, y aparece Aurora y se echa una pataíta y su belleza tiene algo frágil, de la misma fragilidad de esta noche y puedo ver en el rostro de Kiki el rastro de una emoción que le cuesta contener y en Armilla al mismo tiempo treinta años antes Antonio canta una letra de Val del Omar, eléctrico éxtasis, movimiento continuo en alta frecuencia, eternamente en vuelo, suenan las guitarras duras y Enrique entra por tangos, gitana si me quisieras te compraría en Graná la mejor cueva que hubiera, y a un lado está él y al otro, en el Generalife está Estrella que irrumpe en el bis de Manhattan como irrumpía su voz en aquel disco y no nos hemos recuperado aún de haber escuchado su voz y se cierran dos cortinas rojas enormes que llegan hasta el cielo en dos tiempos y veo a Rocío llorando sin parar y qué mejor que derramar lágrimas aquí en la Alhambra, donde tanto se perdió.

Veintiocho años atrás salimos en silencio por la puerta principal de la feria de muestras de Armilla, sin que nadie se percate de que nos hemos colado, el agujero en la camiseta de Slayer, las zapatillas viejas siempre rotas llenas de polvo, de regreso al barrio, los bolsillos sin un duro como siempre, con algo de hambre, con sueño, entendemos ahora mejor la ciudad en la que nacimos, la ciudad que nos espera para morir. Giro la cabeza, de vuelta al presente si es que existiera el presente, me protegen los bosques de la Alhambra y volvemos, después de un abrazo rápido con Kiki y un ole y otro con Antonio, que se quita el sombrero. Camino junto a Mafo y Berta, un rato en silencio, con una sonrisa triste. Agradecido a los muertos por vencer.

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