El fracaso de la ilegal agresión a Irán
En una guerra asimétrica como la que ha desatado el presidente Donald Trump – con la colaboración estelar de su aliado y amigo, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu – contra Irán, si el contendiente más poderoso no logra una victoria clara y determinante, pierde, mientras que el más débil gana solo con sobrevivir. Pero en este caso, además, la tregua pactada in extremis entre EEUU e Irán, con la mediación de Pakistán, después de que Trump hubiera amenazado con aniquilar el país y acabar para siempre con la civilización persa, se hace sobre la base del plan de 10 puntos elaborado por Teherán cuya formulación es una clara humillación para el agresor, pues incluye puntos como la compensación por los daños sufridos por Irán- algo que después de una guerra corresponde solamente al vencedor -, mediante la creación de un fondo de inversión y financiero, o la continuación del enriquecimiento de uranio al que Irán ya había renunciado en la negociación previa al inicio de los ataques que ha sufrido.
Trump Always Chickens Out. Trump siempre se acobarda. El acrónimo TACO que describe la actitud del presidente estadounidense – bravuconería inicial y repliegue posterior – en muchos asuntos, como la imposición de aranceles desproporcionados, la anexión de Groenlandia, incluso de Canadá, la ocupación del canal de Panamá, las amenazas a Ucrania y a Rusia para que acuerden una paz que él iba a conseguir “en 24 horas”, corre por las redes y se hace – una vez más – viral, sobre todo en EEUU, pero también en todo el mundo. El golpe a su credibilidad y coherencia, ya muy dañadas, tendrá graves repercusiones políticas, tanto en el interior, con la defección de muchos de sus seguidores, incluidos algunos prominentes, como en el escenario internacional donde tanto sus aliados como sus adversarios tomarán buena nota de esta debilidad.
¿Por qué ha acordado Trump un alto el fuego aceptando, en principio, los términos fijados por el país al que según él había vencido ya ampliamente? Pues precisamente porque no solo no lo ha vencido, sino que ha tenido que asumir que no podía ganar sin cambiar radicalmente el nivel de la agresión para convertirla en una guerra larga de alta intensidad, incluyendo una invasión terrestre que requeriría más de 200.000 tropas con equipos pesados, cuyo despliegue en la zona hubiera requerido meses, sin aliados como los que tuvo EEUU en la invasión de Irak, y sin el apoyo político imprescindible para esa clase de guerra que no se podía hacer en ningún caso sin la aprobación del Congreso
Tal vez sus asesores militares, a los que probablemente no escuchó cuando se lanzó a esta aventura – ante la promesa de Netanyahu de un final rápido y feliz – le hayan advertido ahora que ni siquiera con la destrucción de las infraestructuras civiles el régimen de los ayatolás iba a ceder, además de que esas acciones constituirían sin duda crímenes de guerra, que los militares podrían negarse a ejecutar porque en estos casos la obediencia debida no les exime de responsabilidad. Trump se enfrentaba también a una creciente oposición interior a la guerra, también entre los republicanos -incluso entre los MAGA-, a pocos meses de las elecciones de medio mandato, y aunque necesitaba una victoria, ya no tenía alternativa a salir de ese avispero sin importar las condiciones.
El ataque no ha conseguido ninguno de diversos y cambiantes objetivos que el presidente estadounidense y miembros de su administración han ido alegando en estos 40 días. La muerte de Ali Jamenei y otros muchos dirigentes no ha tenido ninguna repercusión, han sido sustituidos sin problemas. El esperado levantamiento popular que iba a estallar en cuanto empezaran los bombardeos no ha existido. La anunciada caída del régimen no solo no se ha producido – a pesar de que Trump lo haya declarado extinto varias veces – sino que la agresión lo ha fortalecido y radicalizado. El uranio enriquecido sigue donde estaba, y ni siquiera se ha logrado acabar con sus drones y misiles, que seguían en el momento de acordar la tregua castigando duramente a Israel y a los países del Golfo. Pretender que la reapertura del estrecho de Ormuz es una victoria es bastante ridículo, porque ya estaba abierto antes de que la guerra empezara. Sin duda, la operación ha fracasado, y si ciertas condiciones contenidas en el plan de diez puntos iraní salieran finalmente adelante tendríamos que hablar de una derrota sin paliativos.
