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El Maestro Palmero, pintor ciudadrealeño que retrató el París costumbrista y revivió El Quijote desde Barcelona

El Maestro Palmero en su taller durante su madurez artística

Rodrigo Abad

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“Pinta lo que quieras, pero como pintor”. Esta es una frase del artista Pablo Picasso, pero que Alfredo Palmero Hernández tiene muy interiorizada gracias a su abuelo, quien fue su maestro y al que se conoce popularmente como el Maestro Palmero.

Alfredo Palmero de Gregorio (1901-1991) nació en la localidad ciudadrealeña de Almodóvar del Campo. Creativo y apasionado de la pintura, se formó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid en la primera década del siglo XX, donde fue alumno de Sorolla y otros artistas como Antonio Muñoz Degrain o José Moreno Carbonero. A lo largo de sus 90 años de vida dejó una producción artística de varios centenares de obras. Los expertos le definen como “uno de los máximos exponentes del realismo español” del siglo pasado.

Fachada del Museo Palmero de Barcelona

En base a su trayectoria, el Ayuntamiento de Barcelona ha decidido concederle una plaza homónima que se localiza enfrente del Museo Palmero, en el barrio de Sant Genís dels Agudells, sin embargo, todavía no se ha programado la inauguración.

Hablamos con su nieto, quien tiene el mismo nombre, y que es la tercera generación de artistas de la familia, quien señala que este reconocimiento es “un orgullo para su familia” y que surgió de una iniciativa popular “y no política” a través de la Asociación de Vecinos y Vecinas de Sant Genís dels Agudells.

El Maestro Palmero pintando uno de sus cuadros sobre caballos

Alfredo define a su abuelo como un pintor realista “pero también es un pintor impresionista, más bien. Depende mucho de la obra, aunque es un pintor que se mueve siempre en el tema figurativo, con influencia de pintores clásicos como Velázquez, Goya, Rembrandt o El Greco” y destaca que son los pintores que “él siempre tenía en la cabeza”. No obstante, para Alfredo, su abuelo tenía “una pintura muy personal, que se caracteriza sobre todo por la luz y la soltura”.

El París costumbrista, caballos o retratos

El Maestro Palmero es muy conocido por sus escenas costumbristas del París de primera mitad del siglo XX, donde se le reconoce “especialmente por sus bulevares con unas grandes perspectivas, mucho movimiento de todo lo que ocurría en la ciudad” y que surge “a través de un viaje de juventud que hace mi abuelo a París cuando tenía unos 20 años, después de la Primera Guerra Mundial”. Alfredo señala que en la década de 1920 París era “la capital cultural y artística”, donde pintores jóvenes como su abuelo viajaban para aprender, pero también vivir de cerca el espíritu que se respiraba en esta ciudad que “Picasso, Renoir labraron la fama de París”. El Maestro Palmero estuvo allí durante dos años y Alfredo recuerda que le decía a su abuelo que él “había pintado los mejores años de su vida”.

Una escena de un café de París, realizada por el Maestro Palmero

Alfredo asegura que “los artistas pintan lo que les sale, las imágenes salen del interior, no se busca algo concreto” y que en concreto su abuelo los que hacía era “basándose en escenarios muy conocidos como el Arco del Triunfo, La Torre Eiffel o el Boulevard de los Capuchinos, los recreaba de una manera absolutamente realista y luego los llenaba a su antojo. No están pintados in situ, sino desde su taller. Transmitía su amor por la ciudad de París con estas obras”.

Por otro lado, los caballos, a partir de la serie 'Caballos de la Luna'. Alfredo señala que esta serie sobre equinos “se ha copiado una infinidad de veces y se ha imitado, incluso algunas copias han salido en alguna película de Pedro Almodóvar”.

Una escena de París con caballos, pintada por el Maestro Palmero

Durante toda su trayectoria, además de las escenas mundanas de París y los caballos, el Maestro Palmero “siempre mantuvo una labor muy buena y constante” como retratista. Alfredo señala que lo hacía de manera muy directa, “y al natural, como los grandes pintores de antiguamente, que es la manera más directa de enfrentarte a un retrato de una persona” y que lo mantuvo con su familia. “Mi abuela, su mujer, fue su modelo y así se enamoraron y surgió nuestra familia. Él disfrutaba mucho haciendo retratos, creo que es uno de los géneros fundamentales de la pintura

Un maestro también para su familia

Alfredo recuerda con cariño las enseñanzas de su abuelo. Aunque solo estuvo un par de años formándose con él de manera continua, destaca que aprendió muchísimo. “La pintura no es la última capa que tú ves, tiene una construcción interior. Para mí influyó mucho no solo en aspectos técnicos, sino también el gusto por figura humana, también por los caballos aunque yo los he desarrollado de otra manera. Estuve con él mano a mano un par de años, pero yo me considero autodidacta”, explica.

El pintor Alfredo Palmero Hernández, nieto del Maestro Palmero, junto a algunas de sus obras

Palmero Hernández forma parte de la tercera generación de pintores en la familia y rememora que su abuelo siempre le dejó libertad de creación mientras pintaba: “Cuando yo me equivocaba en alguna cosa y no sabía seguir, venía él y con dos pinceladas lo solucionaba, pero me dejaba fluir. Éramos abuelo y nieto, pero también dos pintores, uno joven y otro mayor y maestro. Fue una etapa muy fructífera, agradable y positiva.

