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'El verano es una noche eterna de verano', por Fernando Navarro

Tu ciudad en agosto podría ser Granada.
22 de agosto de 2026 21:56 h

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Finales de Junio. Te despiertas. Nada más abrir los ojos tienes la piel bañada en un sudor pegajoso. Te tambaleas por el piso. Sientes el azulejo en las plantas de los pies y no está frío. Por el suelo anda tirada la ropa. Desgarrada, rota, vieja. Igual que la deja alguien que acaba de convertirse en lobo. Más o menos igual: has mutado con el verano. Si te miraras en el espejo no te devolvería el reflejo. El azogue se abriría paso conforme sonara un cante viejo en algún lugar del barrio. Abres las ventanas y aspiras el aire turbio. Empieza la noche en la ciudad. Será una noche de tres meses. Ahora eres de una raza nocturna que no duerme y no vive, que malvive, sobrevive, resiste el verano en un planeta pequeño que ha surgido de una brecha justo al lado de otro planeta y los seres que habitan en uno no habitan el otro ni se cruzan ni se conocen. Se verán si acaso de refilón, el rabillo del ojo y con desdén, ahí van esos.

Está claro.

No vas a dormir en todo el puto verano. Ya no hay días. Se acabaron los días.

La ciudad, te dicen te imaginas supones, se llena de guiris en sandalias porque solo los guiris llevan sandalias en ciudades que están lejos del mar, ciudades contaminadas en suelos fermentados por la fruta abandonada y la basura, pasto de las ratas y ojo con las ratas porque las ratas son hermanas, ellas buscan comida por las calles, se esconden de la luz y tú solo buscas beber algo y seguir en la tiniebla todo el tiempo que puedas.

Hermana rata, muerde a los guiris con sandalias y vuelve a la oscuridad.

Así que vale, tomas algo en una terraza y has renunciado a dormir, no pasa nada, ya dormirás cuando no se peguen las sábanas al cuerpo como un sudario, cuando vuelva a reinar la nieve en la sierra, como un Dios majestuoso que nos gobierna, cuando se vayan los guiris y piensas, claro, los guiris no piensan irse, han venido para quedarse, la ciudad ahora es más suya que del dios blanco de la montaña y han venido para quedarse y comprar todas esas casas y al final el país siempre tiene dueños y al final a los guiris les da todo igual, les da igual que durante el día alguien haya detonado una bomba nuclear y el cielo se llene de neutrones peligrosos y llevarán sandalias aunque la playa más cercana esté a varias horas o a varios días.

Un bocata y luego otro. Los viejos juegan a las tragaperras, las narices rojas de soplar, y los reconoces de tu raza nocturna peligrosa porque se acicalan solo cuando el sol se ha ocultado y quizá duerman borrachos de vermú o manzanilla y al tercer bocata, hala, te lanzas a la calle y alguien dice de coger un coche y conducir lejos, porque hay fiestas patronales en no sé dónde, en pueblitos de la costa o incluso más lejos y tú no le ves la gracia y no lo dices porque siempre dices que no le ves la gracia a cosas que los demás piensan que tienen mucha gracia y quieres dejar en paz a esa gente en sus pueblos y no ser más extranjero que del sol, del sueño y de ti mismo.

Y ahí estás en esa terraza que no es que te guste mucho pero a la que vas porque está en frente de una iglesia pintada de colores ocre que siempre te ha parecido extraña. Allí recuerdas otros veranos más cortos en los que en esa terraza estabas tú y otros como tú y nadie más. Ahora hay gente que hace fotos a cosas que no son para hacerle fotos y siguen las cañas y alguien dice que si vamos a ver a los Lagartija ensayar que van a estar de bolos todo el verano. Tienes ganas de ir a verlos y escucharlos y al final no sabes cómo o cuándo ha pasado y unos han cogido el coche y han tirado para la playa. La noche dura ya treinta días.

Entonces el plan es subir al Albaizín porque en verano hay flamenco bueno y barato en alguna parte. Cómo vea allí arriba a alguno de los de las sandalias de la plaga contaminante americana me largo y no vuelvo, lo prometo. Y para arriba que vamos, venga. Sigue haciendo calor, joder se me pega la ropa al cuerpo por más fina que sea la tela y ves un rato de flamenco, unos tangos, una soleá, unas alegrías y venga esos fandangos de Huelva. Al bajar de vuelta por esas cuestas mientras flotas sobre loscos, en esos recovecos que tiene el mes de julio, en los callejones y las esquinas llenas de pintadas piensas que el verano no está tan mal porque se puede vivir siempre de noche y sin dormir. Y sabes que por mucho que hablen de ella, te llegan rumores, palabras, no existe ya la luz del sol.