Cabe preguntarse, una vez más, por qué Trump se ha lanzado a esta aventura con un planteamiento inicial sin ninguna posibilidad de éxito, sin tener en cuenta la capacidad de resistencia y respuesta iraní, sin considerar las consecuencias que iba a tener – en su país también – el más que probable cierre del estrecho de Ormuz, sin planificación rigurosa como demuestra el hecho de haber empezado a desplegar fuerzas terrestres tres semanas después del comienzo del ataque. Es cierto que contener a Irán es un objetivo permanente de EEUU desde que el régimen de los ayatolás enseñó los dientes secuestrando a los miembros de su embajada en Teherán. Y tiene además una lógica estratégica, ya que en toda la zona de Oriente Próximo y Medio es el único aliado de China, del que recibe el 9% del petróleo que consume, y también de Rusia, después de la caída de Bashar al-Asad en Siria, y sobre todo porque es la única potencia de la región hostil a EEUU, y, por tanto, un obstáculo clave para el control de un área de gran importancia por la producción y exportación de hidrocarburos, y de otros productos como fertilizantes, helio y aluminio, de enorme peso en la economía mundial, como ha demostrado esta crisis. Además de ser un riesgo permanente para su gran aliado, Israel.
Varios presidentes estadounidenses han intentado debilitar a la República Islámica mediante sanciones, asesinando a ciertos dirigentes, o autorizando a Israel a llevar a cabo acciones puntuales preventivas o de castigo, excepto Obama, que intentó la vía del acuerdo, pero ninguno se había atrevido a lanzar un ataque directo de gran envergadura por los riesgos inherentes a tal operación, y sus pocas probabilidades de éxito. Trump, con su habitual narcisismo, ha creído que él iba a triunfar – para su mayor gloria - donde los demás habían fracasado, y se ha estrellado contra la realidad. Irán no amenazaba actualmente a EEUU ni a sus intereses en la región ni estaba desarrollando armas nucleares, tal como han afirmado miembros importantes de su administración. Trump no necesitaba esta guerra, ni hacerla ha reportado ningún beneficio a su país, iniciarla ha sido un error que no podrá ocultar con sus siempre petulantes declaraciones
Los intereses de Israel son muy diferentes. Netanyahu vive de la guerra. Gracias a ella sus tres procesos penales por corrupción se alargan indefinidamente. Gracias a ella sigue en el poder, que estuvo a punto de perder por las masivas manifestaciones en contra de su antidemocrática reforma judicial, justo antes de los atentados del 7 de octubre que dieron lugar a la brutal reacción sobre Gaza y cambiaron radicalmente el escenario político interno en Israel, volviéndole a reforzar políticamente. Es sabido que en tiempo de guerra la mayor parte de la opinión pública se radicaliza, se sitúa detrás del líder, sea quien sea, por instinto de supervivencia, y las críticas se reducen porque en esas condiciones resultan antipatrióticas. La amenaza de Irán, cuyos dirigentes insisten en que desean la destrucción del Estado judío, da miedo a la gente, el miedo crea odio y el odio da lugar a la violencia, que es el caldo de cultivo en el que Netanyahu y los neonazis que le rodean gobiernan con comodidad. Nunca le ha interesado una paz duradera con Teherán, ni siquiera aunque su programa nuclear estuviera controlado.
Por eso hizo todo lo que pudo contra el acuerdo de 2015, hasta que consiguió que Trump – “el mejor amigo que ha tenido Israel” – lo abandonase sin que hubiera habido ningún incumplimiento iraní, por eso interrumpió las conversaciones para un nuevo acuerdo en junio de 2025 bombardeando – con apoyo de EEUU – las plantas nucleares de Irán, y por eso ha vuelto a torpedearlas ahora, con un nuevo ataque, cuando estaban peligrosamente (para él) cerca de alcanzar un acuerdo, que habría permitido a Irán un levantamiento, siquiera parcial, de las sanciones y la supervivencia del régimen. Es probable que intente torpedear también la negociación que se abre ahora de nuevo con la tregua, aunque puede que se conforme con que le dejen manos libres en Líbano, un escenario secundario de la guerra que no preocupa a Trump – ni a casi nadie - porque no afecta al precio del petróleo ni a la inflación, en EEUU o en el resto del mundo.
No se puede decir nada bueno del régimen teocrático, dictatorial y represor de Irán en el que la libertad – no solo la religiosa – brilla por su ausencia, y sobre todo respecto a las mujeres, aunque hay otros regímenes en la zona muy similares que son muy amigos de EEUU y de Europa. Pero la República Islámica nunca ha atacado a nadie, solo se ha defendido. Reaccionó en 2024 ante una agresión directa, el bombardeo israelí de su consulado en Damasco. Respondió a los ataques de la guerra de los doce días, en junio de 2025, pero detuvo su respuesta en el momento en que cesaron los bombardeos. Ha reaccionado ahora ante un ataque ilegal que no tenía la mínima justificación, y se ha defendido con todo lo que tenía como es su derecho, pero ha propuesto o aceptado un alto el fuego y la apertura de Ormuz cuando lo ha visto viable y con mínimas garantías.
