Salvem el sopar a la fresca
Los veranos de la infancia transcurrían de la estación de San Lorenzo a la de las Cadenas. Subidas al trenet, cargadas con los cenachos y las generosas fiambreras repletas de pisto de ‘magro pa asá’ (transcripción fonética del extremeño materno) y tortillas de patatas (sin cebolla), llegábamos en familia a la pila de sillas de madera que nos aguardaban junto a los chiringuitos, donde mi madre y mis tías alquilaban una cada una. Los pequeños nos sentábamos sobre las toallas, entre ida y vuelta al agua, con la energía que solo se tiene a esa edad. A mediodía nos resguardábamos del sol en aquellos míticos establecimientos asentados sobre la arena, donde entonces te dejaban comer si consumías la bebida.
Cuando la fortuna estaba de nuestra parte, nos regalaba una entrada para ir al Balneario de las Arenas. ¡Menuda fiesta! Era el paraíso junto al mar. Piscinas con trampolines. Una zona para hacer topless. Futbolín. Salida directa a la playa. Un trajín constante de idas y venidas de multitud de personas que pasábamos los veranos atrapados en la ciudad. En aquella época solo veía felicidad en aquel entrañable edificio que tanto añoro. Con el tiempo quise saber más y descubrí que en los años 30 València estrenó unas piscinas de agua de mar y de agua dulce tan importantes que Josep Renau las inmortalizó en el icónico cartel art déco Balneario de las Arenas, con el imponente trampolín como protagonista. Hoy forman parte del Registro Internacional DOCOMOMO, organización dedicada a proteger el patrimonio arquitectónico del Movimiento Moderno.
Aquella era solo una parte de las instalaciones concebidas para que la alta burguesía valenciana pudiera tomar baños de mar con fines curativos (talasoterapia). Cuentan las crónicas que su declive comenzó cuando el ferrocarril desvió el turismo hacia las zonas costeras del norte y los pudientes fueron desplazándose, cediendo su espacio a las clases populares.
Yo no sé qué habría sido de mis veranos sin el Balneario y sin las playas de la Malvarrosa y las Arenas. Sin el traqueteo del trenet que se abría paso entre la huerta sobre la que se levantan los campus universitarios. Las puertas de los vagones abiertas, las ventanas bajadas. El ardiente sol del verano iluminaba el paisaje y dulcificaba los incómodos bancos de madera sobre los que viajábamos. Raro era el trayecto en el que no aparecía alguien tras el tren en marcha, entre las risas de los pasajeros que lo animaban a correr más deprisa y ovacionaban la proeza en cuanto el polizonte abordaba del vagón.
Pero todo acabó un día. En 1993 cerró sus puertas y, unos años después, Rita Barberá subastó los 20.000 metros cuadrados donde se ubicaba el antiguo balneario por 860 millones de pesetas (5,1 millones de euros). València perdió un edificio único. Y los valencianos y las valencianas perdimos el único lugar donde aliviar el calor estival, que todavía era mucho más llevadero que las infernales olas de calor que ahora nos asfixian.
Entonces, como hoy, los humildes molestábamos para hacer negocio. Al Balneario lo sustituyó un hotel de cinco estrellas de cuestionable estética y acceso exclusivo. Pero la playa sigue ahí. Libre. Abierta. Es el mayor refugio climático de una ciudad en la que María José Catalá vuelve a ponerse de perfil ante el debate sobre el uso de los espacios públicos por parte de sus vecinas y vecinos.
Le ha tocado el turno al paseo marítimo, donde los antiguos chiringuitos se han refinado. Ya no descansan sobre tablones clavados en la arena. Ahora se alzan, en régimen de concesión pública, sobre las baldosas pagadas con el dinero de aquellos a quienes quieren “acotar” para que no molesten a los clientes, sean turistas o no.
Por lo visto, las mesas y las sillas de las familias y los grupos de amigos que se congregan cada noche a cenar libremente dan mala imagen. Tal vez María José Catalá esté preparando otro render, como el de la plaza del Ayuntamiento, con el que indicarnos qué mobiliario podemos usar para sentarnos en el paseo. Veremos de qué es capaz una alcaldesa empeñada en convertir la ciudad en una enorme caja registradora. Siempre el mismo negocio: expulsar a la gente para privatizar el espacio público. Barberá nos arrebató el Balneario de las Arenas. No permitamos que Catalá nos arrebate el sopar a la fresca, porque es uno de los pocos patrimonios que seguimos compartiendo. Hoy es el paseo marítimo, pero mañana puede ser la plaza de tu barrio. Y no se trata solo de una costumbre. Es una manera de vivir la ciudad. Salvem el sopar a la fresca!
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