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Un reconocimiento franquista que Zaragoza mantiene 90 años después: la medalla a los ‘Voluntarios del 18 de julio’

Voluntarios fascistas y falangistas, el 18 de julio de 1936 en el patio del Cuartel de Castillejos de Zaragoza.

Claudia Bandrés

26 de julio de 2026 23:01 h

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La noche del 18 de julio de 1936, más de un centenar de personas se concentró en torno al Cuartel de Castillejos, en Zaragoza. Eran civiles que llevaban días esperando que los rumores y conspiraciones se convirtieran en realidad. Ese fin de semana, “por fin”, se hacía efectivo el golpe de Estado: había llegado el momento de tomar la ciudad. Allí fueron instruidos y equipados durante las primeras horas de la sublevación. Nadie —ni ellos ni los leales a la República— imaginaba lo que vendría después: tres años de una guerra en la que el bando contrario serían sus propios familiares y convecinos.

Siete años después y en conmemoración de esta fecha, el Ayuntamiento de Zaragoza concede a estos y otros muchos 'Voluntarios del 18 de julio' uno de los reconocimientos más importantes que esta institución pública tiene el poder de otorgar: la Medalla de Plata de Zaragoza. En el mes de julio de 1943, más de 400 nombres propios la reciben por sus servicios —avalados previamente— durante estos primeros días de contienda. Noventa años después, siguen contando con este honor. Ni uno solo de los equipos de gobierno del Consistorio zaragozano ha tratado de retirar esta distinción a aquellos que jugaron un papel clave a la hora de rebelarse contra el Gobierno legítimo de la República surgido de las urnas en febrero de 1936. Tampoco se han planteado mociones dirigidas a este fin, a pesar de contar con el respaldo de la Ley de Memoria Democrática, actualizada en 2022.

Las investigadoras Julita Cifuentes y Pilar Maluenda, autoras de ‘El asalto a la República. Los orígenes del franquismo en Zaragoza’, sitúan a estos civiles como “elemento esencial” que decantaría la balanza hacia los sublevados. De esta manera, afirman como clave “el papel de los miembros de las organizaciones derechistas, situadas desde el primer momento del lado de los insurrectos”. Asimismo, aseguran en este estudio que “la contrarrevolución llevaba meses con sus efectivos preparados y en alerta”.

Recortes de prensa de la época con la entrega de medallas.

Ángel Alcalde, autor de ‘Lazos de sangre’, confirma esta idea: “A la vez que se conspiraba en los cuarteles, había conexiones con civiles para colaborar cuando llegase la insurrección”. Y corrobora que, cuando estalla la sublevación, el voluntariado de ultraderecha —de Renovación Española a Falange, pasando por los requetés, entre otros— “tiene muy claro que es allí donde tiene que ir”, refiriéndose al Cuartel de Castillejos. “Estaban convenidos desde antes del golpe y tenían instrucciones muy claras al respecto”, asegura el investigador.

Entre estos varones se encuentran jóvenes pertenecientes a organizaciones como Falange o Acción Ciudadana y también antiguos militares que habían dejado el Ejército pocos años antes. Otros, sin afiliación política clara, pertenecían a familias de clase media y de la burguesía zaragozana. También se encontraban entre ellos profesionales de la medicina, la abogacía o la arquitectura.

Por su parte, el autor de la exitosa publicación ‘Verdugos del 36’, David Alegre, puntualiza que “no todos eran convencidos”. Hubo personas de organizaciones de izquierda que se alistaron en las milicias falangistas por autopreservación —los “chaqueteros”—, tratando de encontrar refugio “donde menos se les fuera a buscar”. En cualquier caso, reitera que Falange, “un partido minoritario hasta la primavera del 36”, creció exponencialmente y, tras el 18 de julio, se convirtió en un partido de masas. “La gente está tomando decisiones en un margen de tiempo muy reducido y de muy alta incertidumbre, nadie tiene ni idea de que va a haber una guerra civil de tres años ni una violencia desatada que puede afectar a casi cualquier persona”, insiste el autor.

La labor de los voluntarios

Sea como fuere, el día siguiente, 19 de julio, la ciudad se envolvió en un ambiente protagonizado por la incertidumbre. Los rebeldes, junto a los voluntarios ya armados y uniformados, salieron de los cuarteles en formación con oficiales del Ejército para declarar el estado de guerra y ocupar los centros de poder, como Capitanía o el Gobierno Civil.

Es difícil determinar qué hizo exactamente cada uno de ellos; sin embargo, sí se puede afirmar que los falangistas se encargaron de detener a afiliados de izquierdas y del Frente Popular, y encerrarlos en centros de detención y en la cárcel. Lo que en principio se presentaba como una acción preventiva derivó muy pronto en asesinatos sistemáticos, sobre todo a partir de los primeros días del mes de agosto.

El historiador David Alegre asevera que, en Aragón, fueron miles los jóvenes que acabaron sumándose como voluntarios a la causa golpista. Tarde o temprano, la mayoría marchó a primera línea: los golpistas aragoneses, sin recursos suficientes frente a las columnas llegadas de Cataluña y el País Valenciano, se vieron abocados a “una guerra autosostenible” y tuvieron que echar mano de todo lo que tenían.

Otros quedaron vinculados a la represión en la retaguardia. Alegre habla de “cuadrillas de perpetradores” ligadas a Falange, integradas por personas seleccionadas exclusivamente para esa tarea “porque habían mostrado un talento caracterizado para matar”. Columnas mixtas —Guardia Civil, falangistas, unidades del Ejército— recorrieron pueblos como Gurrea de Gállego o Torres de Berrellén para sofocar focos de resistencia. Quienes demostraban ese “talento” en el frente eran a veces devueltos a Zaragoza, donde a partir de agosto se sistematiza la 'eliminación' de los que habían sido detenidos.

Han pasado noventa años desde aquellos días en los que más de 400 civiles contribuyeron, en la capital aragonesa, al golpe de Estado militar y violento, a este asalto a mano armada a la democracia española que arrebató no solo libertades, sino también muchas vidas inocentes. Hoy, los secuaces de los golpistas que iniciaron el periodo más negro de la historia reciente patria, que rompieron miles de familias a lo largo y ancho del territorio español, que abrieron heridas que no terminan de cicatrizar, esos 'Voluntarios del 18 de julio’ que, reitera Alegre, “contribuyeron justamente a lo contrario, a romper el marco cívico de convivencia comunitaria en paz”, siguen siendo reconocidos como héroes por la ciudad de Zaragoza.

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