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Trump no sabe si va o viene

Donald Trump en un acto en la Casa Blanca.
21 de marzo de 2026 21:47 h

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Comienza la cuarta semana de la guerra iniciada por la agresión ilegal e injustificada de EEUU e Israel sobre Irán, con toda la región en llamas –como era previsible– y un severo deterioro de la economía global que va a más a medida que los ataques israelíes a instalaciones petrolíferas y yacimientos de gas iraníes son respondidos por el régimen de los ayatolás con otros equivalentes en los países del Golfo Pérsico, causando daños que tardarán mucho tiempo en recuperarse, incluso después de que termine el conflicto. Y debemos dar gracias de que Rusia y China se abstengan de apoyar a Irán, con el que les unen acuerdos y tratados, aunque ninguno defensivo, porque si intervinieran estaríamos en el camino hacia la tercera – y tal vez última – guerra mundial. Cada vez se hace más evidente la insensatez y falta de planificación estratégica en la decisión del presidente Trump de autorizar a su amigo Netanyahu a lanzar el ataque, y acompañarlo con sus propias fuerzas aeronavales, cuando según el jefe de la lucha antiterrorista de EEUU, Joe Kent, Irán no representaba en estos momentos ninguna amenaza

Todo el mundo sabía que, en caso de recibir un ataque, Irán cerraría el estrecho de Ormuz para provocar una crisis en el suministro de hidrocarburos, que tendría un grave impacto en todo el mundo, incluido EEUU. Era el arma más poderosa de la República Islámica, tal vez la única efectiva que tenía para disuadir o crear presión hacia sus agresores. Y era tan evidente que iba a usarla, que no es creíble que esa acción no fuera considerada por los Estados Mayores estadounidenses y el gabinete de la Casa Blanca cuando se estudió lanzar un ataque sobre Irán. La decisión de hacerlo, obviando las consecuencias, solo se entiende desde la personalidad instintiva y arbitraria de Trump que no admite crítica, ni acepta que le contradigan. Ahora intenta paliar los efectos de su error levantando unilateralmente las sanciones al petróleo ruso, incluso al iraní, mientras exige a sus aliados que se impliquen en la guerra, no porque los necesite sino para diluir su responsabilidad. Su infantil reacción ante el lógico rechazo de éstos, diciendo que podría retirarse de algunas bases en Europa, si no fuera una más de sus fanfarronadas, no causaría mucho disgusto, sino todo lo contrario, al menos en España

Hay pocas dudas de que Netanyahu convenció a Trump de que no podían desaprovechar un momento en el que a las protestas ciudadanas en Irán, reprimidas salvajemente por la guardia republicana de los ayatolás en enero, se unía la posibilidad de descabezarlo, aprovechando informaciones precisas de sus servicios de inteligencia, y que la consecuencia sería el derrumbe definitivo del régimen islámico, lo que daría paso a una época de paz y prosperidad en la región, bajo la ya indiscutida hegemonía de Israel, de la que por supuesto el presidente de EEUU y su familia se beneficiarían. Tal vez nadie se atreviera a decirle que desde las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki ninguna guerra se ha ganado desde el aire –y aún allí la invasión del ejército de EEUU era ya inevitable e inminente–, y si alguien se lo dijo no le hizo ningún caso. Ahora, hasta Netanyahu cree necesaria una intervención terrestre, aunque él no puede hacerla.  

Trump, siempre contradictorio, mientras asegura que Irán está derrotado y el final de la guerra está muy cerca, ordena el despliegue de hasta 5,000 marines y buques de desembarco anfibio hacia la zona de operaciones, lo que anunciaría algún tipo de operaciones en tierra, aunque las posibilidades de ese contingente son limitadas. Podrían tratar de ocupar la isla de Jarg, centro neurálgico de la distribución de petróleo crudo y refinado iraní, para aumentar la presión sobre Teherán. Tal vez invadir algunas o todas las pequeñas islas del estrecho de Ormuz: Siri, Farus, Abu Musa, Tunb, para proteger desde ellas el paso de buques civiles en combinación con sus fuerzas aeronavales, o incluso lanzar golpes de mano sobre instalaciones costeras iraníes en el continente o en la isla de Qeshm. Puede que no tuvieran problemas graves para culminar estas acciones dado su dominio aéreo, pero esto solo sería útil a corto plazo, pues mientras los iraníes conserven alguna capacidad militar esas posiciones no podrían mantenerse durante mucho tiempo. Una invasión terrestre es otra cosa, en la de Irak participaron 180.000 efectivos, y en Irán sería muchísimo más difícil y costosa, además del tiempo que llevaría –incluida una caótica posguerra– y el número de bajas estadounidenses que causaría, así que no es probable que Trump se decante por emprender esa aventura.

