Gaza: la vida sostenida por mujeres
Hay algo profundamente inquietante en la facilidad con la que el lenguaje se adapta a la barbarie. Nos hemos acostumbrado a hablar de “conflicto”, “escalada” o “crisis humanitaria”, como si esas palabras pudieran contener lo que está ocurriendo en Gaza. Como si nombrarlo de otra manera no fuera, en el fondo, una forma de evitar mirarlo de frente.
Esta semana, en torno al 24 de mayo, se conmemora el Día Internacional de las Mujeres por la Paz y el Desarme. Pero hablar hoy de paz sin hablar de Gaza resulta, como mínimo, insuficiente. Porque si algo evidencia este momento es la distancia obscena entre los discursos internacionales y las condiciones reales de la vida.
En Gaza, el genocidio no es un episodio: es un sistema que atraviesa todos los ámbitos de la existencia. Y, como en todos los contextos de violencia sostenida, no impacta de la misma manera en toda la población. Las mujeres y las niñas no sólo están expuestas a la destrucción generalizada, sino que soportan una carga específica, estructural y sistemáticamente invisibilizada.
Los datos son claros. Según ONU Mujeres, más de la mitad de la población afectada en Gaza son mujeres y niñas. A esto se suma una realidad que rara vez ocupa titulares: miles de mujeres embarazadas están viviendo el conflicto sin acceso a atención sanitaria adecuada, en un sistema de salud colapsado. Dar a luz en estas condiciones no es una excepción, es una constante.
Pero el genocidio no se expresa únicamente en los momentos más extremos. También lo hace en lo cotidiano, en aquello que deja de ser posible. En la imposibilidad de garantizar alimentos, agua, higiene o seguridad para quienes dependen de ti. Y ahí, de nuevo, aparece una evidencia que no es nueva, pero sí sistemáticamente ignorada: son las mujeres quienes, en la mayoría de los casos, sostienen la supervivencia diaria.
No se trata de una narrativa romántica del cuidado. Se trata de una constatación material. Según Unicef, la infancia en Gaza se encuentra en una situación de vulnerabilidad extrema, y son las mujeres quienes, en condiciones límite, están asumiendo en solitario el sostenimiento de la vida. Cuidar en medio de la destrucción no es un gesto simbólico, es una práctica concreta que implica tomar decisiones constantes en contextos de escasez absoluta.
Hay un verso de Mahmoud Darwish que se ha citado hasta el cansancio, pero que en este contexto recupera todo su sentido: “Sobre esta tierra hay algo que merece vivir”. La pregunta es quién está haciendo posible que ese “algo” siga existiendo.
Y la respuesta, aunque incómoda, es evidente.
El problema es que ese trabajo —sostener la vida— no se traduce en poder. Las mujeres aparecen en las estadísticas, pero no en las mesas de negociación. Son consideradas población vulnerable, pero no agentes políticas. Sin embargo, la evidencia internacional lleva años señalando lo contrario: cuando las mujeres participan en procesos de paz, los acuerdos son más duraderos, inclusivos y sostenibles. Lo recoge Naciones Unidas desde la Resolución 1325, y lo confirman múltiples evaluaciones posteriores.
La contradicción es, por tanto, difícil de sostener: quienes garantizan la continuidad de la vida quedan fuera de los espacios donde se decide su futuro.
En paralelo, el relato dominante sigue desplazando el foco. Se habla de geopolítica, de equilibrios estratégicos, de intereses internacionales. Todo ello es relevante, sin duda. Pero hay algo profundamente problemático en un análisis que puede explicarlo todo y, al mismo tiempo, dejar fuera lo esencial: cómo se vive —y quién sostiene— la vida en medio de la barbarie.
Quizá por eso la cultura, en ocasiones, consigue decir lo que el discurso político no alcanza. En la obra de Darwish, pero también en los relatos contemporáneos de mujeres palestinas, hay una insistencia en lo concreto, en lo cotidiano, en aquello que no suele aparecer en los informes. No es una cuestión estética, es una forma de resistencia: nombrar la vida cuando todo empuja hacia su negación.
Hablar de paz, en este contexto, no puede ser un ejercicio retórico. Implica asumir que la paz no es sólo la ausencia de violencia armada, sino la existencia de condiciones que permitan vivir con dignidad. Implica, también, reconocer que sin incorporar a las mujeres como sujetas políticas —no sólo como destinatarias de ayuda— cualquier solución será parcial.
Y, sobre todo, implica no apartar la mirada.
Porque hay algo que atraviesa todo esto y que resulta especialmente incómodo: la normalización. La capacidad de seguir adelante mientras otras vidas quedan suspendidas en un presente de destrucción permanente. La tentación de pensar que ocurre lejos, que no nos interpela. Pero sí lo hace.
Nos interpela en la forma en que nombramos lo que ocurre. En lo que decidimos ver y en lo que dejamos fuera. En la manera en que construimos —o evitamos— una posición.
Este 24 de mayo no necesita más declaraciones. Necesita, al menos, un mínimo de honestidad. Nombrar lo que está pasando. Reconocer a quienes sostienen la vida en condiciones imposibles.
Y asumir que la paz no será tal si no incluye a quienes, incluso en medio de la destrucción total, siguen haciendo posible que la vida continúe.
Porque mientras el mundo debate, hay una realidad que no espera.
Y en Gaza, hoy, esa realidad tiene rostro de mujer.
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