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CRÍTICA

El lado oscuro de Stephen Hawking: “Hacía declaraciones sobre cosas de las que no tenía ni idea”

Stephen Hawking, en Cambridge, en 2013
12 de septiembre de 2026 21:43 h

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Cuando escribí una reseña poco halagadora sobre el último libro de Stephen Hawking, una recopilación de ensayos publicada póstumamente en 2018, la revista New Scientist suprimió algunas de mis críticas con el argumento de que era “demasiado pronto” para expresar otra cosa que no fueran elogios hacia el físico, fallecido a los 76 años aquel mes de marzo. Al parecer, en 2021 seguía siendo demasiado pronto, cuando ninguna editorial británica se atrevió a publicar Hawking Hawking, el libro de Charles Seife en el que se denunciaba el comportamiento intimidatorio y egocéntrico de Hawking.

En esta nueva biografía, Hawking, el veterano escritor científico Graham Farmelo adopta un enfoque diferente. Se trata de un retrato exhaustivo y accesible de un científico brillante y un hombre extraordinariamente decidido que, sin embargo, también adolecía de profundos defectos personales ante los que la comunidad científica y el público, en su mayoría, hicieron la vista gorda. La verdad incómoda, pero ineludible, es que la ambición desmesurada y la autopromoción de Hawking, su reiterada falta de reconocimiento del trabajo ajeno, su sexismo y su comportamiento controlador fueron ignorados en gran medida debido a su discapacidad. Creo que, de hecho, nos va a llevar años asimilarlo.

Dado que este libro cuenta con la autorización de la familia Hawking, y que Farmelo —cuya magnífica biografía de Paul Dirac, The Strangest Man, ganó un premio Costa en 2009— es un escritor generoso y amable, temía que se omitieran los aspectos más desagradables. Sin embargo, Farmelo los aborda principalmente dejando que las palabras de los demás hablen por sí mismas.

Pero empecemos por la ciencia, que ofrece una historia verdaderamente inspiradora. Como dice Farmelo, aunque la longevidad de Hawking contra todo pronóstico se debió sin duda en parte a los cuidados y los tratamientos excepcionales que recibió, “fueron su voluntad inquebrantable, su resiliencia y su fortaleza las que más contribuyeron a hacer posible su notable carrera”. Sus logros científicos serían impresionantes desde cualquier punto de vista; al haberlos conseguido frente a una enfermedad de las neuronas motoras debilitante y, en última instancia, paralizante, resultan extraordinarios.

Al igual que muchos científicos de su calibre, Hawking tuvo un comienzo lento y bastante indolente. Pero una vez instalado en Cambridge para cursar un doctorado bajo la supervisión del astrofísico Dennis Sciama, su aguda inteligencia salió a la luz. Fue allí, a principios de 1963, cuando, tras una serie de caídas, le diagnosticaron la enfermedad y le dieron menos de 10 años de vida. Sin dejarse desanimar, y a pesar del progresivo deterioro de su movilidad y su capacidad para hablar, se sintió fascinado por el trabajo del físico Roger Penrose, diez años mayor que él, sobre el colapso gravitatorio de las estrellas muertas en lo que se había dado en llamar agujeros negros.

Ese proceso ya había sido predicho por la teoría de la relatividad general de Einstein de 1915, pero Penrose fue el primero en demostrar de forma convincente que debía conducir a una “singularidad” en la que toda la materia de la estrella se condensara hasta alcanzar un volumen nulo: un objeto con masa pero sin materia. Hawking tuvo la brillante intuición de que este mismo proceso, al producirse a la inversa, podría explicar el Big Bang, en el que todo el universo surgió de la “nada” hace 13.800 millones de años (según sabemos ahora).

Los logros científicos de Hawking ya estaban en gran parte consolidados cuando se convirtió en una celebridad mundial, apareciendo en Star Trek y Los Simpson y convirtiéndose en el protagonista de la película biográfica ganadora del Óscar en 2014, La teoría del todo

Ese fue su primer triunfo, descrito en un artículo de 1970 escrito junto con Penrose. Lo mejor llegó cuatro años después, cuando Hawking propuso que, gracias a la peculiar naturaleza cuántica del espacio-tiempo, los agujeros negros no son realmente negros, ya que deberían irradiar constantemente un tenue resplandor de partículas —lo que hoy se conoce como radiación de Hawking— que, con el tiempo, provocaría su evaporación. Ese trabajo fue una combinación magistral de cuatro ideas fundamentales de la física: la gravedad según la relatividad general, la mecánica cuántica, la termodinámica y la teoría de la información.

Fue el punto álgido de su carrera investigadora: los logros científicos de Hawking ya estaban en gran parte consolidados cuando se convirtió en una celebridad mundial, apareciendo en Star Trek y Los Simpson y convirtiéndose en el protagonista de la película biográfica ganadora del Óscar en 2014, La teoría del todo. Se le recordará “como un verdadero gran divulgador de los agujeros negros”, como acertadamente señala Farmelo.