Te preguntas cuándo llegará agosto y al final mientras comes un helado de limón y naranja y limón, especial cítricos lo llamabas, pasa gente maqueada como en una boda. Te acuerdas, claro, van a uno de los conciertos del Festival que se lleva haciendo desde hace cien mil años en la Alhambra. Ni una vez has podido ir porque no has tenido nunca un puto duro para esas cosas y le tienes manía a los pijos que pueden ir, y al Festival y al periódico de la ciudad y a todos los que aplauden a los músicos y tú quieres que te aplaudan a ti que tocas el piano de oído y solo piezas inventadas.

Entonces sabes que esas noches de Granada de esa gente maqueada son distintas a tu noche eterna de sangre en las paredes. Son noches ordenadas y limpias, y nadie suda y si sudan el sudor huele a colonia fresca y como no duermes ni vives en tu piso porque solo vives de noche una noche eterna granaína, no te da tiempo a maldecir por el ventilador que remueve el aire caliente que huele a todo menos a colonia fresca.

Abres los ojos en el asiento trasero de un coche más o menos maltrecho que cruza a deshoras la carretera sinuosa que lleva a la sierra. Las luces de los faros en el asfalto son amarillas y la carretera es negra y los árboles verdes a un lado y a otro. Qué ha sido eso, dices para ti sin gritar o gritando por dentro: te ha parecido ver algo alguien que te mira en el corazón del bosque. Se lleva las manos alargadas y las uñas a los labios y hace el gesto que se hace para que no digas nada y tú, claro, no dirás nada. Al llegar a la sierra después de curvas y curvas y con el cuerpo congelado por el terror alguien dice que desde ahí se ve mejor la lluvia de estrellas. Debajo de ellas, pequeñas brillantes y casi todas muertas en sus galaxias, piensas no en lo pequeño que eres, en eso no piensas, piensas en el frío destructor del universo impasible y quieres ser astronauta atrapado en una galaxia para no pasar ni un día más calor y para dormir no tres meses sino tres siglos.

Cuándo fue la última vez que dormiste, te preguntan y no sabes contestar a esa pregunta y haces una pregunta a la pregunta, en qué mes estamos. Alguien dice agosto y sonríes y contestas que en ese caso llevas dos meses sin dormir. Abandonas libros a medio leer en los asientos traseros de los coches que huelen a tapicería vieja cerrada y al mirar al cielo la polución, toda esa la luz, evita reconocer y saludar a las estrellas de hace unos días ¿o fue hace unos años?

Mira, dice alguien, una estrella fugaz y tú, otra vez tienes que ser el portador de malas noticias o a lo mejor son buenas porque dices con una sonrisa que eso es un avión y para arreglarlo dices que no, que es un platillo volante. Y los Ovnis siempre llegan cuando las noches se acortan, igual que hace una casa encantada que juega con nosotros y empequeñece el pasillo conforme caminas.

Tu piel ahora es más pálida de vivir de noche, es casi gris y cómo era aquella luz que te gustaba tanto, cómo era, intentas recordar la textura, el color. ¿Cómo era el sol filtrado a través de las nubes?

Esta calle se ha vaciado de estudiantes y qué distinta es ahora que no hay ruido ni turistas pasean por aquí porque no hay nada que ver y menos a estas horas que no son horas. Hay bares de chupitos y litronas de plástico y kebabs vacíos. De vez en cuando reconoces el nombre de un bar que va a recibirte y entenderte que se llena de gente que lleva sin dormir como tú unos cuántos meses y te preguntas cuántos de ellos lograrán sobrevivir. Alguien dice que en verano solo hay que dormir siestas en los balcones y te imaginas rodeado de llamas: las hogueras del Sacromonte que se encienden como se enciende la pantalla de un cine de verano en el que alguien proyecta una película sobre tu vida. Lo sabes porque te lo dijo alguien: el fuego nocturno alimenta la ciudad y septiembre son las cenizas de ese fuego.

Los ojos hundidos en sus cuencas, se marcan un poco las costillas, un poquito solo, y la noche que no termina es una barra de bar estrecho con paredes rojas de un rojo como el de la sangre de una jeringuilla en las paredes. El neón afuera, una estrella azul que vibra y emite un zumbido que mata a los insectos, es una tarjeta de invitación a celebrar una fiesta casi un funeral por todos nosotros: raza nocturna, vampiros, hombres lobo, mujeres ciervo, chicos y chicas de ocho brazos, colmillos afilados.

Has dejado de ser tú y tampoco es que supieras antes muy bien quién o qué eras y todo lo que has perdido en la vida regresa en forma de pesadilla o canción.

Hay un animal invisible que se alimenta de mis pérdidas, leíste una vez, ese animal es el verano feroz que no ha dejado de morderte y la fiesta es una ceremonia por el sol que se ha extinguido y vives de noche, o más bien mueres de día.

A lo mejor, no sabes, quizá un día, puede, no confíes en ello, no apuestes pero quizá un día abras los ojos y la noche eterna del verano haya terminado y se extinga la raza de criaturas, bestias, monstruos, que lleva siglos oculta en las sombras.

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