Irán, por su parte, podría responder minando el estrecho de Ormuz, lo que ha evitado hasta ahora porque también impediría el paso de sus propios barcos y los que se dirigen a China, India y algunos otros países, que hasta ahora tienen el paso libre. El minado es lo que más teme Trump porque tendría repercusiones económicas aún peores que las actuales, ya que retirar las minas –según del tipo que sean– puede llevar meses, y eso después de terminar las hostilidades, porque los cazaminas y dragaminas, además de ser muy escasos, no pueden hacer su trabajo –lento y previsible– bajo fuego enemigo.

También se especula con una operación de fuerzas especiales –estadounidenses o israelíes– para hacerse con el uranio enriquecido iraní, que consistiría, según fuentes occidentales, en 441 kilos con una concentración del 60% (se necesita que sea superior al 90% para fabricar armas nucleares), incluso hay quien dice que ya habrían infiltrado en el país algunos elementos para prepararla. Pero esto puede ser muy complicado. No porque ignoren dónde está, los servicios de inteligencia israelíes han demostrado sobradamente, que tienen un control absoluto de todo lo que les interesa en Irán –sino porque puede estar repartido en varios lugares de muy difícil acceso y las unidades que lo hicieran correrían un gran riesgo y podrían fracasar. Aquí conviene recordar la operación Garra de Águila que intentó rescatar, en abril de 1980, a los rehenes de la embajada de EEUU en Irán, cuyo estrepitoso fracaso le costó la reelección al entonces presidente Jimmy Carter. Además, esta acción tampoco tendría mucho sentido puesto que la amenaza nuclear iraní solo ha sido una excusa para el ataque. Irán había aceptado ya, unos días antes, degradar todo el uranio enriquecido y reducir su almacenamiento a cero, según declaró el ministro de asuntos exteriores omaní, mediador en la negociación

En todo caso, cualquier intervención de fuerzas terrestres podría enviar más ataúdes a EEUU, y cada uno de ellos –ya van 13– es un golpe a la credibilidad política de Trump, que había prometido no enviar soldados a guerras lejanas, cuyos apoyos políticos están ya muy tocados por la repercusión de la guerra en el precio de la gasolina –esencial para los estadounidenses– y en la inflación, cuya subida él criticó tanto durante la presidencia de Joe Biden. Apenas a ocho meses de las elecciones de medio mandato, la inquietud aumenta en las filas republicanas, y con ella la presión al presidente para que termine la guerra antes de que el daño sea mayor

Desde el principio de la guerra Trump ha estado emitiendo señales contradictorias sobre cómo y cuándo podría acabar. En realidad está enredado en la trampa a la que le arrastró Netanyahu –un pavo seducido por un zorro–, con el señuelo de una victoria fácil y un colapso rápido de la República Islámica, y parece que no sabe cómo salir de ella. Cuando fue bastante claro que el régimen de los ayatolás se iba a mantener a pesar del ataque –por más que se le descabece una y otra vez– sin una invasión terrestre, el presidente de EEUU pasó a considerar la opción de promover en Irán un liderazgo obediente a Washington –al modo venezolano–, diciendo que él quería intervenir en la sucesión del asesinado líder supremo Alí Jamenei, y que cualquiera que no fuera de su agrado duraría poco. Pero esa posibilidad acabó también con la elección del hijo de Alí, Mojtaba, que pasa por pertenecer al ala dura, y con la radicalización política que ha producido lógicamente un ataque tan destructivo como el que están sufriendo. En todo caso, esta opción mantendría el régimen islamista, igual que mantiene el chavismo en Venezuela, lo que da una idea de lo que le importan al presidente estadounidense la defensa de los derechos humanos de los iraníes y la libertad de sus mujeres.

Descartadas esas dos salidas, Trump no sabe si terminar la guerra ya, proclamando haber conseguido una victoria aplastante como jamás se ha visto, aunque sea efímera, o ir a una escalada que podría durar mucho tiempo sin tener garantías de que la victoria vaya a ser así sustancialmente superior, y enredándose más en un conflicto que políticamente no le interesa prolongar. Aunque una señal en favor de esta última opción podría ser la petición del Secretario de Guerra, Pete Hegseth, de 200.000 millones de dólares adicionales que podrían financiar la guerra durante varios meses, tal vez esto sea solamente una previsión de máximos para mantener abierta esa posibilidad mientras no se decida lo contrario, o para enviar a Irán un mensaje más amenazante y disuasorio. 