No soy el único que piensa que el trabajo de Hawking sobre la termodinámica de los agujeros negros y el descubrimiento de la radiación de Hawking merecían un Premio Nobel. Hawking llegó a obsesionarse de forma poco digna con conseguirlo, pero mantengamos las cosas en su justa medida. Cualquiera que compare a Hawking con Einstein no sabe nada ni de Einstein ni de física. Einstein realizó contribuciones de gran alcance a la disciplina, pero la especialización de Hawking era limitada y sus incursiones fuera de ella resultaban a veces embarazosas. Incluso en el campo estrechamente relacionado de la física de partículas dijo cosas que eran, como afirmó Peter Higgs (famoso por el bosón de Higgs), “una auténtica tontería”. “Hacía declaraciones sobre cosas de las que no tenía ni idea”, dijo Higgs, con la certeza de que al día siguiente aparecerían en los titulares de los periódicos, donde los periodistas se los tragarían sin crítica alguna.

Aunque sus colegas profesionales hablaban en su mayoría de Hawking con reverencia y afecto, a menudo son las personas más cercanas a él las que revelan otra faceta

Lo cual nos lleva a los aspectos problemáticos. Aunque sus colegas profesionales hablaban en su mayoría de Hawking con reverencia y afecto, a menudo son las personas más cercanas a él las que revelan otra faceta. Su padre, Frank, se preocupaba de que el adolescente Stephen “se estuviera convirtiendo en una persona egoísta… como un niño pequeño que lo cogía todo pero daba muy poco a cambio”. Evidentemente, tampoco se llevaban bien con su hermana Mary, que lo describió como “una de las personas más egocéntricas que he conocido jamás”. En Oxford, algunos amigos lo consideraban bastante perezoso y creído, y en Cambridge, “molestamente altivo”. Su hijo menor contó que su padre era “tremendamente competitivo” y que nunca les dejaba ganar a él ni a sus hermanos en los juegos de mesa.

Su implacable burla hacia las creencias religiosas de su primera esposa, Jane, contribuyó a las tensiones matrimoniales, y los sacrificios que ella hacía a menudo pasaban desapercibidos para él. La presión de pasar de ser su amante a su cuidadora nunca habría sido fácil, pero las exigencias “autoritarias” de Hawking y su indiferencia hacia los intereses de Jane agravaron su aislamiento. Su hermano adoptivo, Edward, admitió: “Nunca me he sentido realmente cercano a Stephen… parece muy frío”. Y su madre, Isobel, se quejaba de cómo él ignoraba a la gente cuando le convenía. “Supongo que lo que en otras personas no sería más que mala educación, en él resulta una grandiosidad excusable”, escribió con amargura en su diario.

A veces, esa indulgencia resulta espeluznante. ¿A quién más se le habría consentido una obsesión por Marilyn Monroe hasta el punto de contratar a una doble para que le cantara I want to be loved by you con “voz susurrante” en su cumpleaños? Lo que Farmelo denomina “coqueteo” podría haberse interpretado de otra manera si Hawking no hubiera utilizado una silla de ruedas. No menciona las noches en el club de striptease Stringfellows y le resta importancia al viaje a la isla de Jeffrey Epstein (antes de su condena). Pero sí nos cuenta cómo se celebró la victoria de Hawking en una apuesta científica obligando a sus oponentes a dar conferencias con camisetas en las que aparecían mujeres con poca ropa. Hilarante.

Hawking era escandalosamente malo a la hora de reconocer el mérito científico de los demás, un rasgo que quedó patente desde el principio, cuando no mencionó su deuda con Penrose. Peor aún fue su trato al físico Jacob Bekenstein, cuya idea sobre la relación entre el área y la entropía de un agujero negro ridiculizó sin piedad antes de descubrir por sí mismo que Bekenstein tenía razón —y luego, básicamente, atribuirse la idea como propia—, lo que, según Farmelo, “decepcionó a algunos de los amigos de Stephen”. Hawking podía ser claramente un asesor comprensivo y amable con sus propios alumnos, pero cuando uno de ellos descubrió un argumento que demostraba que Hawking se equivocaba en una conjetura sobre los agujeros negros, intentó que lo expulsaran del programa de doctorado de Cambridge.

Algunos de sus colegas, según Farmelo, “creían que las charlas de Stephen giraban 'exclusivamente en torno a él' y que rara vez reconocía públicamente el mérito de sus compañeros”. Farmelo sospecha que rara vez se quejaban porque “tales comentarios se habrían interpretado como malintencionados”. Pero la malicia rara vez disuade a los académicos; lo que seguramente quiere decir es malicia hacia un científico con discapacidad. Y ahí está el problema. Si por fin empezáramos a tratar a Hawking como tratamos a cualquier otro científico, sería un paso positivo para la discapacidad en la ciencia (que sigue sin estar bien adaptada). El efecto sobre el legado de Hawking es otra cuestión.

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