El museo que dio casa al arte extremeño
Lo que nació en 1920 como un refugio imprescindible para las obras de los artistas becados por la Diputación de Badajoz ha evolucionado hasta convertirse en la principal pinacoteca de la región. Con un fondo que supera las 2.000 piezas firmadas por más de 300 autores, el MUBA custodia cinco siglos de creación plástica y actúa como un hilo continuo que enlaza el pasado renacentista con la vanguardia más reciente, sosteniendo una memoria visual que Extremadura no ha dejado de ampliar.
La raíz del proyecto: una respuesta a una necesidad urgente
A principios del siglo XX, la situación del patrimonio artístico regional era precaria. Los artistas becados por la Diputación creaban obras de indudable valor que, al finalizar las pensiones de formación, quedaban huérfanas, sin una institución que garantizara su custodia. La figura del pintor Adelardo Covarsí fue determinante para revertir esta desidia. Convencido de que Extremadura no podía permitirse el lujo de perder el rastro de sus creadores, impulsó la creación del museo aprovechando el impulso de un Real Decreto de 1919. La Diputación de Badajoz hizo suya la causa y apenas doce meses después, las primeras salas abrían sus puertas.
Aquellos primeros años no fueron fáciles. El museo sobrevivía en los márgenes de la actividad institucional, ocupando tres salas de la planta baja del Palacio Provincial que debían ser desalojadas cada vez que el calendario administrativo requería el uso de los espacios. Fue un tiempo de convivencia forzosa que subrayó la urgencia de dotar a la institución de un edificio independiente y definitivo.
De las estrecheces a la ambición contemporánea
La historia del MUBA es, sobre todo, una crónica de crecimiento sobre la marcha. Las reformas de los años sesenta sirvieron de parche, pero fue la adquisición de la casa palacio de la calle Meléndez Valdés, en 1978, la que permitió al museo ordenar su relato expositivo. El siguiente salto de escala ocurrió en 1998, cuando se incorporó el inmueble de la calle Duque de San Germán, frente a la ermita de la Soledad.
Sin embargo, el punto de inflexión llegó bien entrado el siglo XXI con el proyecto DOTS. La inversión de más de cinco millones de euros, materializada en 2015, no supuso solo ganar metros cuadrados —hasta alcanzar los 3.300 actuales—, sino resolver el diálogo entre el peso histórico y la arquitectura contemporánea. El estudio Hago logró integrar en el casco antiguo de Badajoz una estructura de hormigón blanco perforado que filtra la luz, un diseño reconocido internacionalmente que convirtió al museo en candidato al prestigioso Premio Mies van der Rohe.
El hilo narrativo: del siglo XVI a Eduardo Naranjo
El recorrido por sus salas permite seguir el pulso de la plástica española sin perder la perspectiva regional. La colección es un muestrario de la evolución estética: desde la rigurosidad de los maestros del Renacimiento y el Barroco —con Luis de Morales como referencia obligada— hasta la explosión del siglo XIX y XX.
El museo ejerce una labor de memoria indispensable al dar contexto a figuras como Eugenio Hermoso, Enrique Pérez Comendador, Godofredo Ortega Muñoz, Juan Barjola o Ángel Duarte. La reciente apertura de la sala permanente dedicada a Eduardo Naranjo, inaugurada en mayo tras el acuerdo entre la Diputación y la fundación del artista, es la prueba de que el MUBA no es un cementerio de obras, sino un ente dinámico. Al renovar periódicamente las piezas de Naranjo, el museo garantiza que la mirada sobre el hiperrealismo extremeño se mantenga viva.
Más allá del muro: investigación, catalogación y futuro
La impresión que recibe el visitante en las salas es solo la superficie visible de un trabajo mucho más profundo. La vida cotidiana del MUBA se decide en los talleres de restauración, donde cada pieza recupera su integridad, y en las mesas de catalogación, donde se ordena y se interpreta el patrimonio que custodia la institución. En paralelo, el museo ha emprendido un esfuerzo técnico sostenido para volcar su inventario en plataformas como Hispana y Europeana, una apuesta que ha ampliado de forma decisiva el acceso público a sus fondos y ha permitido que su colección circule más allá de las fronteras físicas de Badajoz.
En este momento, la institución trabaja en una nueva fase de modernización cofinanciada por el programa estatal del 2% Cultural. No se trata solo de reformar espacios, sino de adaptar la climatización y la eficiencia energética a las exigencias que impone la conservación del siglo XXI. Es un trabajo silencioso, pero vital para asegurar que, cuando pasen otros cien años, el legado artístico que empezó Covarsí siga siendo el pilar sobre el que Extremadura entiende su propia identidad creativa.
En paralelo a esta expansión material y simbólica, el museo ha ido afinando una vocación que hoy lo define con claridad: ser un espacio donde la ciudadanía aprende a mirar. Cada nueva exposición temporal, cada actividad educativa y cada alianza con otras instituciones refuerza esa función pública que convierte al MUBA en mucho más que un contenedor de obras. Es un lugar que enseña a interpretar el patrimonio, a reconocer la potencia de la creación contemporánea y a situar la cultura en el centro de la vida colectiva. En esa tarea —discreta, constante, profundamente formativa— reside la verdadera medida de su futuro.
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