Tampoco se puede descartar una negociación, en la que Irán se aviniese a someter a control internacional su programa nuclear, cesar en sus ataques y reabrir Ormuz, lo que no sería sino volver a la situación anterior a la agresión lanzada por EEUU e Israel, pero con la nación persa muy dañada y con su capacidad militar muy disminuida. El régimen islámico no estaría ahora en condiciones de rechazar un acuerdo que le permitiera sobrevivir, ya que sus reservas de misiles –y en menor medida de drones– podrían agotarse en pocas semanas, y con ellas su capacidad de respuesta. De hecho puede ser que ya existan contactos indirectos –probablemente a través de Omán– aunque es evidente que los términos del posible acuerdo no son aún satisfactorios para ambas partes, quizá por diferencias radicales en lo que respecta a la suspensión del programa iraní de misiles balísticos, que Teherán nunca ha aceptado. Tal vez esa cesión sería lo que Trump necesita para declarar una victoria total, sin avergonzarse demasiado.

Pero cualquier final rápido de la guerra –con o sin negociación– chocaría con la posición de Israel cuyo deseo –reiterado desde hace décadas– es acabar para siempre con el régimen de los ayatolás, o al menos prolongar la guerra hasta lograr la máxima destrucción, no solo del poder y potencial militar del país, sino de todos sus recursos e infraestructuras. Parece evidente que los intereses y los propósitos de EEUU e Israel en relación con Irán son cada vez más divergentes. Netanyahu no sufre ningún problema político interno por la subida de precio de los hidrocarburos, ni una oposición fuerte a la guerra dentro de Israel, al contrario, la guerra es lo que le mantiene en el poder. Le ha tocado la lotería con la decisión de Trump dejarle intervenir y no piensa dejar de cobrarla, también en Líbano donde está haciendo una masacre aprovechando que el foco está ahora en el Golfo, y porque tiene vía libre, ya que lo que haga allí no afectará a la economía de EEUU. Por cierto, ante esta ambiciosa ofensiva israelí, que seguramente abocará en una nueva ocupación del territorio libanés al sur del rio Litani, habría que preguntarse qué hacen allí las fuerzas multinacionales –también españolas– de FINUL.

Es posible que el primer ministro israelí esté susurrando a Trump –con ayuda de los lobbies estadounidense de judíos, evangelistas sionistas, y de la industria militar– que parar la guerra sin terminar el “trabajo” solo llevaría a que antes o después Irán se recuperara y hubiera que empezar de nuevo. Y eso probablemente sea verdad porque después de esta guerra, el régimen iraní habrá tomado buena nota de que si no se refuerza y no desarrolla armas nucleares puede volver a ser atacado en cualquier momento, cuando hasta ahora no había reanudado el enriquecimiento de uranio después de los ataques de junio de 2025, según la Directora Nacional de Inteligencia de EEUU, Tulsi Gabbard. Y asimismo cabe esperar un incremento de la represión política, que los regímenes autoritarios suelen justificar con las amenazas externas. También puede pasar que en la posguerra la debilidad del régimen iraní, aboque a una descomposición interna del país, provocada por la rebelión de las minorías étnicas –kurdos, azeríes, baluchis– y por la desesperación de la población ante el desastre económico que producen las sanciones. Pero esto llevaría a un escenario caótico, fuera de control, que no aportaría más seguridad a la zona sino más incertidumbre y peligrosa inestabilidad.

La conclusión es que este innecesario e insensato desastre no tiene ninguna salida buena. Si se detiene ahora habrá sido inútil, sin ningún resultado real, solo habrá servido para causar destrucción y muerte sin sentido, basta recordar que las bombas caen también sobre los disidentes, las mujeres y las niñas iraníes. Y si continúa, es aún mucho peor, porque realmente nadie sabe para qué ni hacia dónde, salvo Netanyahu. No hay un plan para el día después, como no lo hubo en Libia, ni en Irak, ni en Afganistán, no se ha definido cómo sería Irán sin los ayatolás, quién lo dirigiría, con qué apoyos. No se han considerado las consecuencias de la guerra en la región y en la economía mundial, como si fueran sorprendentes o inesperadas. Lo único que demuestra esta guerra ilegal es que esa teoría que se nos quiere hacer tragar ahora de que el viejo orden, en el que la justicia, la legalidad, la cooperación, y la paz, eran al menos una aspiración, es ya insostenible y ha sido sustituido irremediablemente por el imperio de la fuerza, además de ser criminal, inmoral y cruel, es también estúpida, caótica e ineficaz. Esperemos que esta dramática situación sirva al menos para abrirles los ojos a muchos que insisten en mantenerlos cerrados, y provoque una reacción contundente en contra de la prepotencia criminal de Trump y Netanyahu en Irán, en Líbano y en Palestina.

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