Nos cuenta también que considera que pertenecer a una saga de pintores, concretamente con su abuelo como principal exponente tiene luces y sombras. “Cuando empiezas tienes más facilidades, por ejemplo para encontrar dónde exponer, porque tienes una mano que te ayuda. Pero luego la crítica pública es mucho más dura si el familiar anterior ha tenido éxito. A veces sería casi mejor no tener ninguna relación, porque siempre te están comparando. Pero con el tiempo he visto que hay gente que me escribe o me dice que le gusta más mi pintura que la de mi abuelo. Yo siempre digo que las comparaciones son odiosas, cada uno es cada uno”, relata. En su caso, Palmero Hernández ha guiado parte de su trayectoria en la reinterpretación de clásicos de la pintura, como las meninas de Velázquez o los arlequines de Picasso.

Menina pensativa, de Alfredo Palmero Hernández

Los museos Palmero y sus raíces manchegas

En la década de 1970, se abren las puertas del Museu Palmero de Barcelona en la histórica Casa Figuerola. Este espacio, emplazado en una antigua masía del siglo XV -casa de labor, con finca agrícola y ganadera, típica del territorio que ocupaba el Reino de Aragón y los condados catalanes-, estaba en ruinas y la familia Palmero se encargó de restaurarla “con ayuda de la gente del barrio y sin un céntimo de dinero público”. Un museo que comenzó como un taller y que en definitiva “es una casa de pintores donde hay obras de arte y antigüedades”, pero que visitan miles de personas. Alfredo explica que “sin ser uno de los museos más grandes y sin toda la ayuda pública que puede tener el Museo Picasso, la Fundación Miró o el MACBA, es de los más valorados dentro de los museos alternativos de Barcelona y uno de los más sorprendentes”.

Planta baja y entrada lateral del Museo Palmero de Barcelona

Alfredo expone que el proceso de creación del museo fue “muy natural, pero requirió un esfuerzo irrepetible, quizá hoy no se podría hacer. La idea inicial era hacer solo un gran taller de pintura, pero poco a poco se fue llenando de la obra que se iba produciendo o que adquirían de otros pintores, pero sobre todo la obra familiar. Se empezaron a hacer visitas privadas, pero después se abrió para todo el mundo”.

Planta baja del Museo Palmero en Barcelona

En este emplazamiento, además de contemplar las obras del Maestro Palmero, se ofrecen visitas guiadas, recorriendo el taller, la historia de la propia masía y que imparte el propio Alfredo. Destaca que son visitas a puerta cerrada, con grupos de menos de 20 personas y que tienen una finalidad de ser “una experiencia”. “Les cuento el nacimiento del museo y todo lo que he visto en la casa desde niño. También el proceso de creación, el estudio, las obras de mi abuelo y también las mías. Es como una charla entre amigos”, apunta. Por otra parte, señala que la capacidad de adaptación es “total”, ya que hace visitas tanto para estudiantes, personas extranjeras, o personas con discapacidades visuales y auditivas. “No es como en otros museos, donde un guía repite lo mismo una y otra vez. Es adaptado. En el caso de las personas ciegas, pues a través del tacto. Es algo muy personal”.

Estudio del pintor en el Museo Palmero de Almodóvar del Campo (Ciudad Real)

Por otro lado, desde la década de 1960 en la casa natal y primer taller del Maestro Palmero en Almodóvar del Campo (Ciudad Real), se encuentra otro de los museos. En este caso está gestionado tanto por el Ayuntamiento local como por la Asociación Amigos del Museo Palmero y Centro Cervantino (AMPACE) -cuya presidenta es Silvia Palmero, nieta del Maestro y hermana de Alfredo-. Consta de tres salas con obras del maestro, así como de personas de su familia, estando abierto únicamente los sábados y domingos.

Salón verde del Museo Palmero de Almodóvar del Campo (Ciudad Real)

Uno de los temas de madurez y que abarcó casi 20 años de la carrera del Maestro Palmero fue una serie de pinturas sobre El Quijote. En esta saga cervantina, el pintor quiso retratar los personajes de Don Quijote de La Mancha de Miguel de Cervantes “dándoles a todos la misma importancia”.

“Es una colección que entronca las raíces del autor con su tierra, la Mancha, y creo que es una de las más importantes del mundo que hay en ese sentido. De los 800 personajes que tiene la obra habrá retratado unos 120. Además, entre los retratos, otros cuadros grandes y bocetos llegaríamos a hablar de unas 200 piezas”, explica Alfredo.

Exposición interactiva en el Centro Cervantino de Almodóvar del Campo

Desde hace una década, parte de esta colección se encuentra en Almodóvar del Campo, en el Centro Cervantino Palmero. “Tiene una exposición muy interesante y actual, porque a través de la tecnología y la inteligencia artificial hace una experiencia inmersiva por los personajes y valores más importante de El Quijote. Se une el arte tradicional con esta tecnología, donde las imágenes empiezan a hablar y es una experiencia muy bonita”, explica Alfredo.

El nieto del Maestro Palmero nos adelanta que esta colección quijotesca “sigue viva”, ya que él mismo la continuará “pero con otra visión”.

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