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OPINIÓN

Renovarse o resignarse

Militantes del PSOE durante un acto de la organización

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La política tiene una extraña capacidad para convertir la ilusión en resignación. Ocurre cuando las palabras dejan de traducirse en hechos, cuando los compromisos se convierten en meros ejercicios retóricos o cuando la promesa de renovación acaba siendo una simple operación estética. La decepción no nace de los errores, que son inevitables, sino de la sensación de que nadie está dispuesto a corregirlos.

Toda organización política atraviesa momentos decisivos. Instantes en los que debe elegir entre asumir riesgos o refugiarse en la comodidad; entre transformar la realidad o limitarse a administrarla; entre abrir puertas o atrincherarse tras ellas. Y la historia demuestra que casi nunca sobreviven quienes optan por la segunda opción.

Existe un enemigo silencioso que rara vez aparece en los análisis electorales, pero que explica buena parte de las derrotas electorales: el aburguesamiento. Esa enfermedad que lleva a una organización a confundir estabilidad con inmovilismo y experiencia con perpetuación. Es el momento en que la política deja de ser un instrumento para cambiar las cosas y pasa a convertirse, para algunos, en una forma de vida.

La ciudadanía lo percibe mucho antes de que lo reflejen las urnas. Lo percibe cuando siempre son los mismos nombres los que cambian de despacho, de cargo o de responsabilidad, mientras todo sigue igual. Lo percibe cuando un partido parece haberse acomodado a la oposición, como si gobernar hubiera dejado de ser un objetivo para convertirse en una hipótesis remota. Lo percibe cuando el esfuerzo colectivo parece orientarse más a preservar equilibrios internos que a construir una alternativa capaz de ilusionar a la sociedad.

Y entonces llega la irrelevancia. No de golpe, sino lentamente. Primero desaparece la ambición. Después la ilusión. Más tarde la credibilidad. Finalmente, los votos.

La izquierda, además, paga un precio mucho mayor cuando cae en esa dinámica. Porque un partido progresista no puede permitirse parecer resignado. No puede conformarse con gestionar cuotas de poder o repartir responsabilidades internas mientras la ciudadanía espera respuestas. Si la derecha puede sobrevivir apelando a la estabilidad, la izquierda solo sobrevive siendo capaz de generar esperanza.

Renovar nunca ha significado borrar el pasado. Al contrario. Significa conservar lo mejor de la organización, incorporar talento allí donde exista y apartar aquello que impide avanzar. Significa entender que la lealtad a un proyecto no consiste en perpetuar personas, sino en garantizar que ese proyecto siga siendo útil para la sociedad.

El PSOE de Extremadura afronta precisamente ese desafío. Sería un error pensar que las derrotas electorales son únicamente consecuencia de factores externos o de coyunturas pasajeras. Otras federaciones socialistas recorrieron antes ese camino: comenzaron perdiendo impulso, continuaron atrapadas en debates internos y acabaron instaladas en una irrelevancia de la que todavía hoy no han conseguido salir. Ninguna cayó de un día para otro. Todas fueron perdiendo, poco a poco, la capacidad de ilusionar.

Todavía hay tiempo para evitarlo. Pero el tiempo político nunca es infinito. Recuperar la confianza de los extremeños exige algo más que nuevos discursos y “pintar la fachada”. Requiere decisiones. Requiere demostrar que la organización está dispuesta a renovarse de verdad, en las personas, en las formas y en el proyecto. Requiere transmitir que la prioridad vuelve a ser gobernar para transformar Extremadura y no simplemente conservar espacios de influencia.

Es probable que estas reflexiones incomoden a quienes entienden la política como una suma de equilibrios, de cuotas o de alianzas destinadas únicamente a garantizar la tranquilidad interna. También a quienes han terminado confundiendo el interés del partido con el interés de quienes ocupan determinadas posiciones. Toda organización desarrolla, con el paso del tiempo, inercias, grupos de influencia e incluso pequeñas dinastías que terminan creyéndose imprescindibles. Precisamente por eso la renovación nunca resulta cómoda.

Sin embargo, estoy convencido de que estas palabras sí encontrarán eco entre quienes sostienen el partido desde abajo: alcaldes, concejales, militantes anónimos y simpatizantes que dedican tiempo y esfuerzo sin esperar nada a cambio. También entre quienes dejaron de votar al PSOE, no porque dejaran de ser progresistas, sino porque dejaron de reconocer en él el instrumento útil que un día representó.

Guillermo Fernández Vara solía recordar que el PSOE de Extremadura no pertenecía a nadie; pertenecía a todos los extremeños. Esa idea sigue siendo profundamente vigente. Porque cuando una organización deja de sentirse patrimonio colectivo y pasa a convertirse en patrimonio de unos pocos, comienza su decadencia.

El nuevo liderazgo tiene ahora una oportunidad que pocas veces ofrece la política: elegir entre administrar inercias o protagonizar una auténtica transformación. Gobernar un partido no consiste únicamente en mantener unidos sus equilibrios internos. Consiste, sobre todo, en prepararlo para volver a ganar la confianza de la ciudadanía.

La historia rara vez recuerda a quienes conservaron intacto el reparto de poder. Recuerda, en cambio, a quienes tuvieron el coraje de cambiar el rumbo cuando todavía estaban a tiempo.

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