Cuando una mujer aspira a gobernar
Hay debates que se repiten hasta parecer normales. Uno de ellos sostiene que la igualdad entre mujeres y hombres ya está conseguida porque las mujeres pueden votar, estudiar, trabajar, militar en un partido o presentarse a unas elecciones. Desde esa mirada, el machismo solo existiría cuando se manifiesta de forma grosera o abiertamente insultante. Todo lo demás sería exageración. Sin embargo, buena parte de la desigualdad que persiste no se expresa así. Se filtra en los comentarios, en los adjetivos y en las distintas formas de juzgar a quienes aspiran a ejercer el poder.
Hay una pregunta sencilla que conviene hacerse ante una crítica dirigida a una mujer con responsabilidades públicas. ¿Escucharíamos el mismo comentario si fuera un hombre? ¿Se prestaría la misma atención a su sonrisa, a su tono, a su carácter o a su ambición? La respuesta ayuda a distinguir la discrepancia política legítima de los prejuicios que todavía acompañan a muchas mujeres cuando ocupan espacios de liderazgo.
Diana Morant es la primera mujer candidata del PSPV-PSOE a la Presidencia de la Generalitat. Han hecho falta más de cuarenta años de autonomía para que el socialismo valenciano dé este paso. Se ha roto una barrera importante y, precisamente por eso, afloran algunos reflejos que parecían superados. Son más sutiles que antes y suelen presentarse como opiniones inocentes, pero responden a una idea del poder construida durante mucho tiempo a partir de modelos masculinos.
Por supuesto, se puede criticar a Diana Morant. Se puede discrepar de su estrategia, cuestionar sus decisiones, valorar su capacidad de comunicación o discutir sus propuestas. En democracia, cualquier persona que aspire a gobernar debe someterse al escrutinio público. Reconocer la existencia de sesgos machistas no significa descalificar toda crítica ni reclamar un trato de favor.
Pero estos días una carta al director, al hablar de liderazgos, volvía a presentar a Diana Morant mediante un tópico conocido. Una mujer sonriente, poco firme y dependiente de lo que otro le dicta. El problema no está en discutir su liderazgo, sino en hacerlo a través de rasgos que rara vez se utilizan del mismo modo para valorar a un hombre. La sonrisa se convierte en falta de autoridad, la voluntad de acuerdo en debilidad y la pertenencia a un proyecto colectivo en ausencia de autonomía.
Las mujeres que aspiran a gobernar siguen afrontando un examen añadido. La ambición, aceptada como una cualidad natural en muchos hombres, despierta sospechas cuando la muestra una mujer. También se les exige un equilibrio casi imposible. Han de ser firmes sin parecer duras, cercanas sin ser consideradas blandas y capaces de ejercer la autoridad sin resultar incómodas. Esa doble medida limita la igualdad tanto como las barreras más visibles.
La igualdad real exige que una candidatura encabezada por una mujer sea juzgada con los mismos criterios que la de un hombre. Diana Morant debe ser valorada por su trayectoria, sus propuestas, su capacidad para construir una alternativa, su conexión con la sociedad valenciana y su forma de ejercer el liderazgo. Ni la crítica puede quedar anulada por el hecho de ser mujer ni su condición de mujer puede convertirse en el argumento con el que se la desacredita.
La Comunitat Valenciana tiene problemas suficientemente graves como para centrar ahí el debate. La situación de la sanidad y la educación, el acceso a la vivienda, la atención a la dependencia, la reconstrucción después de la dana, el empleo y la calidad de los servicios públicos exigen propuestas, equipos y capacidad de gobierno. Sobre esas cuestiones debe ser escuchada, discutida y evaluada Diana Morant, como cualquier dirigente que se presente ante la ciudadanía con la voluntad de presidir la Generalitat.
Quienes creemos en la igualdad también debemos prestar atención a sus manifestaciones cotidianas. A la manera en que se describe a una dirigente, a la sospecha sobre su autonomía o a la facilidad con la que se convierte un rasgo personal en un defecto político. En esas formas de hablar se decide quién parece ocupar el poder con naturalidad y quién continúa siendo tratada como una invitada.
Las leyes y los derechos han permitido avances indiscutibles, pero la igualdad también necesita un cambio cultural. Un cambio en la mirada y en los criterios con los que valoramos a mujeres y hombres. Criticar a una mujer por sus decisiones, su estrategia o su proyecto forma parte de la democracia. Desacreditarla porque sonríe, porque no encaja en los viejos moldes del poder o porque se atreve a aspirar a la Presidencia de la Generalitat pertenece a un tiempo que debemos dejar atrás.
También esto es igualdad. Que una mujer pueda aspirar a gobernar sin tener que demostrar, antes que nada, que merece ocupar un lugar que durante demasiado tiempo se consideró reservado a los hombres.
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