Es evidente que Irán ha apoyado, con armas, dinero, e incluso asesores de la Guardia Revolucionaria, a los grupos chiíes enemigos de Israel, como Hizbolá en Líbano, las diferentes milicias de las Fuerzas y Unidades de Movilización Popular en Siria e Irak, y los hutíes en Yemen, así como a Hamás, aunque es de confesión suní. Pero si admitimos que proveer a los que combaten a un tercero es un acto de agresión contra este que justifica su respuesta armada hacia quien les presta ayuda, tendríamos que asumir también que EEUU y Europa están agrediendo a Rusia al dotar de armas, dinero, y asesores militares a Ucrania, y Putin estaría autorizado a atacarlos en justa respuesta.
¿Qué va a pasar ahora? El primer paso es que el alto el fuego se consolide, porque en estos casos siempre suele haber acusaciones mutuas de alguna vulneración, que desata una respuesta, y a su vez otra del lado contrario, amenazando así la continuidad de la tregua. Si la situación se estabiliza, habrá que ver el resultado de las negociaciones que tendrán lugar a partir del viernes en Pakistán. El plan de diez puntos presentado por Irán es absolutamente incompatible con el de quince que propone EEUU. Trump ya ha anunciado que se levantarán las sanciones y los aranceles a Irán, lo que ya es un triunfo para la República Islámica, que todavía no ha hecho ninguna cesión, salvo la apertura limitada y controlada del estrecho de Ormuz. Pero Washington no puede aceptar en ningún caso algunos términos del plan iraní, como la retirada de sus fuerzas de combate de Oriente Medio - a no ser que se trate solo de las fuerzas que han sido desplegadas para esta operación -, el derecho a enriquecer uranio – aunque Teherán se compromete a no fabricar armas nucleares -, la extensión del acuerdo a todos los grupos de resistencia vinculados a Irán – lo que incluiría a Hizbolá y a Hamás -, o las garantías de que no se volverán a producir ataques al país, refrendadas por una resolución de Naciones Unidas.
El acuerdo, por tanto, no será fácil y cabe la posibilidad de que fracase o se estanque. Pero será difícil que la guerra se reanude en Irán porque a ninguna de las partes – salvo a Netanyahu – le interesa. La situación en la zona puede seguir siendo tensa, ya que no es probable que Israel se avenga a terminar su operación en Líbano, y tanto Hizbolá como otras milicias chiíes seguirán realizando acciones ofensivas. Además, aunque la paz se abriera paso, la normalización y la regulación del tráfico por Ormuz tardará en completarse, y la recuperación de la producción de hidrocarburos – sobre todo de gas - y de fertilizantes en la zona requerirá meses, por los daños sufridos en las instalaciones de varios países, lo que seguirá afectando, a pesar del optimismo inicial, al precio del petróleo y a los mercados financieros, que son los que con su debilidad han provocado que se concretara esta tregua, por encima de cualquier consideración moral o ética.
Habrá tiempo, si la paz se consolida, para analizar las consecuencias políticas, económicas, y reputacionales que esta agresión ilegal y absurda ha tenido para todos los actores implicados. Pero en una primera lectura parece que aquí el único que gana es Netanyahu, que es el impulsor real del ataque. El régimen islamista iraní seguirá reprimiendo a sus disidentes y a las mujeres, recuperará su capacidad militar y, cuando lo haya hecho, la tensión y tal vez la guerra se reproducirán, con lo que este conflicto solo habrá servido para sembrar muerte y destrucción, como casi todos, sin ningún resultado positivo. Rusia ha recibido una inyección económica muy importante con la crisis del petróleo, y China apenas ha sufrido y acrecienta su papel de potencia moderada y transaccional en comparación con su competidor directo. EEUU es quizá el que más pierde, recibe un golpe más - y muy duro – a su papel como líder mundial fiable y sólido, y en particular entre sus aliados árabes, solo por la megalomanía y la insensatez de un líder, Trump, cuya estabilidad mental está ya siendo puesta en duda en su país. Este es nuestro principal aliado, el que se supone que protege y defiende a Europa, y exige que le paguemos por ello. Con aliados así, quién necesita enemigos.
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